LO MODESTO, GRACIOSO SINÓNIMO DE INSIGNIFICANCIA, NO QUITA LO TORERO. AL CONTRARIO LO PROYECTA Y ENGRANDECE.

Vamos ya casi al final de la jornada. Con la de hoy, doceava corrida, se empiezan a exprimir las últimas frutas carnosas que, siendo de efímera existencia, con su jugoso elixir han nutrido nuestra frágil constitución de aficionados.

¿Quién torea hoy?, me lo preguntó un vulgar profano que ni siquiera la curiosidad le puso vida a su maltrecha interrogante?

Hoy, cuando se realiza la tradicional corrida –beneficio de la agrupación de toreros- en la que se disputan gallardamente la “Oreja de Oro”, torean seis modestos, dicho sea con el mayor de los respetos.

Torean diestros cuyo nombre comercialmente dice poco, pero que, a pesar del tufo de insignificancia con el que se les menciona, en el ruedo han hablado fuerte, tan fuerte como los latidos de su corazón, un corazón que sabe de las asperezas sobre las cuales tienen que caminar descalzos los que quieren llegar a la gloriosa cima del toreo.

¿Se habla entonces de toreros modestos?. Pues sí, el adjetivo, aunque pudiera escandalizar por su empobrecida dimensión, es correcto, no así su vulgar interpretación toda vez que sería, tal y como coloquialmente se dice en el argot españolizado, una “malajosería”, sinónimo de mala intensión, no reconocer que lo “modesto” no quita lo torero.

Me lo decía mi madre, simpática viejecilla que, aunque nunca gustó del toreo, entendió el sacrificio de los que sueñan con la gloria, la fama y el dinero que se desprenden encendidos del sol ardiente de la fantasía, que la terquedad se construye a golpe de paciencia. Así, golpe a golpe, uno a uno, se han forjado los soñadores que, como los que hoy se disputan la dorada presea, jugando al toro cuando niños, hoy son flamantes matadores de toros.

Oscar San Román, Víctor Mora, Ismael Rodríguez, Oliver Godoy, Gerardo Adame, y Antonio Romero, ciertamente son diestros cuyo nombre comercialmente dice poco. Cierto, de momento sus nombres, aunque no se pronuncian con airoso decir, y por aparentar ser tan poquita cosa, al ignorante le suenan con el pastoso acento promotor de la indiferencia.

Pero el que entiende y comprende a los toreros modestos sabe que, a pesar del opaco timbre de su nombre, en ellos –en los toreros- no se ha diluido el matiz de optimismo y esperanza. Por el contrario, tanto sacrificio los ha robustecido como para tener la certeza de que, a la menor oportunidad, como pudiera ser la tarde de hoy, se dirigirán al sol henchidos de pasión y esperanza.

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