LOS PUYAZOS DE SERGIO.

Hubo un vértice circunstancial, totalmente desgajado de lo administrativo, y ocho espadas mexicanos se apersonaron en el círculo terrible de la plaza Monumental de Madrid, levantada en el barrio de Las Ventas. Historia es; atrás están las resultas.

El sábado 14, con el agudo sonido de un portazo prologado por la detonación avizor de un cohete, la carrera demencial y apocalíptica de seis toros escoltados por bellos cabestros, conjunto bestial que nado sobre un desordenado fluido humano, inició en Pamplona la recta final esta campaña internacional 2012.

La mayoría de las ferias importantes ya escribieron otro volumen de sus respectivas series. Los máximos triunfadores, los más subrayados trasteos y los bureles de mayor bravura y nobleza comienzan a revelarse en el celuloide del episodio referido.

En ritmo desesperante cada una de las empresas de los múltiples cosos fueron desembobinando los pergaminos en donde habían impreso las combinaciones de ganado y coletas, y la afición azteca veía desencantada que no aparecía en ellos ningún diestro paisano. Realmente nadie fue considerado para el resto de las ferias sonadas. Además de ser extranjeros, tampoco tuvieron atractivo y méritos como para gozar de semejantes privilegios. Ni siquiera el espigado jalisciense Arturo Saldívar, que fue con bastante el mejor librado de los “San Isidros 2012”, pudo ver su nombre de torero impreso en algún par de carteles. Antes, con una oreja en Sevilla, Joselito Adame. Del resto, ni se hable.

La tauromaquia mexicana, es verdad, no interesa a la ibérica, en cambio ésta sí que no puede prescindir de aquella, lamentablemente en condiciones desventajosas. No hay correspondencia de la europea hacia la americana –muy a pesar de los ocho puestos-. Y como registro histórico, nunca fue del todo bien tratado el México taurino en la madre patria. Los monstruosos coletudos que le construyeron argumentos a nuestra época de oro, dieron el rostro enérgica y apasionadamente en todos los alberos de categoría en una España cerrada y soberbia, destacando, pese a ello, por encima de los propios espadas locales gracias a su competente profesionalismo. Lejos estamos de que la competencia desleal sea el único recurso que usen los españoles para remitir a los espadas mexicanos al nuevo mundo. “Armillita” y otros formidables colegas suyos eran demasiadas piezas dentro de los círculos y delante de los toros. Con solvencia, arte, técnica y mucha pasión comenzaban a ganar –que no quitar- puestos a los propios toreros locales; además los grandes y abundantes públicos les empezaban a ver como parte de su misma esencia. No eran solamente arlequines de seda y oro que triunfaban, sino que ya cobraban aranceles afectivos entre ese multicéfalo que tarde con tarde cubría en su totalidad las gradas de todos los edificios taurómacos en que eran anunciados. Hoy ya no hay ni “cuñas” de ese perfil, ni “Marciales Lalandas” con sus cómplices.

Eran administraciones distintas y mejor apuntadas. Había autosuficiencia en diestros atractivos y en público cautivo. El toro mexicano, en casta, no era tan diferente al que se jugaba en los redondeles españoles y esto provocaba que nuestros toreros no resintieran cambios tan radicales a los que sí experimentan hoy en todas las tardes.

Pero si hoy los diestros aztecas padecen las del infierno en una compacta y egoísta fiesta europea, en cambio los ibéricos gozan del entreguismo de las empresas de la república que un día fuera de Díaz.

Y ciegos, egoístas, soberbios e indolentes la mayoría de los miembros de la blanda estructura de nuestra fiesta, se mantienen erguidos, bien plantados, inamovibles en sus erróneos conceptos. Como si en Madrid, por ejemplo, le “acomodaran” las fechas, los alternantes y los encierros a los mexicanos, las empresas nacionales se postran, lamen pies y a las figuras europeas –Ponces, Julis y otros títulos similares- les ponen en catalogo extenso y comodino todo lo que en el México taurino puede haber de vicios, ventajas y desvirtudes, desfasando lo que también existe de presumible y se conserva de valores.

Ahí está la Señora de Insurgentes, sometida a la absurda tesis de Rafael Herrerías, no formando novilleros, sino engañándolos y timando al aguantador público, alucinando con supuestos triunfos ante novillitos mochos e inofensivos que por su puesto pasarán a la hoja biográfica de cada uno como mera anécdota; la Plaza México hace tiempo que dejó de ser la que da y quita, pasando a ser la que ya no da –pregunten a Saldívar, Macías y otros diestros que han levantado apéndices en su amplio anillo- pero que si quita, empezando por su clientela, que paga las entradas más por verdadera afición y tradición social que por lo que de productos de calidad se pueda ofrecer en ella.

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