26 octubre, 2021

NOVENO FESTEJO DEL ABONO… LA MAESTRANZA VOLVIÓ A SER EL PARAÍSO TERRENAL.

Sevilla, viernes 20 de abril del 2012.
El año pasado, el viernes de pre-Feria, Manzanares indultó a un toro de Núñez del Cuvillo. La faena fue memorable pero, según el que esto escribe, merecía ser rubricada con el acero.

En el viernes de pre-Feria de este 2012, José Mari ha hecho algo quizá mucho más imperecedero: se entretuvo en cortarle cuatro orejas a su lote y en atizarle portentosas estocadas recibiendo a cada uno de los bichos de Victoriano del Río.

Sevilla, viernes 20 de abril del 2012.
El año pasado, el viernes de pre-Feria, Manzanares indultó a un toro de Núñez del Cuvillo. La faena fue memorable pero, según el que esto escribe, merecía ser rubricada con el acero.

En el viernes de pre-Feria de este 2012, José Mari ha hecho algo quizá mucho más imperecedero: se entretuvo en cortarle cuatro orejas a su lote y en atizarle portentosas estocadas recibiendo a cada uno de los bichos de Victoriano del Río.

Ninguna de sus faenas, dadas las condiciones de los astados, pudo ser más perfecta, más exacta, más sabia, más torera, más elegante. Y vamos a tratar de cerrar el grifo de los adjetivos laudatorios y los lugares comunes, porque si no –aunque sólo estaríamos diciendo la verdad monda y lironda- sería el cuento de nunca acabar.

Para callar a todos los inconformes de siempre, esos que se regodean en decir que José Mari (el torero de Sevilla, manque haya nacido en otro sitio) no torea bien con el capotillo, ahí quedan las verónicas y las alicantinas que le pegó al segundo de la tarde.

Los cambios de mano que finalizaban no en un natural sino en un desdén; los trincherazos; un pase de pecho casi circular, y un cambio de manos por delante rematado con un natural kilométrico, fueron los chispazos cumbre de tandas formidables al natural y al derechazo en ambos toros. La primera estocada recibiendo fue colosal, pero la mejor que se ha visto en décadas fue la que le propinó al quinto, un cornúpeto que hizo todo lo posible para que lo pincharan. El torillo se rajó de lo lindo y era evidente que si embestía a la hora de la verdad sería para buscar las tablas. Manzanares se perfiló casi tapándole la salida, el morito se frenó apenas comenzado el viaje y el torerazo aguantó impávido, echándole la zurda a las pezuñas, sin enmendar los terrenos; y cuando al burel no le quedó otra más que seguir el engaño, José Mari le metió la espada en los rubios, hasta los gavilanes, en cámara lenta.

Digo yo que el saber torear es una proeza de la inteligencia, pero el ser torero es una hazaña del alma, y Manzanares nos regaló ayer el mejor ejemplo de ambos logros.

Además del milagro manzanarista hubo más cosas portentosas en el festejo: Las ovaciones sentidas y arrolladoras que el público sevillano le tributó a Padilla antes de que se abriera la puerta de toriles para dar paso al primero de la tarde, y cuando brindó al respetable la muerte del que abrió plaza; el toreo macho, artista y variado de Talavante, quien cortó merecida oreja al tercero y salió al tercio en el sexto, y el primer par de banderillas de Trujillo al que hizo quinto, donde el torero de plata caminó pausadamente buscando el embroque como un legionario romano. ¿Y qué me dice usted del detalle de categoría, del público de pie vitoreando a Luis Blázquez, Curro Javier y Juan José Trujillo junto a su maestro? Eso ocurrió después de la vuelta al ruedo en el penúltimo toro y fue algo inusitado, merecido y conmovedor.

Así pues, en el Coso del Baratillo, la única catedral del toreo, ayer se suspendió la incredulidad, se le puso un alto a la sequía de los días anteriores. La autora inglesa Eliza Marian Butler, en su libro “Ritual Magic” nos dice: “…la magia, recordarlo es importante, es una arte que exige la colaboración entre el artista y su público.”

Ayer, Manzanares y la afición sevillana lograron crear el verdadero Paraíso Terrenal en el coso maestrante, y conste que lo lograron sin toros bravos…

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