15 junio, 2021

LES PESÓ LA TARDE.

Detonó el serial taurino San Marcos en la Monumental de las Flores que en su amplia escalinata recibió a una clientela que cubrió algo más de la mitad de las mismas. Es feria, es júbilo y las corridas son su médula, su alma; es latir de su mismo corazón.

Fecha con acertijo fue; subrayado número en la agenda de la mecánica de la fiesta local y más allá.

Detonó el serial taurino San Marcos en la Monumental de las Flores que en su amplia escalinata recibió a una clientela que cubrió algo más de la mitad de las mismas. Es feria, es júbilo y las corridas son su médula, su alma; es latir de su mismo corazón.

Fecha con acertijo fue; subrayado número en la agenda de la mecánica de la fiesta local y más allá.

Don Carlos Peralta, titular de la casa ganadera de Real de Saltillo, estrechado con la ética y la escala de valores de la crianza de reses bravas, vendió seis tres añeros cuajados, fuertes, musculosos y bien presentados. El comportamiento que vertieron fue complejo, característica que en los ojos de tres novilleros pobres de mando, experiencia y poder, se inflama hasta lo insoportable.

En un juzgamiento conjunto de los tres “jefes” de cuadrillas –Ricardo Frausto (vuelta por su cuenta y silencio tras aviso), Antonio Lomelín (silencio tras aviso y silencio) y Joaquim Ribeiro “El Cuqui” (palmas y silencio tras aviso)- la condena es reprobatoria al no haber podido con un compromiso severo y a plomo para sus capacidades.br>
Hubo pasajes en que todas las infanterías quedaron en alta mar, como el avasallante herradero que se provocó en el sexto, mientras su presunto lidiador nomás no acataba que hacer para restablecer el orden, obligando a la autoridad –que actuó correctamente durante toda la función-, a remitir un aviso. Del tendido salió: ¡Que chulo jaripeo!

El joven local Ricardo Frausto, de algún modo arriesga, e inclina el ejercicio del toreo por la estética, pero no emociona. Dejado algo bueno con el avío rosa, igualmente selló pasajes bellos con la sarga, sin embargo nunca se comprometió como el maleable ungulado y la importancia de la tarde se lo pedían. Se niveló mejor con la toledana y vino, de cualquier manera, una vuelta al ruedo bajo su responsiva. Ya el cuarto en el escenario cotizó bien un quite por gaoneras, antecedente del trasteo que hizo planteando un explosivo inicio pero un final apagado. Siendo más consciente de su título y del rango de la tarde, se portó obstinadamente y agradó en episodios de buen corte; pero el aguascalentense extravía el son del toreo, privándose de que se le califique algúna faena cuajada. Como su oponente, se vino abajo y en colmo le fue una pesadilla el acero.

El segundo resultó ser un siniestro animal, bastó salir al círculo para instantáneamente anclarse, colocarse por delante y tratar de cazar a cuanto osaba llegar a su terreno. Aluzado mérito fue lo que le hizo Antonio Lomelín; aguantó todo, se paró, le dejó en la cara la tela y se lo hizo pasar por el hilo de su cintura; conjunto diligente que marcó con defectuosa estocada. El quinto pidió mano dura; si se desplazaba largo y con la testa abajo, era cuando se le trazaba bien el muletazo. No capaz esta tarde, carente de los recursos suficientes para descifrar los compromisos de la fecha, no le quedó más que portarse afanoso, bajando el telón de estocada caída luego de pinchazo hondo.

La accidentada porta gayola señaló la imposibilidad de lucimiento con el capote al “Cuqui”; cubierto errada, desordenada y atrabancadamente el segundo tercio, abrió el naufragio muletero en el que navegó boca abajo. El enrazado y complicado bovino se le convirtió en tremendo nudo que no atinó a desatar. El que cerró plaza solo esperaba en chiqueros con la intención de corresponder a sus hermanos; acusando los malos dividendos de una lidia destanteada en mayúsculo tamaño, se desembocó como manso sin peligro. Igualmente el lusitano lo vio como tal fórmula trigonométrica a la que no acertó dar solución a pesar de su ahínco e ilusiones.

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