17 septiembre, 2021

EN LA MEDIDA DEL IDEALISMO DE LOS TOREROS SERÁ EL TAMAÑO DE LA REALIDAD DE SU PROPIO FUTURO.

ARRASTRE LENTO… Me causa cierta incomodidad mental, pues la siento como si en el terreno de las ideas se tratara de precisar su posición exacta como toreros, creer que la historia –y el nombre- de los diestros mexicanos que actuaron este año en el prestigiado serial de San Isidro en Madrid, a partir de su infructuoso intento por triunfar estruendosamente en el coso venteño, se desliza en incontrolable descenso. Acción que, en la concepción vulgar del medio, equivale a fracaso.

ARRASTRE LENTO… Me causa cierta incomodidad mental, pues la siento como si en el terreno de las ideas se tratara de precisar su posición exacta como toreros, creer que la historia –y el nombre- de los diestros mexicanos que actuaron este año en el prestigiado serial de San Isidro en Madrid, a partir de su infructuoso intento por triunfar estruendosamente en el coso venteño, se desliza en incontrolable descenso. Acción que, en la concepción vulgar del medio, equivale a fracaso.

Por la natural asociación de ideas me acordé del Quijote. En cuántos episodios de su circunstancia el hidalgo no se vio envuelto en el mas patético de los fracasos y, sin embargo, a la postre, su idealismo, el que por debajo de la locura que transforma, le concedió el tributo propio de los que triunfan por su heroico denuedo.

Lo cierto es que, sobre todo a los jóvenes, a los toreros aludidos les quedan muchas hojas en blanco, bastantes como para escribir la novela de su propio idealismo. En ella demostrarán que es posible vencer al aparato alucinador, vil fantasma de humo, del fracaso.

¿Por qué el Quijote?

Le platico al lector el gusto que tengo por las noches suavemente húmedas -como la de ayer- en las que el sueño dilata en activar sus efectos dormilones, dando oportunidad a que en la vigilia pueda vagabundear entre libros e ideas, entre imágenes y representaciones, entre convicciones y deducciones.

Anoche, gracias a la morosa actitud del sueño, luego de haber escudriñado con avidez entre el desordenado apilamiento de documentos útiles para el recuerdo, tomé para releer algunas de las líneas de una de las obras más colosales que haya escrito el ingenio humano. Cuando el acompasado ritmo del minutero del reloj me indicó que era de madrugada, cayeron mis párpados acariciando todavía las imágenes que “El Quijote” había depositado en mi emocionada imaginación.

Con el espíritu henchido de quijotismo acudí a la cita con el sueño, no sin antes sentirme conmovido con la lección del ilustre personaje que se ha convertido en el vivo ejemplo de lealtad a la vocación y al idealismo. Antes de ello, pues tenía a mi lado revistas viejas de toros, me había puesto en alerta la actitud de los Romero, de Montes, de Pepe-Hillo, de Lagartijo, de Machaquito, de Bombita, de Frascuelo, de Joselito, de Gaona, de Belmonte, de Armillita, y de tantos toreros que, pese a verse envueltos en desventuradas actuaciones en plazas de primer nivel, son una muestra legendaria de la tesonera fidelidad a la vocación torera, esa que sigilosamente se nutre de idealismo quijotesco.

Y si ruda enseñanza es el ardoroso empeño de Alfonso de Quijano por establecer justicia, la fecundísima lección de sus apaleamientos, de sus pedradas, de sus burlas y desencantos en mucho se parece a la enseñanza que los toreros han dejado en sus andanzas llenas de dolor y angustia, de incertidumbre y zozobra. Ambas experiencias –la de Quijano y los toreros-, envueltas en la sutil cobertura de un idealismo romántico que pareciera desacorde con la crudeza del verdadero universo, se vuelven garantes del poder de las armas del sacrificio, la nobleza, la confianza, el tesón, y el idealismo.

¿Cuál fracaso, entonces, es el de los jóvenes toreros mexicanos que no cortaron apéndices en Madrid, si les queda el tiempo suficiente como para llevar de nuevo la piedra de su anhelo y reputación a la cima aunque la inercia se las haga más pesada? ¡Cuestión de enfoques!

Gracias a mi desvelo –pensando en el argumentado fracaso de los jóvenes mexicanos en Madrid- pude recrearme en las colosales enseñanzas de esos toreros soñadores que, cual Quijotes, montados en rocinante lastimero, se lanzaron valerosamente a la conquista de sus ideales, no importándoles verse derribados y en tierra en cada inicio de sus aventuras.

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