OCTAVO FESTEJO DEL ABONO, AUDACIA GANADERA.

Sevilla, jueves 19 de abril del 2012… Hace falta valor para traer a Sevilla un encierro tan carente de fuerza, bravura y nobleza como el de El Ventorrillo. Claro, algunos dirían que no se trata de audacia, arrojo o valentía, sino de tener la cara más dura que un caimán.

Bien presentados estuvieron casi todos, eso sí; salvo el quinto, un bichito anovillado que se comportaba como una de esas ratas canguro, o como un zombi torpe pero entusiasta, usted elija.

Dos fueron devueltos por débiles (cuarto y sexto), y el primero, el segundo y el tercero fueron un compendio de defectos: gazapones, andarines, con la cabeza alta siempre, desparramando la vista, parándose a media embestida, tirando perezosos gañafones, etc.

El sexto bis, un animal de Montealto, medio se dejó torear, pero ahí estaba Jiménez Fortes, un coleta de nuevo cuño que intentó no caer en la vulgaridad, tarea visiblemente muy superior a sus fuerzas. Queda para el recuerdo el desplante más chabacano que se ha visto en mucho tiempo: arrojar la muleta prácticamente a las pezuñas del ya exhausto astado y salir hacia matadores agradeciendo alguna inexistente ovación. Diego Urdiales, el primer espada, torero honrado, no pudo hacer nada interesante o memorable, pero conste que no fue culpa suya.

Iván Fandiño instrumentó un quite por ajustadísimas gaoneras al que abrió plaza, lo cual sería a la postre el momento cumbre del festejo. En el ya mencionado quinto, Fandiño nos aburrió más que un día en canoa en el Amazonas: ¡no hay derecho a tanta perversidad contra el paciente pagano!

Volviendo al señor ganadero de dizque toros de lidia -que no ganadero de bravo- y a las kilométricas faenas de Iván (Fandiño) y Saúl (Jiménez), hay que recordar una lapidaria frase de José Jiménez Lozano, escritor español: “El misterio de la necedad parece tan impenetrable, denso y poderoso como el de la iniquidad”.

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