UN PLATILLO VOLANTE.

Rescato de vieja revista lo que a continuación leerán, búsqueda e indagación provocada, y contagiada, por la admiración de tres buenos amigos hacia lo elevado, a la maestría de los toreros como don Antonio Chenel, “Antoñete”. Es pues esto con dedicatoria para ellos, para un torero lleno de arte cómo lo fue Juan Francisco “Curro”, Munguía, a su hermano Gustavo, y al ingeniero José Luis Villa Santamera.

Ricardo García K-Hito, “Dígame”, agosto de 1965.

Estaba el infraescrito anteayer en la plaza de toros de las Ventas absorto en la contemplación de la bóveda celeste, dando vueltas en su imaginación al asunto del toro, el cual asunto se está poniendo cada vez más difícil. De pronto, un punto luminoso llamó poderosamente mi atención. Se trataba de un objeto incontrolado, de un cuerpo amorfo o de forma variante, que lanzaba cegadores destellos de luz, unas veces rojas; otras, verde; otras, marengo.

No miento. No fui yo sólo el que vio, sino veinte mil espectadores más que también desparramaban la vista por las regiones etéreas.

Duró poco el fenómeno, que otros sabios se explicarán mejor que este que las hierbas arrojó. Pero, amigo, media hora después, de nuevo el objeto incontrolado. Otra vez las ráfagas luminosas, ahora más continuadas, más sostenidas, hasta deslumbrarnos a todos.

Cuando recobramos la vista, el objeto extraño había desaparecido.

—Es un platillo volante —sugerí quedamente para no pillarme los dedos.

—Lo tripulan seres de otro planeta —respondió el de al lado, apoyando mi tesis.

—No —dijo el de más allá—. Es Antoñete. Antonio Chenel, Antoñete, que, en efecto, actúa de platillo volante, aparece cuando nadie lo espera; desaparece instantes después, y échenle ustedes un galgo. Hasta el año que viene; hasta dentro de dos años…

Como vive uno más de realidades que de fantasías, nos dimos por enterados. Si; era Antoñete con su mechón blanco a la federica. Era ese gran torero. Y estábamos en la plaza de toros de Madrid para más señas. Antoñete, que, como el comendador, se filtra por las paredes cuando le viene en gana, que aparece en el ruedo de higos a brevas y que nadie sabe dónde se entrena, porque está puesto. Como si toreara tanto como quienes ustedes saben. ¿De dónde, si no, iba a haber dado aquellas estupendas verónicas a su primer toro? ¿De dónde, si no, iba a improvisar aquellos pases de categoría y solera? Se le fue la mano al matar y el sable quedó atravesado. Perdió la oreja pero dio vuelta a la periferia.

Si aquello llamó la atención, ¿qué decirles a ustedes cuando en el cuarto toro volvió con las bengalitas deslumbrantes?

Entonces me ella. Entonces abrió el arcón donde guarda su clasicismo entre manzanas para que huela mejor y nos dejó estupefactos. — ¿Objeto amorfo decía usted?

¿Incontrolado?… —Hombre yo… Lo que se suele decir de los platillos volantes. En verdad, no era un platillo, sino un plato fuerte; una paella, un pote gallego, una fabada asturiana, pero siempre a base de bien.

Faenaza rebosante de maestría. ¡Está como nunca! Diga usted que sí. Los que gustan rebañar el plato de los buenos guisos la gozaron. Para postres, una gran estocada. Dos orejas por aclamación. Antoñete se las guarda debajo del chaleco —entre el chaleco y la camisa de bullones— y da orden de que, al toro, le corten también la cabeza. La última llamarada y adiós, muy buenas. Antoñete desaparece. Nos quedamos con la boca abierta.

*Desde luego que este relato lo causo el asombro de ver al maestro Antoñete con Atrevido, el toro blanco de Osborne.

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