22 junio, 2021

¡TREPIDANTE FAENA DE RODOLFO MEJÍA!

Llanto, locura, estrépito, oles extensos hasta la bóveda celeste; fuego, el fuego de la grandeza del toreo, su llama insoportable, su luz irradiante, cegadora. Eso lo generó un joven de nombre Rodolfo Mejía.

Era el turno séptimo en la novillada de selección, la última de la campaña que hace aperitivo a la feria de San Marcos; y se despegó del burladero de matadores para untarse al bicorne de Manolo Espinosa y pasárselo por la faja con una hombría que los que lo vieron nunca olvidarán.

Llanto, locura, estrépito, oles extensos hasta la bóveda celeste; fuego, el fuego de la grandeza del toreo, su llama insoportable, su luz irradiante, cegadora. Eso lo generó un joven de nombre Rodolfo Mejía.

Era el turno séptimo en la novillada de selección, la última de la campaña que hace aperitivo a la feria de San Marcos; y se despegó del burladero de matadores para untarse al bicorne de Manolo Espinosa y pasárselo por la faja con una hombría que los que lo vieron nunca olvidarán.

La muerte, el espectro de los quirófanos, el arte, el temple, el viento de tragedia, ahogado por las exhalaciones de la vida, se amalgamó en un espacio imposible.

Los miles de aficionados que entraron al coso viejo del barrio de San Marcos, que completaron tres cuartos del generoso aforo, como uno solo se incorporaban de sus asientos al hechizo de una emoción, la que sin pudor derramó por el toreo este joven, que fue figurón esta tarde… mañana… Dios indicará.

Y se tiró entero atrás del acero, su obra con ambas telas así lo exigían y él, en trance y poseído de los espíritus taurómacos, les correspondió… luego el de cerdas del bovino, que llevaba un par de facas afiladas para asustar a varios, -los espantó de hecho en el sorteo-, fue a dar a su puño sudado, instrumento con que pulsó los avíos legendarios.

Ahí está un chaval hambriento que pudiera ser ídolo de seda y oro.

Por el resto, se jugaron nueve cuadrúpedos, siete de Rosas Viejas, complejos, de arañas en su comportamiento, uno de Manolo Espinosa y otro de regalo de San Marcos. Igualmente, de escasas opciones.

Actuaron Cristian Hernández (pitos), Pepe Toño Guerra (pitos tras aviso), Pepín Vega (al tercio), Camilo Pinilla (silencio), Pepe Vargas (al tercio y pitos tras tres avisos), Javier Castro (oreja), Rodolfo Mejía (orejas y rabo) y Román Legorreta (vuelta).

Cristian Hernández nítidamente y en el interior de los conceptos de lo correcto hizo la actuación. Empleó ambas telas con modos aseados, sin embargo su campo emocional está apagado. ¡Qué intervención tan ordinaria dejó en su paso por Aguascalientes! Igual de tedioso se portó con el acero.

Soltaron en la segunda puerta a un novillo toreable, con clase y dócil. No mala nota de tienta ganó seguramente. El reconocimiento escondido fue para su criador. Lo enfrentó Pepe Toño Guerra, un hombre que entre sus ociosidades tiene el engañarse diciéndose que quiere ser novillero. Para cúmulo… tardó en matar.

El tercero, manso fue, y por cúpula sombreada con pretensiones malas. El joven aspirante Pepín Vega, no obstante, en algo pudo firmar lo de su ilusión. Sacó el agua del tepetate. Lamentablemente no estuvo correcto del todo con las armas y perdió una oreja de valor distinto al acostumbrado.

Muy destanteado anduvo el chaval Camilo Pinilla; acaso aparentemente deseoso de un éxito, aún adolece de los recursos como para haber resuelto el comportamiento malo de la res, su actuación fue otra más de los comunes de la campaña, terminando de golletazo.

El ibérico Pepe Vargas solo se vistió para sellar con su intrascendencia e incapacidades el segundo fracaso de su sueño por ser alguien en la fiesta. Los deseos siempre son ahogados por las realidades, así se tenga el mejor o el más malo novillo. De la suerte suprema ni hablar… mató por circunstancia.

Javier Castro intentó mucho, de eso, poco bueno logró; en todo tiempo entusiasta, perfil de honrarse, ofreció pasajes estupendos aunque desmembrados por no haber hallado el son correcto al pastueño adversario. Tiene valor y transmite emociones, así reclama atención a tardes futuras. Posteriormente a la estocada derribó al tresañero al segundo descabello.

Con la mano muy baja y desdoblándola en todo su tamaño, logró una faena notable; el novel ya entendió en buena medida lo que es el ritmo y el temple en el toreo. Pero hoy no estuvo amigado con la espada y se privó de trofeos

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