20 septiembre, 2021

LOS PUYAZOS DE SERGIO.

Cuando los incondicionales adheridos al sistema viciado de la “tauromaquia” mexicana justificaban irrazonablemente el fracaso azteca en Madrid –incluso hubo un mojigato que en cadena televisiva nacional ensalzó ¡sobre las imágenes! Lo hecho por el chintololo y juzgó de ignorante e insensible a la clientela de la Monumental diciendo que no habían apreciado su técnica y torería-, nuestro proyecto novilleril pasaba por un episodio denso, olvidado, aquietado, sin inercia. Era un descanso, como si tuvieran los pretensos a las glorias y los distintos organismos taurómacos tiempo de semejante lujo.

Cuando los incondicionales adheridos al sistema viciado de la “tauromaquia” mexicana justificaban irrazonablemente el fracaso azteca en Madrid –incluso hubo un mojigato que en cadena televisiva nacional ensalzó ¡sobre las imágenes! Lo hecho por el chintololo y juzgó de ignorante e insensible a la clientela de la Monumental diciendo que no habían apreciado su técnica y torería-, nuestro proyecto novilleril pasaba por un episodio denso, olvidado, aquietado, sin inercia. Era un descanso, como si tuvieran los pretensos a las glorias y los distintos organismos taurómacos tiempo de semejante lujo.

No se tardó Rafael Herrerías en anunciar la campaña chica 2012, que despegará el 8 de julio; pero no se olvidan las desafortunadas declaraciones que hiciera en una de las transmisiones que llegaron del recién terminado San Isidro desde Madrid a México y al mundo, volando en las señales cibernéticas.

Sin pudor ni recato, quizás inconsciente, contestó a los cuestionamientos que le hiciera el entrevistador, exhibiendo la pobreza de la actualidad de nuestra fiesta –y la suya propia de aficionado-, como consecuencia de las desatinadas políticas de quienes la tienen en sus manos, y no por la falta de talentos. ¿Cuántos profesionales taurinos españoles se habrán quedado sin voz y cuantos otros se frotarían las manos tras haberle escuchado?

Entremezcladas con otras ideologías contrarias al desenvolvimiento y desarrollo de una verdadera tauromaquia, que por lengua reveló, selló su posición ventajista, mediocre, convenenciera, vulgar y absurda.

Igualmente, sin matices de criterio pero sí que aluzando su vasta desinformación e ignorancia, dijo que de la capital de la madre patria le gustaba todo, menos los veterinarios. No se percató al instante de que la figura de éstos representa la parte científica, beneficiosa que es para la fiesta, y que la ciencia, a su vez, es la supremacía del saber. Los albéitares en Madrid, como debería suceder en todos los cosos del mundo, representan un intermediarismo que garantiza la cabalidad del producto –no su bravura- a los muchos y ricos consumidores que tarde tras tarde cubren las gradas del inmueble del barrio de Las Ventas.

“Lamentándose”, manifestó incomodidad por la fiesta brava que se hace en Guadalajara, Jalisco, la Perla de Occidente y capital irremediable del folclore mexicano. Señaló como “culpables” a los pocos periodistas tapatíos de que en el anillo de la Monumental Nuevo Progreso salga el toro: -“Quieren el toro como en Madrid”, dijo en tesitura de crítica sin utilidad ni argumento.

En desorientada aspiración, el humano pretende igualar las escalas ajenas, derecho legítimo y natural, pero en las más de las ocasiones, desvirtuando la vocación a la superación, adopta chapuzas y en vez de esforzarse por ascender a la meta añorada, la vitupera y la destara erróneamente en menor peso del que tiene en la realidad. Quiere bajar la peña a sus plantas, en lugar de subir a ella… de conquistarla.

La plaza de mayor categoría en la patria, o por lo menos en la que se observan con menos inflexiones la moralidad de la fiesta, es justo la de Guadalajara. El como lo han logrado es materia para mejor espacio, lo cierto es que el basamento de todos los derivados que reclama la escala de valores, es el toro… simplemente el toro al natural. Y no el de Madrid, sino el que nace, crece y se desarrolla en el agreste, mutilado y tostado campo bravo mexicano, para su caso. El toro, es decir, los elementos que le dan sustento científico y moral como tal, no tienen nacionalidad, estandarte o bandera.

La participación de éste mantiene un trasfondo; es un valor en el todo del ejercicio tauromáquico. Pero si se piensa como torero, como piensan la mayoría de quienes “administran” los cosos de la nación, por su puesto don Rafael incluido, ese valor se altera y entonces como resultado se pierde el interés fundamental del espectáculo.

Siempre que hay un desequilibrio en los sistemas se trastornan sus conductas y se pone en peligro su propia integridad. Hoy es notorio el desequilibrio entre las figuras empresariales y la fiesta misma.

Cuando unos pocos aprietan, el resto afloja y el resultado es un terrible desafinamiento, la pérdida de un son y/o un ritmo necesarios en el transcurrir de la vida taurina y sus escalas.

También dijo, retornando a lo apuntado por Herrerías, que “su gallo” es Diego Silveti. Aunque su preferencia personal, con raíces de la índole que sean, es intrascendente para el nombre y sitio de la torería azteca, no deja de ser notorio el descarado grito que hizo, confesando así en el “equipo que juega” de modo incondicional –Televisas y la insoportable mafia de ella-. ¡Es como mi cancha, como mi balón, como mis amigos! ¿Y qué? Pareció que decía. Traducido pudiese leerse: ¡Es como mi plaza, como mis toros, como mis consentidos!

Y lamentablemente “su gallo” dejó ir el triunfo la tarde de la confirmación.

Visto y sufrido por años este criterio, Ya puede la afición mexicana esperar otra campaña grande con absurdas combinaciones, de toritos insignificantes y de tardes pomposas y acomodaticias para las figuras extranjeras.

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