26 septiembre, 2021

LOS PUYAZOS DE SERGIO.

La entidad aguascalentense, incluyendo la respetable cantidad de ganaderías bravas que le hacen el favor de arroparla desde estados vecinos –Ojuelos, Jalisco tiene aproximadamente 14 criaderos-, con su envidiable ubicación geográfica y su interesante historial taurino, vive más, no obstante, de un mitotero folklor y de espejismos que de realidades.

Hoy que el serial sanmarqueño está por alzar el telón, se robustecen intransigentemente ese folklore y ese espejismo, a nivel tal que trastorna, confunde y desordena las mentes débiles de muchas personas, sobre todo de aquellas que viciosa y convenencieramente están adheridas al rubro.

La entidad aguascalentense, incluyendo la respetable cantidad de ganaderías bravas que le hacen el favor de arroparla desde estados vecinos –Ojuelos, Jalisco tiene aproximadamente 14 criaderos-, con su envidiable ubicación geográfica y su interesante historial taurino, vive más, no obstante, de un mitotero folklor y de espejismos que de realidades.

Hoy que el serial sanmarqueño está por alzar el telón, se robustecen intransigentemente ese folklore y ese espejismo, a nivel tal que trastorna, confunde y desordena las mentes débiles de muchas personas, sobre todo de aquellas que viciosa y convenencieramente están adheridas al rubro.

De pronto, conforme se aproxima el despegue del serial en la finca taurómaca, con figura legal de propiedad privada, ubicada en la colonia de Las Flores, hasta el más ignorante en tema de toros habla, se desgañita, brinca como duende, opina, califica, aprueba y desaprueba. El que jamás se acordó en el año de que entre las funciones de divertimiento popular de este pueblo, están las corridas, ahora, en abril, se siente invadido por el espíritu del dios Taurus y se cree por él autorizado para dirimir sobre la materia.

Se comienza a sufrir de un síndrome colectivo de “taurocancer”.

Los medios masivos –prensa, radio y televisión- “ofrecen generosamente” espacios especiales para difundir la tradición taurina, orgullo de un Aguascalientes tan deseoso de conquistar un primer sitio en el atlas de la fiesta, que se congestiona de ella misma y le hace olvidar sus propias limitaciones.

Hay, incluso, quienes se han autoevaluado por editar “el diario más taurino del mundo”, confundiendo lo mucho con lo bueno. No es lo mismo llenar papel con notas ociosas que escribir de tauromaquia y realizar crónicas.

Muy lejos de meditar sobre las realidades, alcances, rangos, categoría y dimensiones, conscientemente unas ocasiones, por ignorancia otras, se entregan a la borrachera sin reparar en la dañosa cruda posterior. Mucho usan la lengua y nada su mente.

Después, en los carteles de mayor importancia, llegan inquilinos que de la Ciudad de México son importados por el sistema local, que se jacta de amar “su fiesta” pero que olvida a sus propios periodistas; como pagados por el mismo –atrofiada así la independencia de expresarse libremente-, componen un rebaño de adulones mojigatos que desvalorando su propia dignidad fabrican shows en donde apenas si hay satirismo y no trasteos valiosos, bisutería y no joyería de alto kilataje. Sobredimensionan los triunfos y callan los fraudes.

Así, con impúdicos modos oportunistas, emisoras que a lo largo de once meses ni por equivocación pusieron a disposición del oyente alguna nota de perfil taurino que otorgara ya no opinión útil para el refuerzo de los criterios, sino por lo menos información, hasta proyectos extraordinarios lanzan al aire los días de corridas abrileñas.

¡Qué contagiosa es la cara taurina de la feria, que hace hablar al aire hasta al más idiota en el tema!

Las casas comerciales no piensan dos veces para anunciarse con algún motivo taurino. Los listones de mercerías se convierten en divisas, los menús de los restaurantes ponen arriba de su enlistado la paella, a los logotipos les embonan cuernos y todo lo que se vende “lleva el estigma de la fiesta brava de Aguascalientes”.

Sin embargo ahí está al margen el serial sanmarqueño 2012, en aparador luminoso; ahora con el atractivo de lo extenso, como una prueba de la empresa con la intención quizás de provocar mayores inquietudes a los consumidores para que entren al estupendo coso.

Sí, es una feria popular, la que se expande más en toda la república mexicana y la que mejor se proyecta comercialmente.

No puede ser todo malo o criticable en ella, de escasa calidad o huérfana de chiste. Se trata de una serie interesante pero a la que mucho le falta por madurar, descubrir, crecer –entiéndase el verbo como el aumento de su calidad-, tal sucede en todo acto y en un universo taurófilo cambiante, de constantes diligencias y avances. Le queda también desintoxicarse de sí misma, ganar nombre por sí sola y no por la presencia en los carteles de los abusivos extranjeros diestros que la visitan. Es una feria que por obligación moral, dado su perfil tradicional, tiene el compromiso de superarse, de volver a usar las fórmulas que han funcionado y desechar aquellas que le han dañado.

Por lo pronto gana la alegría de las mayorías; los paladares se entregan al delicioso sabor y sazón de los ofrecimientos del Aguascalientes torero y aldeanista, envuelto que se entrega en el delicioso barniz de la euforia de un remolino festivo que hace olvidar la rutina de una ciudad que, taurinamente, significa menos de lo que ella misma cree.

Es el hoy y el aquí, y este tiempo es el de abrigar generosamente la esperanza de que mezclado con lo tramposo, se observará también lo auténtico, lo valioso, lo torero, lo emocionante mejor que lo divertido, y de disfrutarlo.

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