SÉPTIMO FESTEJO DEL ABONO… EL PUNDONOR DE ANTONIO NAZARÉ: CORNADA Y OREJA.

Sevilla, miércoles 18 de abril del 2012.

Salieron tres muy buenos toros de Fuente Ymbro, el primero, el quinto y el sexto. Los tres fueron ovacionados en el arrastre y los dos últimos se fueron al destazadero sin una oreja.

Lo verdaderamente serio, el toreo de exposición y profundidad, lo hizo Antonio Nazaré en el quinto. El diestro de Dos Hermanas no hizo lucir al toro con el capotillo. Tampoco el quite de Esaú, por lances nuevos en esta plaza, chicuelinas modernas, fue nada del otro jueves. No obstante, en el último tercio, después de brindar al respetable, Nazaré se fue a los medios para torear con empaque, acompañando gallardamente los derechazos largos y templados. Quizá ahí valía la pena obligar al toro en tandas de cuatro o cinco muletazos, pero por lo menos ya habíamos visto algo emocionante y valioso.

Antonio estuvo mejor al natural, toreando con la verdad que pedía el de Fuente Ymbro. Comenzó a sonar la música, y al primer pequeño enganchón el reyezuelo africano que comanda a los de la banda paró en seco el pasodoble. Esto desconcertó y desconcentró al torero, quien volvió a torear por naturales de muy buena factura, pero el daño estaba hecho: mal colocado y aguantando como los toreros machos, Nazaré fue cogido aparatosamente y el cornúpeta lo caló en la pantorrilla derecha. El joven coleta andaluz abrochó el trasteo con manoletinas y se fue tras la espada, dejando una media bajita que bastó. La oreja fue pedida por mayoría y concedida ente el estupor de los talibanes del tendido, quienes no entienden de generosidad ni de pundonor torero.

José Manuel Tristán Becerra, actual director de los músicos de la Real Maestranza, debe ser más inteligente a la hora de expresar sus particulares filias y fobias taurinas. Hoy, una buena parte del percance fue culpa suya.

A Salvador Cortés le correspondió el mejor toro del encierro, el que abrió plaza, mas éste le puso en evidencia. Salvador no estuvo a la altura del alegre y enrazado burel. Su faena muleteril discurrió entre enganchones y muletazos buenos que el toro se pegó él solo. Cuando un matador de toros no está en son tiene que temer a la vieja frase de Belmonte: ¡Pídele a Dios que no te toque un toro bravo!

Esaú Fernández le cortó una oreja al sexto, otro toro de mucha calidad y claridad. Ahí quedaron varios derechazos largos, suaves y templados, pero el toro no necesitaba tanto toreo de expulsión ni tantos gritos. Me resulta inexplicable la manía de ciertos toreros de pegarle alaridos al toro como si éste fuera sordo o extranjero.

La estocada de Esaú fue a ley –honor a quien honor merece- y después de que el pupilo del señor Gallardo se tragó la muerte con bravura, al de Camas le fue concedida una oreja bastante más liviana, a mi parecer, que la que cortó su compañero herido.

¡Ah! ¿Pregunta usted que qué pasó en los toros tres toros? Pues mire: A Nazaré le mataron en el caballo a su primero, un bicho que de por sí carecía de fuerza. No es que lo picaran en demasía, pero el varilarguero, al ignorar que el palo que lleva en la diestra se llama la vara de detener, dejó que el toro se metiera bajo el peto y se hiciera pedazos tratando de romanear; Cortés estuvo sin sitio y sin las ideas claras en el cuarto, quizá pensando en cómo se le había escabullido el triunfo grande con su primero, y Fernández toreó mucho en escuadra y con el pico al tercero de la tarde. El de Camas desde ahí nos develó sus grandes dotes operísticas, pues gritó como un poseso de principio a fin.

En suma, hoy hubo toros bravos y nobles, y se cortaron dos orejas que bien pudieron haber sido seis.

Y termino con un aforismo de Francis Wolff: “Sólo tiene derecho de matar al toro quien acepta poner en juego su propia vida”. Todos lo que se enfundan el traje de luces se juegan el pellejo en cierta medida, pero algunos más que otros, como nos lo demostró Antonio Nazaré.

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