LOS PUYAZOS DE SERGIO.

Estimado y admirado torero actual:

Eres el privilegiado heredero de la estirpe de Jason; un semi-dios; el héroe moderno que debieras de ser para las multitudes; representas la fuerza y entraña de ancestrales pueblos; privilegiado vienes de otros planetas para establecer razones mundanas de dimensiones divinas.

Tu porte, modos, efigie y acciones ante las fieras impactaban como espejismo en mi pensamiento de pasado infantil, y se tomaban espacio las ideas de que no eras de esta orbe, si no de otra muy lejana y fantástica y venías de visitante para asombro de los humanos. Luego te marchabas a tu Olimpo.

Eres un hibrido extraño con corazón de guerrero; tu carne no es igual a la del común de los mortales; posee residuos del milagro de la resurrección. Tus venas son romanientes inacabables, y aunque tu sangre se ha derramado para dar testimonio de tu verdad, la de la vida y la muerte echadas en volados terribles, no cesa, sigue tal río caudaloso, sin fronteras y de púrpura encendida.

Las finísimas telas con brocados preciosos que cubren tu cuerpo cada tarde de fiesta, luz y sombra son sagradas; diseños humanos de artistas divinos; obras de arte con finísima inspiración; ornamento elegante es con el que te atavías para jugarte la existencia. Es herencia de la madre tradición; la suma preciosa de un proceso histórico.

Tus antepasados, consagrados estaban al quehacer ritual de la lidia, no solo al banal estilismo de los tres actos; eran una especie de combatientes que luchaban con toros de bravísima ley, robados como de dragones feroces. De ahí vienes tú.

Aquella casta, aquel ímpetu bestial, los asientos de salvajismo que en el fondo traían los bureles y que lo desparramaban en los nimbos de algarabía y drama, diferenciaban de cualquier otro espectáculo, en gran proporción, esta puesta en escena sin guión ni final escritos.

Y ahí se trasplantaban, príncipes y héroes a la vez, burlando como juncos inamovibles las tempestades de embestidas enérgicas, en tanto que en los tendidos, remedos de viejos estadios de las mitologías griega y romana, se levantaba de sus localidades la muchedumbre, como impulsada por la inercia de una cascada de insoportables emociones. Aquello era para perder el juicio. Lo hacían que se perdiera con la majestuosidad de la posibilidad de la tragedia sofocada por la plasticidad, su destreza, su valentía y su arrojo, encubierto todo con la tela del arte.

Eran elementos de inmolaciones modernas. Pasión incontenible la de ellos; deseos de conquista movíanles; escaladores de rangos eran y en eso se afanaban; necesidad irrefrenable de la trascendencia poseían. Y diseñaron la época de oro del toreo mexicano.

Síguelos, emúlalos, no estas hecho para la vida cómoda; eres heredero directo de aquellos gladiadores elegantes y suficientes. Héroes del pueblo. Representas el triunfo de la vida sobre la muerte; de la conquista sobre el fracaso.

No te dejes creer de duendes malignos que te quieren engañar, disminuyéndote a simple bailarín bien vestido; eres más, mucho más, tal espectro de valor que tiene salientes en la sociedad de estos pueblos originales, como es el del otrora cuerno de la abundancia.

No des fortuna de cultivar sus mojigatos intereses a aquellos que pretenden minimizar al toro a insignificante bestia pasiva, domada genéticamente e inofensiva, desbravada y de comportamiento predecible. Le han robado lo que te da escala y credibilidad; su majestuosidad –trapío- y casta.

No abuses del público, a quien le debes todo, timándolo con acciones fingidas y no genuinas. No desvirtúes los basamentos de la lidia, ya establecidos por tus ancestros desde hace muchos ayeres. Ley son y costaron sangre, sudor, lágrimas, hierros, mutilaciones, fuego de dolor y vidas.

No pierdas la conciencia de que tu vocación principal es la heroicidad y no la blandura de la belleza huérfana de lo trágico.

No pidas animales de engaña bobos, porque el primer engañado eres tú; permite que la naturaleza ejerza en el rumiante su manifestación lógica. Es un ser vivo de temperamento indomable y fuerza brutal, y es metido al nimbo por agentes externos; deja que ahí sea como es, para que flote fácilmente la sensación de lo dramático. Evita tener contacto con quienes han hecho del toro un ser estilizado, quitándole su propia savia, y encimando en ello sus ideas personalistas, postradas y blandengues.

No antepongas ventajas a tus vanidades y pretensiones; permite que el rito de la lidia se de frontal, sin cortapisas, sin artificios fuera de tus avíos legendarios, sin ayudas ni fingimientos. Deja que la tauromaquia fluya en lo real.

No des oídos a falsos heraldos que promueven, alaban y linsongean tus mediocridades y fallas. Son besa manos que buscan hundir a la madre tauromaquia. La fiesta brava, en donde eres co-protagonista, no es un circo dentro del cual se somete la voluntad de un animal con el que se ensayó previamente, sino una confrontación del instinto contra la razón, en donde se pone en juego la única certeza de los vivos… la muerte, en busca de una posibilidad… el arte.

Y cuando recobres la conciencia de todo lo que en esta humilde cuartilla te digo, verás las plazas llenas, la emoción exacerbada en ellas y volverás a ser ídolo de masas; príncipe vencedor y feliz en este gran cuento en el que lo único verdadero es el riesgo de perder tu propia vida…

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