26 septiembre, 2021

LOS PUYAZOS DE SERGIO.

Cronistas, críticos y ensayistas taurinos hay muy, muy pocos en la patria azteca.

Los arrendatarios de espacios de los diversos medios masivos, ajenos a la construcción de criterios y equilibrios entre la fiesta y la afición, modestos de espíritu y honor, se maquilan con las empresas, centro medular de la mafia taurina mexicana, dando como réditos la desaparición de lo que legítimamente le corresponde a los receptores, en una dinámica necesaria para el crecimiento y que está contemplada legalmente, por lo menos en la teoría, y que Vicente, el opulento agricultor de Guanajuato, reforzó, que es la libertad de expresión.

Cronistas, críticos y ensayistas taurinos hay muy, muy pocos en la patria azteca.

Los arrendatarios de espacios de los diversos medios masivos, ajenos a la construcción de criterios y equilibrios entre la fiesta y la afición, modestos de espíritu y honor, se maquilan con las empresas, centro medular de la mafia taurina mexicana, dando como réditos la desaparición de lo que legítimamente le corresponde a los receptores, en una dinámica necesaria para el crecimiento y que está contemplada legalmente, por lo menos en la teoría, y que Vicente, el opulento agricultor de Guanajuato, reforzó, que es la libertad de expresión.

Merolicos e impresores de palabras, que no locutores ni escritores, en un ventajista juego verbal y conceptos mojigatos, callan lo negativo e inflaman como extraordinario lo regular y/o mediocre.

El domingo 26 del recién pasado capitulo agostino, hubo dos casos que absorbieron la atención: las novilladas en las Monumentales de Jalisco y Zacatecas. Dicho sea porque lo de la Plaza México hace tiempo que dejó de ser interesante.

Entre olor a pólvora tuvo una tarde exitosa el aguascalentense Ricardo Frausto; las notas, sin demora, anunciaban como adorno adicional a la oreja, que el coso, harto difícil de llenar, había exhibido en sus escalinatas tres cuartos de entrada. Algún otro se “aventó” diciendo que tuvo más de medio aforo cubierto.

En medio de las olas de la alegría por el supuesto hecho, confieso, naufragaba en mí el sentimiento de la duda. El desengaño no se rogó para venir. En breve entrevista, un aficionado profesional que fue testigo presencial de la función, me dijo que acaso hubo arriba de un cuarto de entrada. De cualquier modo, mucho para Zacatecas y más que lo que acogió la plaza más grande del atlas en la misma fecha.

Y sigue. La partida de reses quemadas con la figura ganadera de Cerro Viejo traían todo el perfil de la infancia; chiquitos, insignificantes, de leve y modesta presencia, no dignos de ser estoqueados en un sitio taurino como el de Zacatecas, que se auto proclama como “tierra de toros” y que tiene un historial ganadero de lustre refulgente; como adicionales, descastados y marañosos.

Prácticamente a la misma hora, pero en la finca taurómaca de la Perla de Occidente, se jugaba otro encierro sin categoría. Quejoso, el señor Francisco Baruqui, una de las pocas plumas aún confiables, evaluó en su reseña a los ungulados como aptos pero para festival. Nada atrás en desnivel quedó el primer sexteto.

Y va un par consecutivo. Ello ha sido una agresión para afición tan consciente y para el lineamiento torista que distingue a la plaza.

El enfrentar rumiantes de escaso físico, no ayuda a los jóvenes, los destruye, engaña y envicia.

El o los responsables de los malos actos ganaderiles, solamente lo sabrán, quizás en poco tiempo, los allegados a la fiesta tapatía.

Dan sospecha, por lo pronto, de que las autoridades han comerciado con los miembros de la empresa. Se ha entablado una especie de dañina complicidad.

El reclamo es que los desatinos no tomen más que subrayado de anecdótico, y no de común denominador. El reto es para la organización de la fiesta en Guadalajara. La fórmula la conservan, y la han usado mucho tiempo manteniendo un espectáculo de rango elevado. Sabremos luego si está compactada o se torna frágil para con la mafia de los toros.

Se derramó y fluyó la noticia de que la dehesa de San Martín es ya de Alberto Bailleres, uno de los pedestales compactos del dupolio taurino que sofoca a la fiesta brava de la nación.

La compra-venta, según delicados datos, fue desleal por parte de un sobrino camandulero que tiene quien la fundara y la llevara al éxito comercial, Pepe Chafik Hamdan Amad. Del modo que sea, este hierro se une a los que posee el dueño de la Monumental hidrocálida, lo que abre la posibilidad de que en la Feria de San Marcos 2013, se pueda ver un encierro nacido en el rancho queretano La Gloria, y heredero de la genética que “usó” el libanés de arraigo mexicano.

Para bien o mal, Chafick, uno de los que se dice que mejor conocen el laberinto genetista y complicada estirpe de los que procede el toro bravo mexicano, y que hoy protagoniza un extenso capítulo de agonía, es claro personaje polémico, aunque trascendental en la historia de los últimos cuarenta años de la tauromaquia azteca.

Criador de reses bravas junto con Marcelino Miaja, a partir de la década de los sesentas, su popularidad detonó cuando apoderó al último mandón del toreo mexicano, Manolo Martínez, para quien, haciendo gala de su ingenio, manipuló como plastilina las reses hasta convertirlas en una cortesía, en vez de un reto.

E “inventó” el tipo de toro que debería lidiar y cortarle apéndices su soberbio poderdante, acuñando en las páginas de la jerga taurina el adjetivo de “achaficado”, es decir, un animal recortadito de cuerna, “bonito”, agradable para los actores, recogido en con junto y, sobre todo, muy noble, más siempre con más residuos de casta que lo que hoy, imitadores malos de aquel concepto, entregan a las abusivas y comodinas figuras, “ganaderos” cuyos nombres mejor conoce el amable lector.

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