26 septiembre, 2021

LOS PUYAZOS DE SERGIO.

Llegamos a un complejo departamental luego de haber circulado penosamente en ríos de tránsito vehicular, propios de una urbe de las dimensiones de León, Guanajuato. Cada que se iban desapareciendo las distancias entre el punto en que iniciamos la marcha, Lienzo Charro Los Paraísos, y el domicilio buscado, cataratas de emociones escurrían de mi corazón.

Llegamos a un complejo departamental luego de haber circulado penosamente en ríos de tránsito vehicular, propios de una urbe de las dimensiones de León, Guanajuato. Cada que se iban desapareciendo las distancias entre el punto en que iniciamos la marcha, Lienzo Charro Los Paraísos, y el domicilio buscado, cataratas de emociones escurrían de mi corazón.

Caminamos algunos metros y nos paramos en una puerta blanca a la que llamamos discretamente; no tardó mucho en abrirnos quien ya nos estaba esperando… era ¡Don Abraham Domínguez Vargas! Un formidable personaje que yo ya conocía profundamente a través de la transparencia de su inspirada obra literaria, y al que nunca me imaginé poder algún día entrevistar ampliamente.

Amable, con esa amabilidad aguda que caracteriza a los hombres de real valía, nos recibió en su decoroso y ordenado departamento. Luego, ayudado con una andadera, caminó hasta un sillón y se sentó, no sin antes ofrecernos algo de beber. Aún con las dificultades lógicas de quien usa tales aparatos, me pareció que se desplazaba excelentemente y pensé que quizás únicamente padecía cierta deficiencia en sus piernas; empero mi asombro se salió de control cuando me enteré de que no contaba con sus miembros, se los tuvieron que amputar a causa de la diabetes… cuando sufrió semejante pérdida física, su inspiración emanó y entonces compuso “La Muerte de Mis Espuelas”, que es parte de su libro “En La Forja Charra II”, y que en el último de sus versos canta doliente: “A calabrotes la pena los consterna, / se quedaron colgados como aves / a esos correones finos; graves / cuando la vida me amputó las piernas.

Don Abraham nació en Querétaro el 18 de mayo de 1931, sin embargo desde muy pequeño emigró a la capital mundial de las pieles en donde se desarrolló como hombre y como artista. Fue hijo de otro eminente hombre que aportó bastante a la ganadería, Don Abraham Domínguez Paulín, quien a su vez fue reconocido con la Medalla Presidencial al Mérito Ganadero, gallardete que otorga el gobierno federal y que le correspondió a José López Portillo ponerla en sus manos.

Su preparación profesional la forjó en la Real Escuela Oficial Superior de Avicultura (de Arenys del Mar, Barcelona, España). Igualmente absorbió conocimientos científicos y técnicos a cerca de las aves, y que especialmente aplicó a las de combate, del Tecnológico de Monterrey, N. L. y de Texas, A. M. De Station, Texas, EUA.

Aquella mar de académicos saberes, los acabó de soportar con toda la experiencia de gallero -criador y jugador- de dinastía, como solución del hecho de que su abuelo y padre fueron subrayados hombres de gallos finos.

Miembro de una familia alienada sobre estándares excelsos, destacó igualmente en la crianza de cerdos y perros galgos.

Sin embargo su perfil de poeta fue el que le otorgó egregio reconocimiento entre el atlas de la lírica.

Su palmarés en ese extraño océano es notorio; entre las obras que se imprimieron con su nombre de autor, se enlistan: “Bronces de la Poesía”, “Floresta Lírica”, El alma de Guanajuato”, “El Vino de Tus Rosas”, “En la Forja Charra”, “Flamboyán”, “Gallos Mexicanos de Pelea”, “Príncipes Emplumados”, “El gallo de Combate”, un par de volúmenes de “Antología Poética” y “Taurolira”.

En apartado episodio, igualmente considéresele el haber sido halagado con más de sesenta reconocimientos en diversos encuentros poéticos y juegos forales en varios puntos de la patria mexicana.

Tal labor titulada “El gallo de Combate” está evaluada como la mejor de todos los tiempos en cuanto a tema de aves de riña se refiera.

Para la fiesta brava, en su “Taurolira”, dejó fojas extraordinarias en las que los amantes de la literatura del dios Taurus pueden emocionarse. Hizo pasar en sus versos estéticos, sencillos, bien olientes y de métrica clásica a figuras, ganaderías, diligencias huérfanas de norma y hasta a varios cronistas que vocearon los aconteceres del espectáculo taurómaco como Pepe Alameda, Paco Malgesto y Adiel Bolio, tercia que apacible ya vive su desmayo eterno y divino. Habría que imaginarse a Don Abraham después de rematar alguna nocturna partida de peleas de gallos, plantarse bohemio, elegante, somero, en trance de amor y sentimientos en algún foro improvisado o establecido para dejar que huyeran de su boca poesías que antes ya habían sido reas de su alma.

Personaje formidable, raro, genuino y con sello y calidad de origen. No existía un hombre que hubiese combinado tan dispares perfiles: el ser gallero –en algún momento el mejor de México- poeta, culto y educado.

Hoy, el deporte de la pluma y las navajas se ha quedado nuevamente en su vida normal.

El sábado 31 del mes anterior, en esa ciudad extensa de León de los Aldama, Guanajuato, a la edad de ochenta años, Don Abraham comenzó su sueño celestial, dejando como herencia un acervo formidable de ejemplos y versos.

Descansa hondamente gallero fino.

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