LA FERIA –TAURINA- DE SAN MARCOS ASUME LA CONDICIÓN DE SÍMBOLO Y REPRESENTACIÓN DE GRANDEZA Y SEÑORIO.

ARRASTRE LENTO… Si bien a estas alturas de su existencia el nombre y la fama de Aguascalientes no necesita de las dádivas piadosas de la rumorología para darse a conocer, al volver a ser sede de la feria taurina más afamada del país, reconocida por la elegancia y dimensión de sus planteamientos, y por la finura en sus modos, retoma el preponderante sitio de los vanguardistas. No en balde fue la primera entidad federativa en declarar “patrimonio -cultural- inmaterial” la Fiesta de toros en México.

La sabiduría popular, la que coloquialmente se difunde sin las lujosas ostentaciones que conceden los estrechos círculos del saber, nos da a entender que la relación que existe entre el toreo –y sus aires ambientales- y la cultura de la sociedad aguascalentense es tan íntima, tan estrechamente unida, que bien pudiera parecer como “dos perfumes de una misma flor”, como “dos estrofas de un mismo poema”.

Aguascalientes está integrado al toreo. Y lo celebra con ruidoso entusiasmo toda vez que hoy, al realizarse el primer festejo de feria, como primicia de una prolongada efervescencia, le da la bienvenida a los toreros que están adheridos a la comunidad que los respeta, admira, y en un caso excepcional, hasta los venera con religiosa pleitesía.

Así las cosas, se entiende que Aguascalientes, que como ser social sabe entregarse a plenitud, tiene una base cultural que se ha convertido en la corriente vitalista que deja huella de su esencia. La entidad es clara, sencilla, pero sobre todo singularmente abierta a la luminosidad de la maravillosa manifestación del toreo ¿milagro revelador? Y es del tamaño de su apego a tan singular expresión del alma. Siendo tan pequeño en su espacio territorial, asombra que sea un gigante en su dimensión espiritualmente torera.

De ahí que, al aparecer en puerta de cuadrillas la tercia de novilleros que inaugura el afamado ciclo de festejos, en un acto de nobleza los tendidos se unirán a ellos para consolidar la armonía de sus propias esferas emocionales. Los aficionados saben que la oración implorante practicada por los novilleros y subalternos en la capilla del coso, previa al el trazo de la cruz ejecutada con la zapatilla, también como una forma de oración, al iniciar el paseíllo, cual acto puro de invocación, tiene atributo de unicidad, misericordia y comprensión. El aficionado y el espectador saben que los grandes sueños e ilusiones de los noveles, aun a costa de su vida, adquieren la intensidad plástica de la poesía.

Y será la poesía, al igual que la palabra religiosa, la que se eleve en rítmica y rimada composición dejándose escuchar el en majestuoso escenario monumental del coso que arquitectónicamente es una verdadera gala en el universo del toreo.

¡Suerte jóvenes novilleros; suerte señores ganaderos; suerte señores empresarios! Y suerte a usted que, como espectador y aficionado, será testigo de grandes proezas toreras en el transcurso de este singular ciclo de eventos que acapara la atención de la comunidad taurina de aquí, de allá y hasta de un poco más allá de nuestras fronteras.

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