31 julio, 2021

ALEJANDRO LOPEZ -EL DOMINGO EN MÉXICO- A DEMOSTRAR QUE CON LAS ALAS DE LA ILUSION PUEDE VOLAR.

ARRASTRE LENTO… Pareciera que niegan la nobleza de su linaje, pero las plazas de toros se han mostrado intolerables con la mudez, de la misma manera que no han soportado el silencio. Lo cierto es que, por su naturaleza, las fuentes materiales del toreo son manantiales de escandalosas estridencias que, cual cataratas invertidas, con el dispendio de su infatigable y andariego rocío inundan de emociones las áreas que las circundan.

ARRASTRE LENTO… Pareciera que niegan la nobleza de su linaje, pero las plazas de toros se han mostrado intolerables con la mudez, de la misma manera que no han soportado el silencio. Lo cierto es que, por su naturaleza, las fuentes materiales del toreo son manantiales de escandalosas estridencias que, cual cataratas invertidas, con el dispendio de su infatigable y andariego rocío inundan de emociones las áreas que las circundan.

Es en esos teatros donde el efluvio de sentimientos que se generan, siendo propiedad personal de los toreros, parecen de todos los espectadores. Y es en la rumorosa y progresiva exaltación anímica, la cual da inicio con el ruido tranquilo de las aguas que ascienden en violenta espiral tormentosa, cuando los sentimientos individuales descubren lo común.

Es en ellas –en las plazas de toros- cuando, una vez que el sentimiento de los actores -toreros- se ha adornado de naturalidad, espontaneidad, libertad y unidad sensible, el bello desorden armonizado del arrebato creativo se hace uno con la versificación del lenguaje plástico y estético, bello y rítmico, de la pasión dramática del toreo.

Lo cierto es que en el toreo para expresar fielmente las emociones –del espíritu inclusive- se requiere, sin embargo, de una entonación musicalizada a la cual nada contribuye tanto como el ritmo. En la expresión del toreo hay ritmo enérgico, sereno, dulce, arrebatado, violento, dramático, espeluznantemente regocijado, tal cual las impredecibles aguas de los ruidosos manantiales de los sentimientos y las emociones.

Así las cosas, queda claro que a la plaza de toros habrán de llegar los toreros, como lo deberá hacer Alejandro López en la México el domingo próximo, para demostrar –capacidad y aptitud- su inquietud, su ambición, su esperanza e ilusión.

El aficionado sabe que, al margen de cualquier analogía literaria, el toreo es una cosa seria, grande, espiritual, condiciones que no se pueden tomar como un juego superficial que termina como acaban los juegos de los chiquillos, al caer la tarde.

Y el torero sabe que para entender el sentido profundo de la ambición torera hace falta mirarla de frente, con visión clara y valor sereno. No como algo pasajero e inútil, sino como un puente de oro que se lanza gallardo del ahora al siempre.

Pues sí, los manantiales de la tauromaquia -plazas de toros- han sido escenarios catedralicios donde queda claro que el toreo adquiere una dimensión tal que queda confirmado que no es simplemente ni dinero, ni honor, ni riqueza. La auténtica vocación –necesidad espiritual- de los diestros les ha hecho entender y comprender que el toreo no es un engaño pueril, sino una verdad inmutable.

Y saben ellos, los de verdadera vocación, los que en nada se parecen a los empedernidos masticadores de chicle, que el toreo no es un fardo, un peso que ancla a las zapatillas en la arena, sino que -¡oh maravilla de concepción y realidad!- su esencia es como la de las alas, las únicas que al torero le permitirá volar.

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