LOS PUYAZOS DE SERGIO.

La tauromaquia es manifestación de la dinámica natural del hombre, expresión de su entidad como organismo compuesto biológicamente y ser pensante.

En la fiesta de los toros puede hallar el género espejo que catalice y dimensione sus valores como humano.

El 26 de septiembre de 1984, en el coso cordobés de Pozo Blanco, despejaban el paseíllo Francisco Rivera Pérez, “Paquirri”, Vicente Ruiz, “El Soro” y José Cubero, “Yiyo”; en los departamentos de toriles les estaban esperando seis toros de la divisa de Sayalero y Bandrés. Pero entre las cuadrillas también desfilaba un personaje que nadie vio hasta que decidió revelarse durante la corrida; era la “señora de negro” que enlutó con densa sombra de tragedia la tarde… la campaña y hasta años enteros.

“Avispado” salió al escenario ardiente; “Paquirri”, diestro atlético y de pundonor sin limítrofes, le recibió con la capa y en un momento del primer tercio el pitón del burel le laceró inmisericorde el muslo derecho; así, como en bárbara actitud le trajo colgado cual trofeo, exhibiéndolo ante los aterrados concurrentes. El pánico se hizo señor de todo. La enfermería fue antesala de una firma fatal. Trasladado al nosocomio más cercano, antes de ingresar, el gaditano había comenzado su desmayo sublime y eterno.

De aquel episodio decorado con moñas negras pasaron once meses. Y llegó la función de toros en Colmenar Viejo, Madrid. Curro Romero, el faraón de Camas, fallaría en el contrato agostino y el empresario había prometido que el que triunfara en una de las corridas, ocuparía el espacio del mito sevillano. Vicente Ruiz “El Soro”, enterado de la oferta se entregó y colocó en su espuerta tras auriculares, pero a las pocas horas supo que el colega que entraría en la sustitución sería “El Yiyo”, asunto que algo molestó al valenciano quien había hecho un formidable esfuerzo para merecer el honor.

El destino había dictado la orden.

Le abrieron la puerta de toriles a “Burlero”, toro nacido en la dehesa de Carlos Núñez. Ahí estaba el joven madrileño, soberbio de arte, frescura y torería para recibirlo y cuajarle un faenón al nivel de su casta.

Vaciado, descansado su ente torero por lo hecho con la capa y la muleta, se tiró derecho atrás del acero y dejó la estocada. Trompicado y derribado en la carpeta de arena, el bicorne hizo por él desatendiendo el par de avíos que desesperadamente trataron de hacerle un quite. El inamovible script indicaba que hiciera hilo con él; le levantó dramáticamente y con la faca certera y afilada le partió el corazón… al llegar a las maderas sus ojos eran las de un muerto… “El Yiyo” había fraguado la última gran faena de su vida y “El Soro”, desde entonces, se sellaba como el afortunado sobreviviente de aquel cartel trágico de Pozo Blanco…

Cronos continuó su ruta.

El diestro valenciano tuvo que absorber en el cuerpo accidentes propios de su arriesgada profesión. Fracturas muy severas, como la de tibia y peroné escenificada en el dorado albero sevillano, y lesiones de rodillas que le ocasionaron enjambres de cirugías le estigmatizaron; parecía que restaban su físico pero, quizás sabiéndolo bien pocos, le templaban el espíritu.

Finalmente llegó el día en que hubo de tomar un atajo contrario al de los redondeles.

Años duró en el silencioso planeta de los diestros en retiro.

El domingo 25 de marzo recién fenecido, vimos por el callejón de la añosa finca taurómaca del barrio de San Marcos de Aguascalientes, andar con ciertas complejidades a un hombre ataviado de etiqueta. Iba y venía muy cerca de las maderas y por momentos lanzaba verbalmente algunos pertinentes consejos técnicos al actor en turno.

No se demoró la comunidad reunida en el sitio en darse cuenta de que se trataba del diestro valenciano Vicente Ruiz.

La función de toros concluyó y con la diligencia acostumbrada fuimos a cubrir el espacio que Don Pedro Julio Jiménez Villaseñor armó para ser difundido en audio.

Aposentado en el lugar propuesto por el café bar La Mandrágora, apenas habría empuñado el micrófono cuando con admiración y sorpresa vi entrar al recinto justamente al “Soro”. Pedro Julio Jiménez López, apoyo ingenieril invaluable del proyecto, había convidado a semejante personaje.

Y el hombre comenzó a hablar tendido.

Ahí dejó mensajes de un lleno humanista muy rico.

Más allá de lo taurino abundó sobre los valores que nos sensibilizan y nos otorgan frondosos rayos como personas; para los jóvenes novilleros remitió la enseñanza de la humildad como uno de los senderos abiertos, directos y transparentes para aprender y asimilar no solo la técnica del toreo, sino la formación como hombres.

Dijo que la preparación es fundamental para que el hombre pueda llegar a las metas que se proponga. Así mismo hizo acento en la disciplina, -A la que él mismo se ha sometido con el objeto de ¡volver a torear profesionalmente!- como una fórmula infalible que ha de generar resultados en toda positiva actividad humana.

¡Ole por la gran espontánea conferencia maestro!

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