NO HAY TENIDO MAS REMEDIO QUE RECONOCER LA FALSEDAD DEL SOL PINTADO QUE NOS DESLUMBRÓ.

ARRASTRE LENTO… Cosa curiosa: al concluir la escritura de la siguiente parrafada me quedo con la sorda sensación que deja el sabor de una frustrada y locuaz teoría de la evolución del toreo. Ojalá y no le suceda lo mismo al lector.

Por su condición de irrepetible -lo esfuma la volatilidad- el toreo, cual espiral de emociones que se hace uno con el azul del firmamento, asume arrogante el brillo del instante cuya fragancia vaporizada aromatiza la caprichosa fuga de formas y esencias.

Cuando lo vi por primera vez – ejecutar el toreo- se me quedó grabado como impresas en mi memoria quedaron las incandescentes florituras de la luciérnaga que con su lucecilla juguetona y traviesa a la noche le daba la contagiosa alegría del repiqueteo sonoro y novedoso.

Hoy me doy cuenta que no todas las noches hay luciérnagas, ni todas las tardes hay luces en el ruedo.

Lo sorprendente es que el brillo fugaz del toreo en ocasiones alcanza la intensidad de un sol. Es cuando el astro se torna fantástica circunferencia, círculo albo sonriente y luminoso en tanto no lo eclipse su propia partida.

Hasta se siente el vacío helado cuando se desmoronan las figuras. ¡Pero queda el recuerdo!

Lo cierto es que la manifestación –formal- del toreo produce en el espectador cierto goce estético, cierta excitación de sentimientos, cierta pasión, y sobre algunos enterados en la materia cierta satisfacción intelectual al observar la resolución técnica, conforme a cánones establecidos, del problema que se plantea al encontrarse el toro-peligro con el torero-inteligencia.

Así ha sido: así fue cuando aquellos hombres de los días lejanos delante de una fiera de extraña influencia y singular belleza lucieron tremenda fuerza y habilidad. Los espectadores quedaban encandilados por las obsequiosas ráfagas de luz de aquellos ardientes soles.

Se cuenta que, cuerpo a cuerpo, los lances y trances circenses de los osados varones que con lanza y garrocha ejecutaban suertes que la sociedad, aún en tosca relación con la naturaleza, eran aplaudidos y aceptados con gran estimación. Seguramente fue el principio del toreo.

Estoy cierto si afirmo que al reproducir en la imaginación aquellos rasgos de tan atlético estilo de torear, -veloces acrobacias, siendo muy dignas de elogio, lejanas todavía del ámbito artístico- no puedo más que quedar enceguecido por la estrella sol de tan singular arrojo.

Si me ubico en aquel tiempo seguramente me deslumbro.

Aquella realidad hoy es historia, leyenda, mito, y recuerdo. Las cosas han cambiado, y el toreo evolucionado. Sobre todo a partir del uso de la muleta, instrumento que utilizado como medio defensivo, hizo nacer la estructura del toreo como elevada concepción. Con ella se cimenta la esencia del toro como arte.

Lo bueno es que las estrellas del toreo en alegre fuga siguen alegrando el espolvoreado manto nocturnal de la tauromaquia contemporánea. Un toreo que en tristes ocasiones ha dado la impresión de apócrifa dignidad. Un toreo que –lo confieso- en ocasiones no ha tenido más remedio de reconocer la falsedad del sol pintado no me deslumbró.

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