20 septiembre, 2021

EL TOREO MEXICANO COOPERA MODESTA PERO GENEROSAMENTE PARA LA UNIÓN E IDENTIDAD CULTURAL.

Desde luego que el espectáculo del toreo socialmente ofrece bondades incuestionables. En su formato toman parte muchísimos factores que, aunque parezca inconcebible por la naturaleza cruel y violenta del mismo, pueden ayudar al desarrollo personal del individuo, y muy en especial, del aficionado. Aunque en determinados casos y circunstancias extraordinarias conspiran contra él.

El fenómeno más sorprendente, y acaso el menos atendido, es que el espectáculo aporta sin costo alguno la materia para que se abra un inmenso abanico de conversaciones y tertulias, hecho que fomenta el muto acercamiento entre los miembros anónimos de la sociedad. La temática, siendo un elemento de identificación, se vuelve lazo de unión. Hasta se argumenta que, en consec

Desde luego que el espectáculo del toreo socialmente ofrece bondades incuestionables. En su formato toman parte muchísimos factores que, aunque parezca inconcebible por la naturaleza cruel y violenta del mismo, pueden ayudar al desarrollo personal del individuo, y muy en especial, del aficionado. Aunque en determinados casos y circunstancias extraordinarias conspiran contra él.

El fenómeno más sorprendente, y acaso el menos atendido, es que el espectáculo aporta sin costo alguno la materia para que se abra un inmenso abanico de conversaciones y tertulias, hecho que fomenta el muto acercamiento entre los miembros anónimos de la sociedad. La temática, siendo un elemento de identificación, se vuelve lazo de unión. Hasta se argumenta que, en consecuencia, nace una familia: la taurina. Y es en el seno de la conversación familiar donde ha quedado integrado el toreo.

A simple vista hay espectadores claramente identificables: el espectador cliente que consume la mercancía como ocio, distracción y entretenimiento; y el que habiendo caído en la seductora atracción del toreo en sí, llega a formar parte de la ceremonia ritual al grado de que, cual vivencia constructora, acompaña el acontecimiento como virtual “acólito” de la solemne y tradicional festividad.

Para éstos, agraciados por las bondes de la naturaleza al haberles obsequiado sensibilidad e inteligencia “torera”, el espectáculo no empieza cuando se abre la puerta de cuadrillas, ni termina cuando la función acaba. Este conjunto de seres humanos se convierte en una extensa red con vísperas de conclusión que se proyecta antes y después de las tardes de toros.

Claro que temporalmente hay diferencias toda vez que los tertulianos antiguos, cuyas ponencias en las charlas adquirían ribetes de cátedra, han cedido la palabra a la inmensa masa de comunicantes que se conectan a través de los modernos medios electrónicos, instrumentos que han marcado pautas de relación, comprensión y conducta.

Al aficionado -¡acólito!- no pasa la tarde, aunque a veces la soporte, toda vez que la precede con inusual animación expectante, y al concluir la absorbe para desglosarla con puntadas de reflexión y análisis. Viven tales “acólitos” una simbólica unidad biónica, afectiva y emocional con la tarde, el torero y sus circunstancias. Obvio que al estar afectado, no puede salir indemne del coso.

Así las cosas, y dejando de lado las suposiciones ociosas, se puede hablar entonces de las explícitas bondades sociales del toreo. Como eje toral queda claro que el espectáculo toreo es un negocio en el que el lucro de ninguna manera puede disociarse, razón por la cual se entiende que sea dínamo de economías al estimular la ocupación de sectores colateralmente relacionados con el espectáculo.

Al margen de ello, las aportaciones son evidentes: I) Genera unidad. II) Promueve identificación. III) Siembra arrebatada y ardiente pasión. IV) Mueve multitudes. V) Inspira arrebatos de comprensión estética y creación artística. VI) Alienta la conservación tradicional de culturas, hábitos y costumbres constructoras. VII) Revive la historia conciliándola con las leyendas mágicas que son germen de un luminoso porvenir.

Y las plazas de toros, verdaderos tesoros arquitectónicos ornamentales donde la resonancia musical del pasodoble adquiere una sonoridad tan amplia y majestuosa que, rebasando sus propios límites, inspira el sentimiento casi religioso por lo profundo y conmovedor de su propia esencia.

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