LOS PUYAZOS DE SERGIO.

En la mente de los aficionados conscientes oscilarán como fluido de caudal inacabable las dolencias por el fallecimiento de varios de los valores taurinos que la Madre Tauromaquia Mexicana tuvo como entre los más preciados y distinguidos.

Hoy, en pleno siglo de las luces, cuando explota y sofoca el mundo de la cibernética, cuando se ha ganado en comunicaciones, cuando se ha dominado un enorme inciso en la ciencia, pero cuando más se comienza a olvidar la moralidad, merece el espacio en el arte la pregunta: ¿Qué se ha perdido en la fiesta brava que ya no genera emociones exaltadas; que dejó de tener que ya no provoca la locura colectiva ni ánimos en cascada?

Aquellas manos que sostuvieron las rudimentarias pero efectivas cámaras de filmación en las primeras décadas del siglo pasado, están ya benditas. En sus embobinados de celuloide dejaron grabados los registros invaluables del concepto que imperó en la bien titulada Época de Oro del Toreo Mexicano, tan distinto al que en la actualidad han impuesto manos e intereses profanos y que se podría intitular Época de latón del Toreo.

En el mexicano permanece la necesidad de revivir el drama, la tragedia, la lucha y la victoria, como una mezcla que proyecte su propia historia.

Ese drama, esa tragedia, la lucha y el éxito, de algún modo los actualizaba en cada tarde de toros.

Ahí había drama y tragedia representados en la actitud combativa del toro, y guerra y victoria en la valentía y gallardía de los diestros, así en las figuras como en los que no lo fueron.

La casta entera, la bravura, ese residuo de cierto salvajismo ancestral en el toro daba la sensación profunda de tal tragedia. Las reses, en alto porcentaje, acudían enrazadas a las insinuaciones de los legendarios avíos y atacaban con furia al sentir las heridas de los tebrejos utilizados durante la lidia. Eran las embestidas duras, macizas y enérgicas que convertían los anillos en lumbre que encendían a las muchedumbres.

Y esos veneros incontenibles, insoportables, las acometidas galopadas y no los trotes y hasta pasos sumisos, eran digeridas por los espadas pundonorosos que sin extraviar la estética, hasta cierto límite admitida, daban solución artística a cada suerte, a cada serie y a cada trasteo grande.

Era entonces que con estos ingredientes amalgamados, los miles de aficionados que hacían entradas de ocho columnas, como uno solo se incorporaban cuando comenzaba a fenecer cada suerte y a parirse el rayo de la magia como en milagrosa metamorfosis, cuando atrás de ella quedaba el recién halo hecho con arriesgados rituales ancestrales. La sensación de la muerte, en esos instantes, parecía que desaparecía para luego retomar su amenaza entre las astas y la bravura de los toros, y así… sucesivamente hasta completar piezas tauromáquicas ahora imborrables.

Por eso los toreros eran considerados héroes, hoy solo son actores brillosos de un espectáculo más. Salvando, por su puesto honrosas excepciones.

Estaba el cultivo hecho para que los quiles taurómacos se pudieran entronizar como ídolos. Hoy, por lo menos entre la nómina de los coletudos aztecas, no hay ídolos: “Balderas”, “El Chato”, “El Torero de México” apiñó hasta más de cien mil personas en sus honras fúnebres… era desde luego un ídolo.

Eso es uno de los primordiales valores que ha perdido la fiesta brava azteca, la bravura.

La suavización mojigata de las reses de lidia ha degenerado en un espectáculo lleno de estilismo, plasticidad, estética y feminoidismo, pero ayuno de emociones volcánicas.

Los verdaderos taurinos deberíamos encontrar el mecanismo para evitar que llegue la tarde en la que no se diferencie una corrida de toros y un partido del deporte que sea. De continuar en esta ruta equivocada, no está lejos el día en que dará lo mismo acudir a una cancha futbolera, a un parque de pelota o cualquier otro foro, que a una plaza, catalizado ello porque el riesgo de una lesión será demasiado similar; los toritos descastados que padecemos hoy no podrán provocar lesiones más graves que las que pudiese sufrir un jugador al encontrarse brutalmente con uno de sus adversarios.

Eso es lo que, en pasiva, delicada y feminoide actitud y tendencia nos han trasplantado empresarios, toreros comodinos, “ganaderos” y demás involucrados en la tauromaquia; una res sin peligro, vejada, disminuida, condicionada genética y nutricionalmente, llena de anabólicos y kilos pero hueca de bravura y adultez.

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