¡CUÁNTO EXCITA MI ASOMBRO LA BELLEZA TORERA DE MI TIERRA AGUASCALIENTES!

¡V I V A A G U A S C A L I E N T E S¡
¡QUE SU FERIA ES UN PRIMOR…!
Acostumbro a contárselo a la aurora que, sin abusar de las componendas traidoras de la diplomacia de los humanos, discreta, prudente y comprensiva, escucha mis arrebatados y emocionados soliloquios matinales.

Mi gusto es de todo el año, pues lo de la feria es un episodio temporal que si bien arrebata con su algarabía, la serena quietud encantadora de mi tierra se deja sentir más allá de los días pachangueros en los que la permisibilidad es una concesión generalizada.

¡Cuánto me gusta vagar por mi ciudad de madrugada! Vagar es un decir toda vez que, al apuntar el alba, transito por las calles que me llevan a la periferia urbana que es donde suelen los orates como yo hacer ejercicios físicos para expulsar la modorra del alma, y desentumecer la desgastada anatomía que poco a poco reciente los crudos efectos del insolente y poco piadoso deterioro natural.

Caminando –de madrugada- abrazo el cuerpo de mi ciudad. Me gusta su silencio hondo, preocupado por las estridencias oxidadas de la rutina diaria. Y me gusta de madrugada porque sus brazos se alzan ágiles para poner en orden las pinceladas del nuevo día. Sí; me gusta mi ciudad envuelta en el silencio anheloso de la noche cuando quiere irse pero las estrellas no la dejan partir, Sí, me gusta mi ciudad –la más taurina de cuantas conozco- porque todo su cuerpo es fiebre delirante con sueños de gloria torera.

Y me gusta el rostro de mi ciudad porque toda ella, siendo una pincelada de fantasía e inspiración, se proyecta en la tez de porcelana urbana que sabe de misterios y de magias con olor a “torería”. Y me gusta comprobar de madrugada –que es cuando cabalgo en corcel de ilusión por esas avenidas solitarias y humedecidas con el rocío matinal de la eterna primavera- que son reales las virtudes de mi ciudad, una ciudad que no puede negar que toda su alma sea luz. Una luz que trasciende y cobija con rápidos vórtices llameantes de asombroso misterio torero.

Sí; me gusta mi ciudad porque en los aromas de su periferia se agita y esconde el olor a campo bravo, y me gusta de madrugada porque, cual reina que se despierta e incorpora para atender a su rey, sacude su seno, dobla y estira sus brazos, curva su cuerpo, y toda ella vibra, se estremeces, se ondula y contorsiona para abrazar a sus habitantes -¡cuántos de ellos toreros!- que deciden ver el milagro maravilloso del nuevo amanecer.

Sí; me gusta mi ciudad cuando veo que de madrugada se agiliza en movimientos que apenas si tocan sus plantas el suelo para lanzarse entusiasta al ruedo para ligar las faenas de la vida diaria; y me gusta cuando se empina, cuando se eleva, cuando inicia el ascenso diario en el que se espiritualiza al grado de dar la impresión de estar próxima a una levitación ¡Oleé por el cuerpo tan torero de mi ciudad!

Sí; me gusta mi ciudad de madrugada, silenciosa, luciendo en esbelta silueta la gracia de la recién despertada, y me gusta cuando toda ella palpita, cruje y salta ante mis ojos como una llama ascendente en un alarde de consumación.

Ah, y al anochecer: delicia de concierto. Me gusta mi ciudad cuando la noche da por acabada su participación hasta desvanecerse dejando el escenario de la tauromaquia –torres y campanas, capotes y muletas monteras y castoreños, estoques y banderillas, en el ruedo de la oración- para que surja de nuevo una ardiente y voraz insurrección de deseos y fantasías toreras. Como esas que potencian los deseos de los toreros que desconocen las fatigas de las ilusiones.

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