27 octubre, 2021

BELMONTE Y “MANOLETE”; LAS COLUMNAS DE HERCULES DEL TOREO MODERNO.

Notas del autor:
El 8 de abril este año, el 2012, se cumplió el 50º aniversario de la trágica muerte del genial torero sevillano Juan Belmonte.
Cuando se cumplió esta triste efemérides yo me encontraba en Sevilla para asistir a las corridas del abono de la Feria de Abril. Durante esos días en la prensa local se publicaron varios artículos rememorando la muerte del Pasmo de Triana y aludiendo a la grandeza de este genial artista que revolucionó el toreo antiguo para plantar la semilla del toreo moderno.
Entre esas publicaciones el ABC de Sevilla editó para sus lectores el libreto JUAN BELMONTE EN ABC. 50 AÑOS DE SU MUERTE. El libreto recopilaba viejas crónicas, datos biográficos y, lo más interesante para mí, testimoniales de importantes

Notas del autor:
El 8 de abril este año, el 2012, se cumplió el 50º aniversario de la trágica muerte del genial torero sevillano Juan Belmonte.
Cuando se cumplió esta triste efemérides yo me encontraba en Sevilla para asistir a las corridas del abono de la Feria de Abril. Durante esos días en la prensa local se publicaron varios artículos rememorando la muerte del Pasmo de Triana y aludiendo a la grandeza de este genial artista que revolucionó el toreo antiguo para plantar la semilla del toreo moderno.
Entre esas publicaciones el ABC de Sevilla editó para sus lectores el libreto JUAN BELMONTE EN ABC. 50 AÑOS DE SU MUERTE. El libreto recopilaba viejas crónicas, datos biográficos y, lo más interesante para mí, testimoniales de importantes personajes que habían sido amigos del desparecido maestro. Ellos afectados por la muerte de Belmonte, recordaban a Belmonte alabando su toreo, a la vez que resaltaban admirables aspectos de su personalidad y humanidad.
Esos testimoniales, me hicieron recordar que yo también conocí a Belmonte, pero, a diferencia de esos amigos importantes del gran torero, mi relación con el desparecido genio se redujo a unos cinco minutos, y nuestro diálogo se limitó a cinco palabras, cuatro del maestro y una mía. Cuando yo tenía apenas unos quince años y soñaba con ser torero, acompañé a mi primo Pepín Martín Vázquez, entonces en el cenit de su carrera, a hacer unas gestiones en el centro de Sevilla. Pepín, al pasar por la puerta de Los Corales, el bar en donde Belmonte tenía su tertulia, al verse con él, por respeto paró para saludarlo. Tuvieron una breve conversación, mientras yo miraba con enorme admiración al maestro, notando que él me echaba una ojeada. Entonces, Pepín le dijo “este es mi primo Mario que quiere ser torero”, y Belmonte dirigiéndose a mi me dijo “que tengas suerte, muchacho” . Entonces, yo nerviosamente, como si estuviera dirigiéndome a Dios, balbuceé con mucha humildad la única palabra que trabajosamente me salió de la boca: “gracias”. Nunca volví a ver a Belmonte, pero esa breve experiencia la recordaré siempre.

Los artículos en el libreto de ABC también me hicieron pensar de nuevo en como el toreo belmontino ha sido una de las bases en la que se apoya el toreo moderno, como ya lo expuse en mi artículo BELMONTE Y MANOLETE: LAS COLUMNAS DE HERCULES DEL TOREO MODERNO que escribí hace unos años. Y ahora reproduzco aquí ese ensayo en memoria del fenomenal torero que hace cincuenta años, dos meses y ocho días se quitó su propia vida cuando estaba en el cortijo Gómez Cardeña, en donde tenía su ganadería.

En el Siglo XX las técnicas innovadoras de Juan Belmonte y Manuel Rodríguez “Manolete” convirtieron la manera antigua de torear, la cual había llegado a su máxima expresión con José Gómez “Joselito”, en el estilo moderno que exige el público actual. Desde la muerte de “Manolete” en 1947, no ha habido ningún cambio fundamental en la manera como un diestro pueda lidiar un toro. Desde entonces todo matador, al crear una faena, de una manera u otra, la ha conseguido implementado las técnicas de Belmonte y “Manolete”, pero coloreándola con su propio arte y estilo.

El toreo a pie tuvo sus inicios de una manera muy desorganizada al principio del Siglo XVIII. Era como un circo, con los toreros realizando originales, atrevidos y, a veces, sádicos pases, completamente carentes de arte. En la segunda parte de ese siglo, la tauromaquia comenzó a tomar la forma de un espectáculo organizado. Toreros profesionales, tales como “Costillares”, Pedro Romero y “Pepe-Illo” con sus invenciones y sus técnicas les infundieron a la fiesta brava un cierto orden, sin eliminarle completamente su tono carnavalesco. Este aspecto del toreo de aquella época puede percibirse en los cuadros y dibujos de La Tauromaquia del genial Goya.

Durante la primera mitad del siglo XIX el toreo se formalizó como un espectáculo serio, en el cual los toreros empezaron a depender más en la técnica y el valor estético de su labor que en la demostración de atrevidos pases regidos por el azar y la habilidad atlética del ejecutor. Entonces aparecieron grandes figuras como Montes, “Chiclanero”, “Cúchares” y Cayetano Sanz, quienes usaron sistemáticamente ciertas técnicas para asegurar un previsible resultado en sus enfrentamientos con los terroríficos toros que ellos lidiaban. Las escuelas ‘rondeña’ y ‘sevillana’ fueron clasificadas por los aficionados, quienes caracterizaron a la primera como poseyendo más tendencia hacia el dominio y la sobriedad, y a la segunda como teniendo un tono más artístico y liviano. El toreo como un arte dramático aún se encontraba entonces en un estado embriogénico, pero la básica estructura creada entonces cimentó el espectáculo taurino como la fiesta nacional de España y la mantuvo sólida hasta hoy.

En la mitad de ese siglo, la fiesta entra en una ‘era dorada’ que comienza con las apariciones en los ruedos de los grandes maestros “Lagartijo” y “Frascuelo”, continúa con las proezas de Luis Mazzantini, “El Guerra”, “El Espartero” y Reverte, y llega al cenit en la primera década del Siglo XX con el advenimiento del todopoderoso José Ortega “Joselito” quien sintetiza todo lo mejor del toreo de entonces. A “Joselito” se le considera como el diestro más completo del estilo añejo de torear.

Pero, ¿qué era la fiesta hasta ese momento? Era un heroico y sangriento espectáculo, una orgía de color y luz, dotada de aislados movimientos estéticos. En sus faenas, los toreros, moviendo brazos y piernas daban diversidad de pases con el objeto de dominar un toro repleto de brutal energía, y prepararlo para la parte más crucial de la faena: la ejecución de la estocada para matarlo. El toro era un monstruo de al menos cinco años con desarrollados ofensivos y defensivos sentidos. Cada toro presentaba un complejo problema que debía ser resuelto por el matador y su equipo durante la lidia. Los lidiadores se jugaban la vida en cada pase. Era una guerra, en donde el buen lidiador, como un general, debía tener un plan estratégico de acción para resolver prontamente los problemas que ofreciera el animal. El diestro también tenía que estar dotado con la fuerza física y la agilidad de un atleta, y con cierto grado de arte para llevar a buen fin su actuación. Era la norma del público, los aficionados y los críticos de entonces de valorar más la maestría y el valor en el ruedo del diestro que su arte. Reconocer a un torero como ‘un buen lidiador’ era el mejor elogio que pudiera hacérsele.

Al analizar la tauromaquia basada en su geometría, del ‘toreo antiguo’ podríamos decir que el torero y el toro ocupaban diferentes planos paralelos—terrenos—. Ellos parecían circular por diferentes carriles. La táctica del lidiador consistía en asegurarse que la trayectoria del animal fuera paralela a la suya sin que confluyera con ella. Pero cuando eso fuera imposible, el torero trataba que la intersección de las dos trayectorias fuera lo más breve posible, como un boxeador que repentinamente le pega a su más poderoso contrincante un golpe, y rápidamente se sale del alcance del brazo del oponente, o sea un visto y no visto.

Hasta el 1913 José Gómez “Joselito” reinó en solitario en el toreo sin encontrar una considerable oposición. “Joselito” había perfeccionado lo que sus antecesores habían innovado. El era un toreo clásico que respetaba los cánones de la tauromaquia. Entonces sucedió que el ‘revolucionario’ Juan Belmonte aparecería en la escena para modificar los básicos conceptos de la forma de torear que imperaba entonces.

Las denominaciones ‘clásico’, ‘fenómeno’ y ‘revolucionario’ a menudo se usan para clasificar a las figuras del toreo. Un torero clásico es uno que respeta los modos establecidos en la manera de enfrentarse con un bravo animal. Este quizás pudiera torear mejor que nadie, y a lo mejor pudiera perfeccionar lo que existe, e incluso se atrevería a inventar algunas suertes, pero no introduce un cambio significativo en la lidia. Antiguas y actuales figuras que merecen esta clasificación son “El Guerra”, el ya mencionado “Joselito”, Domingo Ortega, Fermín Espinosa “Armillita”, Pepín Martín Vázquez, Antonio Ordoñez, Paco Camino, “El Viti”, Manolo Martínez, José María Manzanares, José Arroyo “Joselito”, César Rincón, Enrique Ponce, José Tomás y “El Juli”, entre otros.

Por el contrario el torero ‘fenómeno’ rompe los moldes clásicos del toreo, y torea a su manera con gran éxito. Los cambios que estos introducen en la lidia les sirven a ellos pero, por la razón que sea, sus innovaciones no son transferibles a otros diestros. Esos toreros, generalmente, consiguen un éxito y una popularidad enorme, pero a veces efímera, y a sus logros se les reviste con una aureola legendaria, como sucedió con “El Espartero” en la antigüedad, Carlos Arruza en los cuarenta, con Miguel Báez “El Litri” en los cincuenta, Manuel Díaz “El Cordobés” en los sesenta, y “Jesulín de Ubrique” en los noventa, aunque este con menos repercusión que los otros.

Por otro lado, los toreros ‘revolucionarios’ son ‘fenómenos’ que consiguieron convertir sus innovaciones en una parte integral de las tauromaquias venideras. En los inicios del toreo, cuando el toreo estaba en su infancia, había más razón y lugar para las innovaciones, así hasta finales del Siglo XIX varias figuras impusieron cambios que afectaron la técnica de torear y la manera de celebrarse las corridas, pero conforme la fiesta se canonizaba y afianzaba, la resistencia al cambio se incrementaba. Se percibía que había menos necesidad de cambios y, consecuentemente, más resistencia a los toreros ‘revolucionarios’.

No obstante en el Siglo XX, como aludía en mi introducción, dos ‘revolucionarios’, Belmonte y “Manolete”, desbordaron esa resistencia y modificaron muchas de las normas del toreo antiguo para implantar otras, las cuales con algunas pequeñas modificaciones perduran como las bases del toreo actual.

En la versión en inglés del libro autobiográfico de Juan Belmonte JUAN BELMONTE: MATADOR DE TOROS, el mismo diestro explica el fundamento de su toreo:

Yo entraba en el ruedo como un matemático que va a la pizarra para probar un teorema. En aquellos tiempos el arte de torear estaba regido por el pintoresco axioma “Lagartijo”, que decía ‘tú te pones allí, y o te quitas tú o te quita el toro’. Yo estaba allí para demostrar que esto no era tan cierto como se creía. Mi teoría era que el toro no te quita si sabes cómo torear. Entonces había un complicado sistema de los terrenos del toro y terrenos del torero que, a mi manera de ver, era algo superfluo. El toro no tiene terreno, porque no es un ser que piensa y además no hay un topógrafo que delimite las demarcaciones. Todo el terreno pertenece al torero, el único ser inteligente en el ruedo, y me parecía natural que el terreno fuera mío.

Belmonte, al continuar expandiendo su teoría, se quejaba de la falta de comprensión de los aficionados de entonces. Se refería a ellos diciendo que en vez de entender la lógica de su ecuación empezaron a llamarle ‘fenómeno’ y a vaticinar que a él lo mataría un toro. Concluye que el único ‘fenómeno’ era la falta de entendimiento de aquellos aficionados. Dice: “Esto que lo sabe ahora el más rudimentario aficionado, no les entraba en la cabeza a aquellos aficionados que se consideraban entonces la máxima autoridad del toreo. Esto fue mi contribución al arte”.

Considerando la geometría taurina de Belmonte, yo añado que lo que el genial trianero consiguió con su forma de torear era el haber puesto al torero y al toro en el mismo plano, eliminando el carril por el cual el matador circulaba, ya que este permanece estático en su terreno. El toro es forzado a gravitar alrededor del torero en una relación tangencial a un punto. Belmonte redujo a un mínimo la distancia entre el hombre y la bestia en la lidia, hasta tal punto que durante las suertes, ambos parecían integrarse en una entidad hombre-bestia.

Debido a que los voluminosos toros de tosca bravura que se lidiaban en España antes de la Guerra Civil no se prestaban fácilmente a que Belmonte y sus seguidores consistentemente crearan las más asentadas y artísticas faenas que los públicos ya reclamaban, los toreros pagaron un alto precio con su sangre al incorporar la nueva técnica del toreo belmontista. El mismo Belmonte fue herido seriamente doce veces en las treinta y tanta corridas que toreó durante la temporada del 1933 y del 1934, además una docena de toreros queriendo imitar al maestro perdieron la vida en los ruedos.

Sin embargo la técnica belmontista se hizo común practica, especialmente después de que los ganaderos genéticamente produjeron, y los públicos aceptaron, un toro más apto para la moderna faena, reduciendo las asperezas y el tamaño del ganado bravo. En el proceso la fiesta brava ganó una belleza civilizada, perdiendo, sin embargo, bastante de su salvaje emoción. En el año 1937, al publicarse el libro mencionado, así opinaba el maestro Belmonte sobre el toreo de entonces:

La técnica de torear se está haciendo más perfecta cada día, cada día se está toreando mejor, más artísticamente, más cerca del toro, con una habilidad antes nunca vista. Hoy existen muchos toreros con insuperable mérito, de cualquiera de ellos se harían un par de figuras de aquellas bien conocidas que hace treinta o cuarenta años entusiasmaban a los públicos.

La forma reaccionaria de torear de Belmonte ya se consideraba clásica al comenzar la Guerra Civil española en 1936, al tiempo que el novillero Manuel Rodríguez “Manolete” apareció en los ruedos ibéricos para probar su propio teorema taurino, el cual lo resolvió ya de matador en los años cuarenta. El resultado de su forma de interpretar el toreo complementó la tauromaquia de Belmonte para así completar la definición del toreo moderno.

En la técnica belmontista, el hombre, cruzado en el camino del toro, como si intentara impedirle el paso —cruzarse—, cita a la bestia con el engaño enfrente, como si este fuera una barrera detrás de la cual se escondía el cuerpo. Entonces, antes de que se arrancara el toro, el diestro adelanta la muleta hacia el morro del animal para engarzar al toro en el engaño y templando su embestida lo atrae hacia su propio cuerpo–‘parar’—. Al mismo tiempo, el lidiador, manteniéndose en su sitio, mueve suavemente hacia fuera la pierna opuesta a la mano que sostiene el engaño en la dirección que él desea que el toro vaya —cargar la suerte—, tratando de alargar lo más posible la trayectoria del toro extendiendo el brazo con que sostiene el engaño, mientras él permanece estático—mandar–. Esta secuencia de acciones debe de conseguirse muy despacio, como a ‘cámara lenta’, llevando las puntas de los pitones a centímetros de la muleta sin que la toquen —templar—.

El resultado de ese bello y profundo modo de torear es un pase de una larga trayectoria que una mayoría de toros pueden seguir. Sin embargo, un cierto porcentaje de animales, que desarrollan genio y que tienen cortas arrancadas, se niegan a seguir esas forzadas trayectorias. Con esos toros el lidiador se veía obligado a usar la técnica del toreo antiguo para dominarlos con pases movidos pero efectivos, los cuales carecen de la calidad artística que los aficionados ya exigían y apreciaban.

Manuel Rodríguez impuso una nueva técnica que acortaba la trayectoria del toro en los pases, haciendo más fácil el torear a animales de cortas arrancadas, o de toros que se agotaban durante la faena de muleta. “Manolete”, colocado de semiperfil al toro con las piernas ligeramente entreabiertas, en vez de colocar la muleta enfrente de su cuerpo y alargarla hacía los hocicos del animal, mantenía la muleta casi pegada a su cadera en el lado de la salida del toro. Entonces, esperaba estático, sin adelantar la muleta, a que el toro viniera hacia la muleta. El encuentro con el engaño tomaba lugar unos segundos después del toro pasar enfrente del cuerpo del diestro. O sea que el acto de ‘parar’ se retrasaba. Como las piernas estaban colocadas de tal manera que marcaban la dirección de la salida del animal, la acción de ‘cargar la suerte’ con la pierna contraria no era necesaria. ‘El mandar’ se conseguía con un leve retorcimiento del torso, usando como eje la cintura, y extendiendo el brazo hacia el lugar a donde el torero intentaba dirigir al toro, mientras que el ejecutor del pase permanecía en una estatuesca posición con los pies, separados solo unos centímetros y firmemente afianzados en la arena. Esta posición permite un rápido movimiento defensivo si fuera necesario, y facilita el estar bien colocado para comenzar el próximo pase. Con esta técnica los pases se funden unos con otros, ya que el toro sigue la muleta en una trayectoria ovalada, en donde el final de un pase se convierte en el inicio del próximo. Esta ligazón crea la ilusión que los pases son más largos. Sin embargo, en realidad son más cortos, ya que en la técnica de Belmonte el toro viene toreado desde que el torero le adelanta la muleta, y continua en el engaño mientras dura ‘el cargar la suerte’ con el extendimiento de la pierna contraria, mientras que en la técnica manoletista el pase no comienza hasta que el toro pasa enfrente del torero y se alarga solo a la distancia que el brazo alcanza.

“Manolete” encontró unas condiciones más propicias que Belmonte para probar su teorema. El trianero tuvo que imponer su estilo enfrentándose con toros recios, criados para dominarlos con el toreo antiguo, que dificultaban la ejecución de su más depurada y profunda forma de interpretar el toreo. Por el contrario, “Manolete” impuso su técnica lidiando toros menos bravíos y más jóvenes y pequeños. Esto no fue debido a su preferencia, sino a las condiciones existentes en las ganaderías españolas, como consecuencia de los estragos de la Guerra Civil. Los combatientes de ambos bandos habían apreciado al ganado bravo más por las proteínas de sus carnes que por sus genes de bravura, por lo tanto en el año 1939, cuando “Manolete” se estaba haciendo notar, quedaban pocos animales con trapío y edad en las ganaderías españolas. Más tarde y hasta su trágica muerte en Linares en 1947, cuando los toros cuatreños y con presencia aparecieron con regularidad en los ruedos, el ‘califa cordobés’ continuó toreando con su revolucionaria técnica a esos respetables bovinos con tanto o superior éxito como en sus comienzos. Como resultado, a Manuel Rodríguez se le reconoce como uno de los más importantes figuras de la historia del toreo que con su técnica ha contribuido, como Belmonte, a formar las bases de la tauromaquia moderna.

La renovación manoletista no suplanta la teoría belmontista, la cual era mucho más revolucionaria, sino la complementa. Ambas técnicas han hecho posible que desde la década de los cuarenta los diestros toreen estéticamente y triunfen con un mayor porcentaje de toros, a los cuales antes de Belmonte y “Manolete” solo se les podían lidiar eficientemente, pero sin gran lucimiento.

Concluyo este artículo, con una observación personal sobre esas teorías. En los años cincuenta en mis actuaciones en los ruedos recuerdo que, aunque considerado como un torero de estilo sevillano, tenía la tendencia a moldear mis faenas con la clásica forma belmontista Intentaba dar pases largos citando dando el pecho, adelantando la muleta y cargando la suerte al final del pase, pero cuando el toro se quedaba corto y no respondía a esa forma preferida de torear, entonces subconscientemente y sin dudarlo, me traía la muleta hacia la cadera y en posición paralela al animal intentaba robarle al toro los pases que la más depurada forma no me permitía. Y cuando todo fallaba, como un recurso, echaba mano al toreo antiguo sobre las piernas, el cual me permitía sobrevivir manteniendo al toro en su carril mientras yo me mantenía en el mío. Sin embargo en esos momentos yo no estaba consciente ni de “Joselito”, ni de Belmonte, ni tampoco de “Manolete”. Yo estaba como cualquier otro torero de entonces reaccionando instintivamente a las reglas no escritas de la tauromaquia moderna.

La misma tauromaquia de mis tiempos, con algunas modificaciones circunstanciales, se sigue practicando al comenzar el Siglo XXI, ya que a pesar de que los estilos personales de cada diestro moderno se han ajustado a las condiciones del toro y a los gustos del público actual, la técnica del toreo en lo fundamental poco ha cambiado desde del reinado de “Manolete”.

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