15 junio, 2021

¡JESÚS MARÍA… Y JOSÉ!

ARRASTRE LENTO… Aunque se intenta, taurinamente el pueblito no crece como le corresponde a su tradición y folclore.

Recordar también es una forma de vivir. Recuerdo con amable nostalgia y recogida tristeza mis incursiones en los pueblos provincianos queriendo ser torero. ¡Cómo podría olvidar tales experiencias!

ARRASTRE LENTO… Aunque se intenta, taurinamente el pueblito no crece como le corresponde a su tradición y folclore.

Recordar también es una forma de vivir. Recuerdo con amable nostalgia y recogida tristeza mis incursiones en los pueblos provincianos queriendo ser torero. ¡Cómo podría olvidar tales experiencias!

Y aunque en aquellos años era la aventura y el romance el motor de mi itinerante vagabundeo, ya adivinaba lo difícil que resultaba contradecir el hecho de que a los moradores de las grandes urbes –como pudiera ser el caso de Aguascalientes en relación al municipio de Jesús María, lo cual puede seguir sucediendo en ciertas circunstancias y entornos- les atraía y conmovía la reveladora pincelada luminosa, matizada con tintes de intenso colorido, de los pueblos. Era una realidad que a los habitantes urbanos les resultaba deleitosa la fragancia provinciana pues la sentían como el bálsamo reparador a su atosigad existencia.

La dulzura mágica del paisaje pueblerino que parecía detener el tiempo tenía la virtud de insuflar con sus aires de liberación al espíritu cansado de la mentirosa influencia de las ciudades que empezaban a agitarse a un estrepitoso ritmo de vértigo. El hombre de ayer, agobiado por la insípida frialdad tecnológica, me dio a entender que, como peregrino ambulante, quería clavar sus tiendas en la hospitalidad abierta de los pueblos. Al menos esa era la lección que como novillero recorriendo rancherías y poblados aprendí de la provincia.

De aquellas andanzas también me quedó claro que a los pueblos los define y caracteriza la intimidad, la sencillez y la claridad. En ellos el reloj de cuarzo no era el que marcaba las horas; para eso estaban vivos los bronces y los badajos del campanario que convocaban, llamando con briosa sonoridad, a la misa de madrugada, al rito del medio día, y al rosario nocturno del recogimiento. Y era el alegre canto de las aves, convertido en delicada melodía, el que anticipaba el sereno arribo de la aurora y el crepúsculo.

Ahora pienso en Jesús María y su feria. Lo cierto es que el municipio colindante con la capital, siendo virtualmente un apéndice de la urbe maternal, en materia de toros, y por mucho que haya habido intentos de elevarlo, es cosa seria. “¡Jesús María y José!”, que poco rentable en lo empresarial es la plaza que, pese a su edad, no logra aún la personalidad que asumen las que tienen independencia Sabido es que al lienzo plaza lo abastece el espectador foráneo, concretamente el de Aguascalientes.

Y aunque la comunidad conserva el perfil de lo provinciano, tocado con aires y aromas campiranos, la connotación de pueblo, balanceándose entre lo peyorativo y lo despectivo, es poco convincente en lo turístico: su elocuencia no alcanza el timbre ni el brío del son popular.

Cuánto se extrañan aquellas típicas ferias de pueblo; en ellas como que el toreo tenía otro sabor y se proyectaba en otro sentido. Al amparo de la tradición la Fiesta de toros en la feria de los pueblos era una costumbre que mejor se identificaba con lo mexicano inconfundible. Y era esplendente el brillo y la intensidad luminosa, producto de la desbordada alegría, de su aire ambiental: el bullicio y la algarabía se hacían escuchar con sorprendente claridad. En día de toros las comunidades pueblerinas se agitaban con animación al compás del fandango y la charanga.

Para sorpresa nuestra hemos sido testigo que en Jesús María no van los argumentos en paralelo con el perfil de las ferias provincianas que convocan multitudes y concentra inquietudes.

Recuerdo que las comunidades provincianas, groseramente catalogadas como pueblos, se conmovían con la violenta irrupción de las corridas y novilladas, espectáculo que agitaba los ánimos y estremecía la paz. ¿Por qué “no” pasa eso en Jesús María?

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