EL RIESGO DE CONVERTIR LA SERIEDAD DEL TOREO EN BURLONA Y FRÍVOLA DIVERSIÓN.

ARRASTRE LENTO… Quienes sin ser enterados ni doctos en la materia, y asisten a una plaza de toros a presenciar el espectáculo que, originándose en el ruedo, y siendo retocado caprichosamente con la solemnidad de la liturgia festiva, a ésta –liturgia- la admiran por sus efectos aunque ignoren las causas que la produce.

Sabido es que buena parte del público, dominante y tirano, acude a la plaza en el entendido de que en la función se encuentran, entre otras cosas, el jolgorio, la alegría, y la amenidad del brazo de lo chusco. De ahí que con tanta facilidad se produzca esa rara pero excitante sincronía ambiental de los tendidos con lo que llaman “pachanga.

La grave solemnidad y risas en un mismo componente: un paso y un gesto de más, y la seriedad se trueca en frívola hilaridad; un paso y un gesto de menos y la comicidad se trueca en grave admiración.

Y es que lo chusco, visto con la burlona disposición de las masas, causa que la algarabía, fuera de toda posibilidad de cálculo y raciocinio, contamine y encienda un fuego que difícilmente se apaga. El estruendo de la alegría es tan violento en un coso taurómaco, pero sobre todo tan contagiante, que quienes se formulan preguntas al respecto encuentran que la irrupción emocional que se vive en una plaza suele generar múltiples y apasionados adictos al espectáculo.

Puesto que el público es el que paga, y a quien finalmente se dedica la función, se dice que es él quien manda; y no hay manera de contradecirlo toda vez que cuando los tendidos están ocupados por una multitud expectante, éstos –los tendidos- se convierten en el asiento de un monstruo que en todo participa, pero que todo ignora. Es el público, nadie más, el amo y señor gravemente contemplativo.

Tan contundente es la participación del publico que la suya es la última palabra. Y hasta se convierte en voz divina por aquello de que la del pueblo, ese que llena los tendidos, es la voz de Dios. Ante tan imperativo diagnóstico es lógico suponer que la finalidad prioritaria de las funciones taurinas sea exclusivamente la diversión, el borlote, el festín si pies ni cabeza: hay quienes suponen que el espectáculo sin algarabía carece de sentido, como de sentido –podría suponerse- carece asistir a una procesión fúnebre sin muerto.

En conclusión diríase que a las multitudes concentradas en una plaza les mueve deificar el heroísmo sencillo de los alardes, mostrándose renuentes a entender las complicaciones de la ortodoxia. Y puesto que hay poco de sencillo y popular en lo abstracto, rehúyen intentar entender los laberintos por los cuales se origina y desplaza el arte como tal.

¿Habría por tanto que diferenciar de manera práctica la diversión y el arte? ¿Qué tal si en una se oculta el otro, o que en ambas se ejerza una mágica interrelación?

A las auténticas obras de arte del toreo, siendo infrecuentes, y de una ejecución harto laboriosa, finalmente el público-masa las entiende. Esa es la magia de la emoción taurina, del hecho estético del arte. Está al alcance del perito y del ignorante. Ambos buscan el asombro. La riqueza del hecho estético taurino es fantástica puesto que pude prescindir de todo, menos del asombro.

Al público le asombran las explosiones súbitas, inesperadas; tal y como nos impresiona el trueno rayado en el cielo del relámpago que amaga con tormentas.

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