15 junio, 2021

EL TOREO Y LA SEMANA SANTA VIVEN SU ESPLENDOR DENTRO DE UN MARCO LITÚRGICO Y SOLEMNE QUE MUCHO LES HONRA.

ARRASTRE LENTO… Hay ciertas vivencias personales que, al escribirlas, toman la marcada tonalidad de la melancolía. Apuntes en lo que no sobresale nada que no sea la incumplida finalidad de evocarlas. Permítame el amable lector contarle unas de ellas.

ARRASTRE LENTO… Hay ciertas vivencias personales que, al escribirlas, toman la marcada tonalidad de la melancolía. Apuntes en lo que no sobresale nada que no sea la incumplida finalidad de evocarlas. Permítame el amable lector contarle unas de ellas.

De niño, acostumbrado como estaba a dejarme estremecer con los adornos relucientes y engalanados de los templos, en Semana Santa me conmocionaba la sobria desnudez de los recintos que, sin el colorido de siempre, eran diferentes siendo los mismos. En ese ambiente me resultaba extraña la metamorfosis de los rostros humanos pues, habiendo sonreído a lo largo de muchos días, de pronto esas caras risueñas se atiesaban mostrando un extraño cuanto punzante dolor.

Los colores de las telas, moradas el jueves, y negras viernes y sábado, que recubrían las estatuas e imágenes de los santos y retablos, y hasta el crucifijo central, junto a las manifestaciones dolientes de los devotos –con velo las damas, y lo varones de riguroso luto- ciertamente me inquietan con atormentada curiosidad.

El festín sonoro del campanario cedía sus timbres a las roncas matracas de madera. Y fuera del templo todo era acorde con el recogimiento acordado para que la mortificación corporal ahuyentara la frivolidad de los placeres mundanos, y en oración se elevaran los espíritus. Finalmente se desbordaba el ímpetu histriónico, cómplice de la natural teatralidad, que todo ser humano lleva dentro de sí.

El grave suplico del Vía Crucis alimentaba mi imaginación con pródigas manifestaciones que detallaban el tormento y ultraje padecidos por el rey de los judíos. El silencio del viernes, después de la hora clave –tres de la tarde-, era tan solmene como impresionante.

Y en un abrir y cerrar de ojos ya estaba compartiendo la dicha de vivir la desbordada alegría de la “gloria” –resurrección-. El domingo, cuando los había, era día de toros. Adiós tristezas y recogimiento.

¡A los toros!

Así las cosas, cuando estaba en las funciones taurinas llegué a intuir que ambas celebraciones, el toreo –también misterio- y la Semana Santa, viven su esplendor dentro de un marco ritual, litúrgico y solemne que mucho les honra. Lo cierto es que cuando acababa le que tenía perfiles recogedores, íntimamente creativos y renovadores, luego de la doliente purificación y sacrificio, se daba paso a la algarabía de la Feria de San Marcos, acontecimiento que, se quiera o no, pulía los badajos de las campanas para que, limpios de cualquier sarro, repicaran las vivas y las glorias de la tauromaquia. Y en consecuencia, me entregaba, cuerpo y alma, al profano misterio del toreo.

Tan hondo calaban la Semana Santa y el toreo en mi personalidad emocional que me declaré admirador de la cruz y la espada, de la pasión cristiana y de la gloria torera. Por eso –tal vez- me conmueve la injusticia taurina; por eso me caen en la punta de los… esos… los Poncios Pilatos del toreo; por eso admiro a María Magdalena que fue capaz de enjuagar las lágrimas ¡primera verónica! la suerte primera y reina del toreo! del dolor de quien cargaba la cruz.

Y agradezco el resultado de las reflexiones de la Semana Santa pues éstas me esclarecieron ideas que las tenía por confusas: en el misterio del toreo también la perfidia humana acusa sin sustento, también los sentimientos rivalizan con la equidad y la prudencia, también hay crucifixión y muerte, venganza y resentimientos, envidias y malsanos sentimentalismos, fanatismo e inmisericordia, también en el toreo hay procesión, tormento y silencio, también en el toreo hay campanas que doblan a duelo.

Y lo mejor: también en el toreo hay juerga en sus campanarios.

Deja un comentario