25 octubre, 2021

SEVILLA: 1ª DE ABONO: EL PROBLEMA ESTÁ EN LOS TOROS.

Mala corrida de Juan Pedro Domecq, una oreja para Manzanares como único premio y verónicas muy hermosas de Daniel Luque al tercero, así resultó la corrida del Domingo de Resurrección en Sevilla, donde Morante realizó una labor meritoria en el cuarto.

Mala corrida de Juan Pedro Domecq, una oreja para Manzanares como único premio y verónicas muy hermosas de Daniel Luque al tercero, así resultó la corrida del Domingo de Resurrección en Sevilla, donde Morante realizó una labor meritoria en el cuarto.

Plaza de toros de Sevilla. Domingo de Resurrección, 8 de abril de 2012. No hay billetes. Seis toros de Juan Pedro Domecq, desiguales de presencia, flojos y descastados. Minuto de silencio al finalizar el paseíllo en memoria de Juan Belmonte en el L aniversario de su muerte.

Morante de la Puebla, negro y bordado en hilo blanco, silencio y saludos tras dos avisos.
José María Manzanares, rioja y oro, una oreja y palmas.
Daniel Luque, de grana y oro, silencio y silencio.
Carlos Crivell.- Sevilla

La corrida del día más hermoso comenzó con un olvido. La megafonía dio muestras de su existencia y anunció un minuto de silencio al cumplirse los cincuenta años de la muerte de Belmonte. Mala cosa hubiera sido que esta fecha pasara desapercibida. De Diego Puerta no se acordó nadie. Tampoco de un hombre tan de la plaza de toros de Sevilla como Pepe Bermejo. En el caso del torero sevillano, su gloria y su sitio en el toreo no depende de un minuto de silencio, pero el detalle hubiera sido señorial y justo.

El festejo fue un ejemplo fiel del toreo de nuestros días. Este toro que salta a los ruedos no sirve para generar emoción. Las reses de Juan Pedro fueron los artistas de antaño. No debió disfrutar el extinto criador de toros desde su barrera celestial con su juego. El problema está en el toro. Este tipo de ganado tan descastado acaba con la paciencia de todos los públicos. Los mismos lidiadores deben entender que la bondad extrema sin codicia no sirve para realizar el toreo que levanta a la gente del tendido. Porque la corrida de Juan Pedro de ayer fue una corrida cómoda para los espadas, pero es una comodidad falsa, que a la larga perjudica a quienes se ponen delante.

Es cierto que en este festejo inaugural hay cosas muy bellas que resaltar. El toreo de capote de Daniel Luque al tercero, más de diez verónicas ganando terreno hasta el centro del ruedo, fue sencillamente maravilloso. En el fundón de Luque sólo queda sumar su tremenda voluntad ante dos animales de escaso recorrido y poca clase. Y también la estocada al sexto. En el debe hay que anotarle ese afán tan moderno de acortar los terrenos y la profusión de circulares a destiempo. A Luque se le sigue esperando, pero tiene que darse prisas.

Manzanares le cortó una oreja al segundo, un toro avacado que fue protestado, y que al final se movió más que sus hermanos. Lo que hizo el de Alicante fue inventarse el toro. O más bien se lo inventó Curro Javier en una lidia primorosa que corrigió todos los defectos del animal. La faena de Manzanares brilló por su temple y los retazos de buen gusto. Mató de forma imperfecta en la suerte de recibir y paseó la primera oreja del año en Sevilla.

Queda dicho el nivel de su cuadrilla, una delicia para los buenos aficionados. Al quinto, ni siquiera esos buenos toreros pudieron enmendarle su tremenda falta de calidad. Manzanares se tapó.

El más belmontino del cartel es Morante. El de La Puebla atesora tauromaquias variadas, pero tanto la cerebral de Gallito como la pasional de Belmonte están muy bien representadas en su estilo torero. Después de no poder hacer nada con su primer toro, se empeñó en que el jabonero quinto le embistiera. Había ido salpicando la tarde de algunas verónicas sublimes. Al citado quinto le hizo una faena larga, allá en los terrenos del sol, confiando más que nadie en el de Juan Pedro, que era tan noble como soso. Inolvidable fue una tanda con la derecha, como también los adornos, que hubieran gustado al propio Juan Belmonte.

Estas perlas entresacadas de la corrida no lograron salvarla. El ambiente denotó cierto hastío porque cuando la esperanza es muy alta, si no se llega el grado de emoción esperado todo se hunde de forma irremisible.

La tarde parecía de Feria de farolillos. Entre el público hubo desmayos y lipotimias, no por el asombro de faenas cumbres, sino porque en algún momento apretó el calorcillo. En vista de lo cual, como siempre sucede en estos festejos, el público se dedicó a aplaudir a distintos momentos de la lidia que tal vez no lo merecieran. Pasó en el quinto, cuando Cristóbal Cruz se empeñó en hacer la suerte de varas bien hecha y el personal le tocó las palmas, pero mejor hubiera sido que se llevara el caballo más lejos del toro para citarlo.

La música animó la parte final de los lances de Daniel Luque. Bien, pero cuidado que queda mucha feria por delante y a este paso van a tener que hacer jornadas extraordinarias. También amenizó la faena de Manzanares y tocó tarde en la de Morante. Normal. Esa faena cimentada pase a pase se saborea mejor en silencio.

Los comienzos han sido poco halagüeños, pero volvamos a lo de los gitanos y los principios. La realidad es que el problema más serio del toreo está en la base: el toro. Los de Juan Pedro fueron como los artistas de otros tiempos. Y ese toro no sirve para lo que necesita ahora la fiesta: más emoción y menos aburrimiento.

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