¿LLEGARÁ A COLAPSAR AL MEDIO LA MANCUERNA REVOLUCIONARIA DE JOSÉ TOMÁS Y EL JULI?

ARRASTRE LENTO… ¡Mancuerna! Coloquialmente significa poner juntas dos cosas de la misma especie. ¡Mancuerna! Coloquialmente en lo taurino se hace referencia a la pareja de encumbrados diestros que, acaso por sus genialidades compartidas, revolucionaron el toreo. Y ha sido la Historia del toreo, maestra antigua de pedagogía, quien las destaca revelando su constructora y edificante importancia. Como tal, Frascuelo y Lagartijo, con carácter de rivalidad, ya le cantaron a los tiempos en tonalidades de epopeya.

Algunas mentes, no pocas por cierto, han albergado la idea de que el toreo es una actividad que está muy por encima de la prudencia del hombre. Inclusive hay quien afirma categórico que las condiciones que requiere un anhelante de conquistar la cima de la tauromaquia son de carácter sobrehumano, tanto que en el himno de la alabanza se les ha llegado a deificar.

Es cierto que el toreo como profesión es difícil de comprender, y más difícil aún de abrazar, empero –así lo puntúa la Historia- queda claro que es una de tantas manifestaciones humanas que por sus características se les toma como “raras”. Lo esplendente del toreo es que, siendo tan humano, para realizarlo con precisión y entendimiento, se requiere del sustento de las virtudes que dan categoría superior a cualquier proyecto que se perfile hacia los confines del arte.

Si un torero en lo individual es sorprendente, la coincidencia de parejas –¡mancuerna!- sobrepasa la dimensión de normalidad. Son entonces las mancuernas extraordinario fenómeno tan irrepetible en su frecuencia que cuando existen convulsionan y revolucionan.

Se dice, al menos eso se interpreta de la lectura de la parrafada histórica, que los toreros necesitan tener como dádiva gratuita de la naturaleza, empaquetadas en el concepto de vocación, aptitudes físicas, valor, inteligencia, sentimiento, corazón, creatividad, inspiración, y sobre todo un elevado concepto del compromiso, de la responsabilidad, de la honradez, y de la dignidad. Desde luego que, como expresión de su elevad naturaleza, en ocasiones les resulta imposible no transparentar su genialidad y locura creativa.

Así las cosas, no es menos que explicable la presencia de un torero “non”, y verdaderamente admirable la coincidencia de dos que, en un mismo espacio temporal, protagonicen como mancuerna. Son ciertamente, eventualidades positivamente anormales.

El aficionado antiguo tendrá presente aquella hostilidad entre El Soldado y Lorenzo Garza, y la evoca con nostálgicos suspiros. El moderno, -aficionado- podrá recordar, al menos quienes lo vivimos, a la última pareja que convulsionó al país entero: Manolo Martínez y Eloy Cavazos.

¡Cuántas tardes nos obsequiaron esa pareja de regiomontanos que tiene ya un registro de gloria en la Historia del toreo mexicano! Obsequio que, cual regalo generoso de su parte, a los aficionados nos condicionaba a percibirlo como la estela olorosa –perfume de gala- del aroma que sólo se encuentra en las profundidades misteriosas del corazón humano.

Se habla ya de la incursión de la pareja, última en la Historia, que llenará cuanta plaza los anuncie. (Se rumora que harán campaña como mancuerna en la próxima temporada española José Tomás y Julián López “El Juli”). De tal suerte que, ante la inminente explotación profesional de la pareja –espléndida y generosa con los frutos del corazón- que revolucionará el toreo universal, no queda sino frotarnos las manos en nerviosa espera.

De ahí que, si bien no ha sido anticipado por el pregón de los profetas, sea significativamente romántico el hecho de que en las capillas de los aficionados mexicanos se enciendan suplicantes veladoras rogando por la presencia de una mancuerna de toreros connacionales que vuelva loca a la nutrida feligresía taurina.

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