OREJA PARA VELÁSQUEZ Y CORNADA PARA BUSTAMANTE

Y comenzó a agonizar la serie novilleril en el coso del barrio de San Marcos. La finca en sus escaños para esta tarde, recibió a un conglomerado que cubrió el cincuenta por ciento de tales. De los departamentos de toriles se soltaron hasta diez novillos, seis de Jorge de Haro, dos de Gómez Alanís, uno de Castorena y uno más de la casa de Ojo de Agua. La emoción, la bravura, la fijeza y la clase se derramaron de parte de los de Haro; todos cumplidores ante los filos de los piqueros, sobresalieron el segundo y el quinto, ambos halagados con la ovación del respetable cuando sus restos eran conducidos al desolladero. Aquel que ocupó el sitio de honor, un castaño albardado, rebarbo y bragado fue el colmo de lo excelente. Siempre fijo a las telas, atento al sitio del reto y embistiendo tan largo como abajo la testa, ejemplificó lo que es la bravura y la nobleza y honró al criadero en el que fue parido. Merecía el arrastre lento, pero no hubo premio oficial solo el espontáneo y valioso ya descrito. Nuevo paso y nuevo triunfo del apellido Haro por la ciudad de las aguas tibias. Las cuadrillas fueron encabezadas por José Antonio Bustamante (al tercio en el único que mató), Paquito Velásquez (oreja y al tercio por su cuenta), Sergio Garza (silencio en ambos) y Luis Miguel Cuéllar (al tercio y palmas tras petición).

El dolor de la tarde se lo llevó Bustamante al ser cornado en la cara interna del muslo derecho. Su segundo con un pitón le marcó dos trayectorias de ocho y de diez centímetros.

Un oscuro laberinto era el primero. Con alma de cebú y cuerpo de bravo resultó adquirir ente de juez maldito e inflexible para José Antonio Bustamante; empero el ecuatoriano firme, adelante y hacia adelante, andando y en sitio posterior el engaño, hizo en pocos minutos lo bueno que en su anterior episodio de dos años no había logrado. Por pena pinchó y luego dejó estocada delantera. En el quinto encontró entera su propia confianza; y así a más y mejor se transformó en el eje de su rotación torera. Alto, erguido y quieto hizo volar los encajes de sus engaños, sin embargo pecó de incorrecciones y la gran faena que amagaba no tronó como lo reclamaba el formidable novillo que embistió de aquí hasta demasiado lejos. Vino luego la cornada al intentar la suerte suprema.

Para cambio, el segundo puso a disposición su ductilidad, virtud que no comprendió el europeo Paquito Velásquez; joven espigado que inclina el hecho por la estética pero que no manda emociones al público, menos asumió el son de la clase, recorrido, lentitud y fijeza del adversario al que sí mató admisiblemente. El sexto, un descastado, le sirvió para enterarse que tenía obligación de proyectarse como lo que pretende ser e insistente, buenos momentos logró con la sarga como buena fue su estocada.

El norteño Sergio Garza se desenvolvió tan obstinado como verde; en todo instante empeñoso y entusiasta, ignoró el ritmo, el sitio y la geografía del toreo, malgastando a un tresañero con recorrido, clase y nitidez en sus embestidas. Buena estocada. Una porta gayola trunca antecedió al segundo tercio lucido, responsabilidad que se tomó con entusiasmo. Posteriormente las dificultades del ungulado le hicieron pasar espinas por la garganta. Mejor y ya excedido en tiempo terminó con una estocada tendida, trasera y contraria.

Soserías claras presentolé su primero. El joven Luis Miguel Cuéllar planteó un esfuerzo notado. Su deseo de ser torero le representará gran experiencia personal. Bajó la compuerta con un golletazo precedido de un pinchazo. Y le aguantó todo lo malo al cierra plaza, un agalgado rumiante lleno de resabios al que pasó con un quehacer de mérito diáfano apuntalado de habilidosa estocada.

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