LA INTUICIÓN ALIENTA A GOZAR CON EL ESPECTACULO DE UNA PLAZA HIRVENTE DE ENTUSIASMO CONMOVIDA Y DELIRANTE.

Pocas ocasiones hay en las que, tal y como sucede con la tarde de hoy, la intuición, anticipándose sugestiva y seductoramente a los hechos, adelanta acontecimientos triunfales. Los aficionados, argumentando probabilidades, y engolosinados en virtual sospecha, sienten que, en base al “fondo” de los tres toreros, “El Pana”, Castella y Silveti, la de hoy puede ser una función que de nuevo nos permita gozar con el espectáculo de una plaza conmovida, delirante, hirviente de entusiasmo y admiración.

“El Pana”, posibilitado a que sus extravagantes formas y actitudes se conviertan en gustoso deleite de los espectadores, puede concretar hoy la gran obra de arte – ¿quién, pues así de intensa fue, no recuerda aquella de la plaza México que lo rescató del olvido?- creada en la más honda de sus complacencias.

Sebastián Castella, pulcro como el más aseado de los intérpretes de la tauromaquia clásica no se queda a la zaga. Dotado está para embelesar a la clientela con sus alardes principescos, lo cual significa que podrá, si los duendes lo apetecen, armar la escandalera. Pocos toreros como él tienen tan claro el deseo de ascender por la vía de la perfección.

Diego Silveti, de novísima presencia, el que en cuanta plaza se ha presentado, dejando quién sabe dónde las cautelosas preocupaciones y providencias que a otros toreros marean, y teniendo como pedestal las nubes del asombro, se ha elevado hasta el mismo cielo convenciendo a la más exigente de las aficiones. ¿Por qué no habría de hacer lo mismo hoy?

Lo cierto es que la intuición le susurra al oído del aficionado gloriosos cánticos de alegría y triunfo. Ésta –la intuición- dice que, para solaz de los ojos de los espectadores, hoy podría ser otra tarde en la que la multitud, ebria de entusiasmo, y volviéndose en actor de la obra, le agradezca al toreo los grandes beneficios que su noble manifestación y explotación deja en la sociedad.

Claro, en el contexto de la intuición también existe la subyugante –por morbosa y escandalosa- alternativa no deseada de que el afamado ex tahonero apodado “El Pana” dé motivos para que con hiriente ponzoña pisoteen su nombre y prestigio tildándolo de ser y actuar, o actuar por ser, un torero viejo, incapaz de mirarse en el espejo para ver su lamentable deterioro, torero antañón que por su improductiva veteranía se parece a los edificios anacrónicos que –con mala leche- son objeto de burla y desprecio.

Finalmente será mejor atener las esperanzas de triunfo intuido a la disposición de la “buena leche”, dejando en claro que, por su valor y buen sentido del toreo Castella y Silveti, toreros de reconocido gusto y buenas maneras, podrán hacer exclamar los “¡aaah!” de admiración –o de susto- que tan sólo se entonan como himno a quienes han sido consagrados.

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