VIENDO A TOREROS COMO HERMOSO DE MENDOZA LA IMAGINACIÓN SE VA AL CIELO, Y LAS MANOS A RECOLECTAR MARIPOSAS ENMIELADAS DE FANTASÍA.

ARRASTRE LENTO… Siendo la atracción sustantiva, aunque no la única, del cartel de la primera corrida feria el sensacional centauro Pablo Hermoso de Mendoza, me vienen a la memoria un buen número de faenas realizadas por el caballero que por su concepto, entrega, profesionalismo y virtuosismo es sin duda de ninguna especie la máxima aproximación a la perfección del toreo a caballo.

Y las recuerdo –si se disculpa el adjetivo- por lo pegadizas que resultaron las primorosas faenas ejecutadas al abrigo del sello alegre y el carácter jovial que lo distingue. ¡Ah, la memoria! Lo cierto es que en el florido jardín del recuerdo la imaginación se va al cielo, y las manos a recolectar enmieladas mariposas de fantasía.

¡Cuidado con la memoria! Lo cierto es que se me ha quedado en el alma el florilegio mágico del proceder solemne y espectacular del jinete que por su maestría, cual robusto ciprés, se alza colosal y gigantesco hasta traspasar los tejados dejando ver sus cimas desde lejos. Pareciera como si la estructura de las plazas en las que lo he visto triunfar le hubiera quedado chica,… ante la magnitud del recuerdo.

Cierto es que en la memoria hay una variedad de recuerdos tan grande como los hay entre los toreros. Hay en las memorias recuerdos de lujo, y hay recuerdos populares; ¡también hay toreros sin honor al mérito del recuerdo! Y es tiempo que –por ejemplo, y sin restarle ningún mérito a su indeclinable porfía, Alejandro Amaya se filtre ya a la memoria donde se preservan los recuerdos de gala.

Así las cosas, me queda claro que hay memorias asombradas de su olvido. Como claro tengo que hay toreros que, como Pablo Hermoso, y en cierto grado como Rafael Ortega, cuando se les evoca y recuerda se cae en la cuenta que ha enseñado a los públicos la impactante y lustrosa, aunque no rematada alegría, de vivir y/o morir por un ideal: “Ser de las figuras del toreo sin posibilidad de olvido”.

Por ello admiro las memorias que resguardan la tendencia a la espiritualidad y misticismo, virtudes ejemplares de toreros que, como el portento navarro, chocan con los toreros que tan sólo aman demasiado el bienestar, la vida fácil, el espectáculo frívolo, picante, pero vacío.

Me atrevo a afirmar que, por ver a Hermoso de Mendoza, habrá una gran entrada hoy en la Monumental toda vez que, admirada su calidad, pericia, maestría y actitud, será una experiencia que por sí sola bastará para vengar con el entusiasmo de un día los agravios de muchos años.

¿Habrá crisis de memorias como para que los acontecimientos no se preserven en el resguardo del recuerdo, o de plano será mi memoria la que no tiene remedio? Lo que he llegado a comprender es que la oxidación de algunas memorias puede ser cosa pasajera, sobre todo cuando se tiene ante los ojos el prodigio de un arte tan impactante como el que despliega Hermoso de Mendoza.

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