CUANDO LA TIESURA Y GROTESCA INMOVILIDAD ES PRODUCTO INCONSCIENTE DEL “MIEDO” DE LOS TOREROS.

Está de moda hablar de ellos. Lograron el anhelado triunfo que, por fin, llena de orgullo al país empecinadamente derrotista, eterno huésped de la legendaria cancillería del “ya merito”. ¿La clave? El equipo olímpico de fútbol, ganadores de la áurea presea que en la arquitectura idealista para muchos es ilusión merecerla, a la hora de la refriega no tuvieron “miedo”, ¡y vencieron!

No se trataba de un pleito callejero, tampoco de una discusión de carácter sostenida en frac de etiqueta: la lid era en el tapete verde de mayor prestigio en el mundo de las patadas ante el titán que con tan solo su fama e historial, a los ratoncitos podría hacerlos desaparecer con un tosco soplido.

Pero no fue así: David ante Goliat no tuvo “miedo”, y evitó la catástrofe. Por primera vez en su historia los mexicanos, alentados en su conciencia poética por la imaginación, eliminaron de su repertorio operativo el “miedo”, ¡y vencieron!

¡No tener “miedo”! ¿Será ese el mensaje que les dará el guión a los toreros para que triunfen clamorosamente en España? ¿Será que hasta entonces, cuando no tengan “miedo” los toreros mexicanos, logren la enaltecedora fama de los conquistadores de verdad? ¿La lección de los futbolistas –no tener “miedo”- servirá para que, guiando a los toreros aztecas por formas inexploradas, abran nuevas rutas imperialistas?

Difícilmente cualquier argumento podrá negar que el “miedo” de los toreros es otra cosa: este “miedo” rompe todos los esquemas de comparación pues está de por medio no sólo el prestigio y la dignidad, sino hasta la existencia misma. Y hay algo de mágico, misterioso e impredecible en él toda vez que excita las entrañas, irrita las glándulas, y enfría la epidermis.

A veces el “miedo” torero alcanza tonalidades clave para ser suficiente y opacar el espíritu triunfalista de los osados “Cides”, sobre todo cuando se asocia con otros factores también influyentes –como la suerte- para que el triunfo apoteósico no se haga presente cuando más se le invoca. Es común que la ilusión de los toreros alargue el agua dulce en sus corrientes, pero también lo es que el acíbar -¿inconsciente?- del “miedo” les amarga la boca.

Porque he tenido la oportunidad de vivir como torero, y convivir con ellos en múltiples circunstancias, puedo hablar con un cierto grado de certidumbre. He comprobado que la inquietante sensación del “miedo”, sobre todo cuando es proporcional a la responsabilidad que se experimental al convertirse ésta en un factor de carácter ético, primero les arrebata el sueño, y luego, ya en el ruedo, les atiesa el semblante y les engarrota las extremidades con mortuoria inmovilidad.

Los he visto, desquebrajados, caérseles las mejillas, yéndoseles la mirada a ninguna parte; y los he visto esconder sus labios blancos en la boca sumergida en la resequedad de los desiertos. Y los he visto reír de todo y de nada, y, en casos extremos, hasta hilvanar delirantes frases breves sin sentido.

Pero nuestra historia, como la de los futbolistas, tiene su contraparte: y es que, a pesar del “miedo”, he visto operar a la inspiración con tal fuerza en los toreros que a trémulas manos, y frágiles corazones, les ha permitido construir verdaderas proezas y grandes genialidades artísticas.

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