ARRASTRE LENTO

¿SERÁ CIERTO QUE ESTÁN A PUNTO DE REAPARECER LAS TEMPESTADES DE ENTUSIASMO EN EL TOREO MEXICANO?

Me lo preguntó mi compadre con su ronco timbre, con esa hondura tonal que hace coro a la nostálgica evocación:
¿”Qué sería bueno hacer compadre, en calidad de aficionado, para que el toreo mexicano como evento público retome el matiz poético y romántico que le caracterizó en sus épocas de primitivo y avasallador esplendor”?

Pues sí: antes de mi sepulcral silencio, que fue la única respuesta que pude ofrecer, me lo preguntó mi compadre, aquel a quien tanto incomoda la falta de la viveza del tono apasionado en el espectáculo. Mi compadre, aquel a quien le pide a todos y a nadie reaparezcan las tempestades de entusiasmo que levantaban los novilleros cuando, plenos de ilusiones en el ruedo, con firmeza y carácter mostraban tal resolución, chispa e ingenio, que el espectador más sereno enloquecía ante el conjuro mágico –actitud- y misterioso –personalidad- de los actores.

Hablo de mi compadre, aquel que no ha tenido mordaza para sofocar su incomodidad al ver a los actuales novilleros convertidos en esclavos de la uniformidad, sometidos a una desesperante igualdad repetitiva en la cual la monotonía ha impuesto su enajenante imperio.

¿Qué sería bueno hacer compadre, lo reiteró –en calidad de aficionados- para que el toreo como evento público retome el matiz poético y romántico que le caracterizó cuando los descalzos aspirantes a la gloria sabían del sabor del barro negro que sus pies molían?

El sahumerio del tabaco de su puro, haciendo sordo eco al agitado son de los hielos en copas vacías, era testigo mudo de las airadas réplicas de mi compadre. ¿”Por qué, insistía, ya no surgen chavales que ni con sus buenas maneras de lidiadores llenan de expectación los cosos”? “Hace tiempo que no ven mis ojos a jóvenes desarrapados que ni con sus defectos garrafales, muy similares a ridículas payasadas, las que en determinados casos se confundían con genialidades, pongan una variante de interés en los ruedos. Vamos, ya ni las cobardías vergonzosas, suficientes para deshonrara a un torero, han asomado las narices. ¡Todo es igual! ¡Monotonía pura! Clasicismo confundido con falta de creatividad. Los becerristas actuales ya se perfilan incomprensiblemente hacia la tendencia imitadora de una presunta maestría carente de la menor chispa de originalidad”. ¿”Cuál espectacularidad”?, -refunfuñaba mi compadre expeliendo volcánicas bocanadas de humo-.

Pero mi compadre, ese irredento insatisfecho del toreo moderno no se quedó con nada en la boca y todo lo dijo: “al toreo no le puedes amputar las naturales extremidades que lo hacen desplazarse entre aclamaciones admirativas por todos los escenarios: al toreo no le puedes arrebatar su variadísima espectacularidad chispeante, dinámica, insuflada de pasión, colorido, drama y alegría”.

Mi compadre remató muy a su estilo –escribo al menos lo que se puede referir literalmente-. “Los novilleros deben estar regulados no sólo por los cálculos exactos, sino por las directrices de la verdadera creación artística, siendo éstas la emotividad, la inspiración, el sentimiento, el gozo interior, aún el sufrimiento doliente que eleva a la aventura torera a los altísimos niveles de misterio”.

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