LOS PUYAZOS DE SERGIO.

Tan normal ve los bovinos y los triunfos apócrifos el público chilango, que cuando hace recia presencia el toro genuino y bravo, se desconcierta y no está capacitado para tasarlo. Acostumbrado a la parodia de fiesta que las abusivas figuras, por encima de las empresas, han impuesto, ha perdido la sensibilidad y sobre todo la capacidad de justipreciación. Estos hierros son catalizados, además, por las desafortunados comentarios de quienes empuñan micrófonos de alcance nacional, que mejor que de cronistas, y quizás teniendo cualidades para ello, hacen excelente papel de justificadores, publicistas de toreros y defensores incondicionales de empresas.

El toro no habla como el humano, y aprovechando esta ventaja, no pierden el vértice para culparlo y hacerlo blanco de los petardos en los redondos escenarios.

El pasado domingo en la “Señora de Insurgentes”, se abrió el portón torilero y apareció un encierro quemado con la marca de La Joya, dehesa fundada con sangre española. Seis bureles hechos, cabales, de trapío diáfano lo completaron. Si de seis, cuatro dieron fabulosa lidia, el “taurómetro” indica que la nota se inclina a favor del criador. Sin embargo, miopes público y juez, nunca se dieron cuenta que salió una partida de reses casi histórica, en la gigantesca plaza de la “Ciudad de los Deportes”. Si bien, los toros fueron poco exigidos en varas, fue por propia decisión de los actores, sin embargo aclararon su prestancia al acudir a los petos e igualmente hubieran mantenido su bravura si mayor castigo se les haya inflingido.

Para la décimo cuarta función de la campaña, se anunció a tres jóvenes espadas: Juan Pablo Sánchez (al tercio, silencio y silencio en el de obsequio), Arturo Saldívar (al tercio tras petición y exagerada oreja) y Diego Silveti (pitos y división).

El primero de la tarde ofreció embestidas con clase y nobleza. El segundo desparramó bravura, fijeza, nobleza, largueza al atacar y poder. Tercero y cuarto fueron las manchas en las blancas hojas del libro ganadero. El soltado en el sitio de honor fue fijo, de bravura descubierta, con clase, codicia y recorrido en sus galopadas embestidas. Y el sexto resultó un torazo espectacular en todo lo que la palabra abarca. Galopando cuajaba sus extensas acometidas. Atento siempre al centro de los engaños, jamás hizo el mínimo extraño a un torero involutivo e impotente para dimensionar semejante ejemplar que fue como para la rotunda y definitiva consagración. Toro completo, de virtudes sostenidas por ambos cuernos y quizás para vacas, que no merecía ser herido por el demoniaco bajonazo que le atizó el salmantino antes de sepultarle la espada en decente región.

Merecían, ya que hubo de morir, la vuelta al ruedo sus despojos, no obstante, de modo tacaño e indolente, el juez apenas ordenó el halago del arrastre lento. ¡Vaya un toro estupendo que le pasó por el túnel oscuro a la mayoría y al que su presunto lidiador no pudo hacerle la merced de torearle bien! Después de la recia muestra de pundonor ganadero, el titular del hierro merecía un recorrido triunfal por el anillo, pero nadie se acordó de tributarle ese homenaje más que merecido. Desde esta modesta columna, me levanto, alzo mi copa muy alto y brindo por su labor honesta y descarnada que desembocó en la producción de emociones profundas, vertidas generosamente en el círculo, del que sus ejemplares se hicieron dueños y protagonistas. Lección diáfana para quien sepa y quiera entenderla, que poderosamente derribó el cursi mito de que el toro mexicano es el mejor del mundo y que el español no embiste… por lo menos los de La Joya si embistieron… y mucho…

Tarde de mucha bravura y poco toreo.

Sánchez sacó el lote de menos condiciones. Su labor derechista tuvo instantes excelentes, sin embargo no llegó a la rotundidad que el ungulado admitió. El cuarto fue un minusválido indigente que, tal vez acalambrado, calló a la arena y hubo de ser apuntillado en el propio sitio del que ya no pudo incorporarse. Con la vehemencia que se le ha apreciado de siempre, obsequió al primer reserva, éste de Vistahermosa, pero, igualmente astado soldado al albero, sus deseos notados de agradar se fragmentaron.

Arturo Saldívar, teniendo enfrente un toro excelente cuyas cualidades ya se acotaron, se dio a pegar un desilusionante petardo. Enviciado está en destorear. Ventajista, presto estuvo a desligar, es decir, pegar un pase, reponer demasiado la arena y atrasar la muleta, logrando intencionalmente, como consecuencia, desunir la tauromaquia práctica. Teniendo otro excelente burel, su segundo, dio mejor cara, la de mayor disposición. Primero estuvo poco pródigo con la capa, no pudiendo atemperar las poderosas y entregadas embestidas; luego del breve puyazo recompuso el episodio en el eje del centro y buriló formidables chicuelinas. Llegado el último tercio construyó una faena derechista, compacta, de pocos adornos, acabada con bernadinas y un pinchazo inadmisible antes de una incorrecta estocada.

Ahí estuvieron como estatuas vivientes los pares de Cristian Sánchez y Gustavo Campos ¡Vaya par de ases plateados!

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