26 septiembre, 2021

LUMINOSA TARDE DEL ÉQUITE DE NAVARRA.

El arte de montar a caballo quedó explicado ayer a horas tardes en el coso Monumental de Aguascalientes durante la segunda de la feria de San Marcos. Delante de miles de aficionados que hicieron en los escaños del edificio taurómaco una entrada de menos de tres cuartos, Pablo Hermoso de Mendoza (dos orejas y una oreja. Presentación dentro de feria) cabalgó como señor, cuajó diligencias variadas, clavó rejones de castigo, farpas y cortas siempre entonado con los viajes de sus adversarios de Fernando de la Mora que, a contra costumbre, ahora sí que mandó un par de toros de acusada edad adulta, eso sí, demasiado recortados de la cuerna.

Los lidiadores de a pie, Rafael Ortega (silencio y pitos) y Alejandro Amaya (silencio y pitos) dejaron huecura

El arte de montar a caballo quedó explicado ayer a horas tardes en el coso Monumental de Aguascalientes durante la segunda de la feria de San Marcos. Delante de miles de aficionados que hicieron en los escaños del edificio taurómaco una entrada de menos de tres cuartos, Pablo Hermoso de Mendoza (dos orejas y una oreja. Presentación dentro de feria) cabalgó como señor, cuajó diligencias variadas, clavó rejones de castigo, farpas y cortas siempre entonado con los viajes de sus adversarios de Fernando de la Mora que, a contra costumbre, ahora sí que mandó un par de toros de acusada edad adulta, eso sí, demasiado recortados de la cuerna.

Los lidiadores de a pie, Rafael Ortega (silencio y pitos) y Alejandro Amaya (silencio y pitos) dejaron huecuras con sus actuaciones intrascendentes.

Rechazados los cuatro de Carranco originalmente anunciados, llegaron otros tantos de Guadiana, bien presentados, igualmente de adultez incuestionable y que hubiesen dado mejores resultados si los coletudos les hayan expuesto un poco más.

Ataviado al modo de los siete niños de Écija, Hermoso de Mendoza toreó soberbio al buen toro de Fernando de la Mora; cabalgando como centauro moderno, nunca destanteado en el dorso de sus pegasos desgajó cuanto de plástico, templado, variado y consumado tiene el rejoneo contemporáneo. Quedó correspondido el público que pagó por verle templar las riendas y entusiasta exhibió los trofeos luego del rejonazo trasero, contrario y mortal.

El grupo de problemas externadas por su segundo, dieron fortuna a los entendidos de aquilatar su oficio, recursos y señorío en y de los terrenos. Disueltas las dificultades se dio a lucirse en dos partes, una dedicada a los aficionados, otra y a toro como clavijero, para el vulgo. El rejonazo contrario y trasero antecedió a su segundo recorrido con el auricular.

En mal estado torero ocupó su espacio en el redondel Rafael Ortega; sin motivos para emocionar con el capote pasó a clavar banderillas –que no a banderillear- observando el inamovible y vicioso guión que se le soporta, para luego tomar ociosamente la sarga no tomando en cuenta la docilidad y buen estilo del toro. Media estocada tendida y atravesada estocada acabó el número.

Amagó al usar el capote y las banderillas en armar su potente espectáculo tan aceptado como es entre los de gayola; del mismo modo abrió la parte muletera medio encuclillado en el tablero, sin embargo la sosería del bovino impidió que creciera su acto y aunque fatigado al empuñar los aceros, cortó por lo sano.

El segundo de la lidia ordinaria, toro bueno si se le “trabajaba”, exigía que se atareara para ofrecer sus virtudes, pero eso es justo de lo que no tiene necesidad el tijuanense Alejandro Amaya y dejó una intrascendente y tediosa intervención, contrapuesta a su buen empleo de la espada.

Soberbia belleza la del sexto, un toro que empujó fuerte al caballo y que también hubiese dado de sí al haber tenido un torero firme por delante. El norteño, satisfecho quizás de otras vanidades, no tiene hueco para llenarlos de toreo, por ello no sucediendo nada.

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