26 septiembre, 2021

AL AFICIONADO LE BASTA CONTEMPLAR EL SENTIDO MÍSTICO DEL ORGULLO, LA DIGNIDAD Y LA HONRA DE LOS TOREROS.

No cabe duda que la conciencia –y visión- poética en el toreo no es un estado de gracia al alcance de cualquiera. A los pocos -¡poquísimos en verdad!- aficionados cuya visión es esencialmente poética no los compadezco –será porque entre ellos me encuentro- aunque los comprendo a pesar de que nadie los entiende.

No cabe duda que la conciencia –y visión- poética en el toreo no es un estado de gracia al alcance de cualquiera. A los pocos -¡poquísimos en verdad!- aficionados cuya visión es esencialmente poética no los compadezco –será porque entre ellos me encuentro- aunque los comprendo a pesar de que nadie los entiende.

Estos amantes del toreo y la Fiesta en general zurcen elevadísimos sueños e ilusiones, retazos de fantasía y deseos, a la colcha del materialismo con resultados catastróficos. Convertidos en idealistas, chocan con el mundo que, cuando se le habla de luna llena, la mira sin el menor asomo de romanticismo. Les pasa lo mismo que aquellos que no entienden al médico que les receta una cafiaspirina para su jaqueca del alma. Los materialistas no podrán entender que la medicina del idealista está en la contemplación del brillante y luminoso plenilunio.

Así, en la tarde hoy, al aficionado idealista le será suficiente contemplar el sentido místico del orgullo, de la dignidad, y de la honra torera de los diestros que, como El Zotoluco, José María Manzanares, y Arturo Macías, saben adentrarse en la luz de la poesía y el romanticismo. Pudiera darse el caso de que, indultada la tarde, al anochecer, los aficionados queden absortos contemplando la luna llena reflejada en el reluciente espejo del albero de la fantasía.

De ahí que, invitados por el íntimo rimado de la poesía torera, los aficionados podrán ir hoy –onceava corrida- tras el vuelo de los tres toreros, los que por cierto ya saben que la “luna no es de queso”, para alunizar en la planicie y el reposo de la contemplación. A fe mía que Eulalio, José María y Arturo fueron a proveerse de la energía que sólo se puede extraer de las profundidades del alma romántica, idealista y soñadora, para dar otro señorial espectáculo en los confines de la locura poética.

Lo cierto es que, contemplando tan esplendoroso juego de luces y sombras en el ruedo de la Monumental, es posible que a los aficionados soñadores e idealistas les palpite aceleradamente el corazón teniendo ante sus ojos expuestos la maravilla del toreo realizado con los avíos de la inspiración. ¡Inspiración que eleva! Los aficionados saben que, para gozar cabalmente del toreo hay que huir de las tinieblas del materialismo y adentrarse en la luz de la poesía y el romanticismo.

Finalmente me queda claro que sólo del manantial de la ilusión mística puede brotar del héroe la sangre en catarata. Entiendo que, como reacción física, la altura del torero como persona – que es la que vuela, vaga, y vale- será proporcional a la hondura de la introspección en las profundidades de la fe en la conquista, en la ilusión creadora, y en la fantasía romántica.

Locos y cuerdos, ¡vamos a los toros!

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