19 septiembre, 2021

AUNQUE VIVE OLVIDADO MARCOS EL EVANGELISTA, EN SU DÍA LA CIUDAD SE AGITA ENGALANADA EN CUERPO Y MENTE.

ARRASTRE LENTO… A principios de la década de los sesenta -1960-, lo recuerdo bien, el 25 de abril tanto la sociedad “pudiente” como el grueso de la comunidad feriante popular se congregaban en la plaza de toros San Marcos. Y eran éstos los sectores sociales que no podían faltar a su cita anual a comer con los llamados jotos, pintorescos establecimientos rústicos y provincianos ubicados al costado norte del añoso jardín de San Marcos.

ARRASTRE LENTO… A principios de la década de los sesenta -1960-, lo recuerdo bien, el 25 de abril tanto la sociedad “pudiente” como el grueso de la comunidad feriante popular se congregaban en la plaza de toros San Marcos. Y eran éstos los sectores sociales que no podían faltar a su cita anual a comer con los llamados jotos, pintorescos establecimientos rústicos y provincianos ubicados al costado norte del añoso jardín de San Marcos.

Aún era el florido sembradío cercado por la balaustrada de cantera lugar donde las familias departían sin temores ni represalias. De ahí se desprendía el tumulto que, engalanado con sus mejores prendas, por nada dejaría de asistir a la corrida de toros. Templo, jardín y plaza de toros, triángulo homónimo que dando carácter único a la ciudad, fueron los centros que sirvieron como marco para idealizar una de las épocas más románticas y folclóricas de la feria.

Y era natural que en “el mero día” se desbordaran, cual cascada multicolor de encendida pólvora -pirotecnia de fantasía-, los sentimientos de alegría colectiva de la ciudad que se agitaba al compás de la tambora, que cantaba al timbre del mariachi, y que toreaba al aire de “El Calesero”. Claro, los hombres y mujeres piadosos en la noche anterior, que parecía todo menos noche, ya habían hecho acto de presencia en la Misa de Gallo, ya habían depositado su limosna, y guardado parte del monedero –o del cochinito de barro- para llevar por la tarde a los chiquillos a los volantines, y si algo les sobraba, pues a jugarlo aventuradamente en las loterías o en la ruleta.

Quién que los conoció podrá olvidar los originales tapancos, luego terrazas, sitios de convivencia –luminosos escaparates de la aristocracia que se ufanaba hasta la presunción de su condición de privilegio- que si bien no cambiaron el modo de divertirse en la feria, sí incorporó una novedad hasta entonces no usual: Bailar al aire libre. Tal fue su éxito que, al borde del clímax, llegaron a constituir una de las formas más típicas y pintorescas de la verbena.

Orquestas, intérpretes de renombrada fama, y personajes de todo tipo, muy en especial las figuras no decorativas de la cultura, el cine, la radio, la televisión, y ¡la política! acudían a ellos sin que su imagen sufriera deterioro alguno. Al contrario, al verlos de carne y hueso se acercaban a la gente que, admirándolos, sufría una especie de embeleso emocional que nunca olvidaría. Claro que en la plaza de toros era imposible que se mantuvieran en el anonimato. ¡Vaya jaleo que se armaba cuando el pueblo los identificaba!

Lo cierto es que son pocos los acontecimientos de carácter social que, junto a las corridas de toros –el día 25- tienen tan arraigas sus raíces en la región.

Y aunque las cosas y los tiempos cambian, no deja de ser significativo que a la par del peso simbólico de la cultura popular de Aguascalientes, se sigan dando carteles importantes en el día de Marcos el evangelista. Y hoy no será la excepción: Hermoso de Mendoza, Fermín Espínola y Arturo Macías. ¡De tronío!

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