21 junio, 2021

LOS PUYAZOS DE SERGIO.

En este país aún permanece el trauma y el ancestral complejo de inferioridad. El pueblo, y esto sí es lamentable, en pleno tercer milenio, aún traga sin remilgos una imagen equivocada de los políticos –el hombre poderoso, inteligente e intocable- y no la que en realidad es –un empleado obligado a administrar atingentemente los bienes públicos y que debe tener un sueldo no mayor al que obtiene cualquier profesional universitario-.
Se debería tomar el ejemplo del actual presidente de Uruguay.

Y prostituyéndose, más allá de no exigir sus derechos como humanos, los grupos de “animalistas” se dejan manosear las conciencias por partidos balines que lo que buscan es mantener influencias y, por consecuencia, el poder.

En este país aún permanece el trauma y el ancestral complejo de inferioridad. El pueblo, y esto sí es lamentable, en pleno tercer milenio, aún traga sin remilgos una imagen equivocada de los políticos –el hombre poderoso, inteligente e intocable- y no la que en realidad es –un empleado obligado a administrar atingentemente los bienes públicos y que debe tener un sueldo no mayor al que obtiene cualquier profesional universitario-.
Se debería tomar el ejemplo del actual presidente de Uruguay.

Y prostituyéndose, más allá de no exigir sus derechos como humanos, los grupos de “animalistas” se dejan manosear las conciencias por partidos balines que lo que buscan es mantener influencias y, por consecuencia, el poder.

La naturaleza tiene que estar al servicio del hombre, y no al contrario, como absurdamente pretenden los supuestos “abogados de bestias”; la obligación de éste para con ella es cuidarla, protegerla y mantener un equilibrio en su relación.

Cuando el hueco partido Verde Ecologista metió en el escenario político la cursi propuesta de que en Aguascalientes se prohibieran los circos con animales, muy prontitos los perdedores del PRD manifestaron, presumiendo su robusta ignorancia, que sería absurdo que no se incluyeran en el proyecto las corridas de toros y las peleas de gallos. ¡Hubo incluso quien metiera en la hedionda presunción a la charrería! Patrimonio inmaterial de México, que debería ser.

Aún que tuvieran razón estos politiquetes en querer evitar el dolor animal –tan diferente al del humano-, a la sociedad la sofocan mayores problemas, atrasos y deficiencias en todos o casi todos sus aspectos. La incultura, la saña en la comercialización, el consumismo, la emigración al país de los infames del norte en donde nuestros jóvenes pierden todo, hasta la vida muchas veces, el alcoholismo, la drogadicción, la pobreza, la explotación del hombre por el hombre, los manipulados y prostituidos medios de comunicación que, idiotas, idiotizan al de por sí dormido pueblo, la desintegración familiar, la delincuencia formidablemente organizada, el campo –digolo como ranchero empedernido que soy- condenado a no producir bajo la figura del populista ejido que les va muy bien a tales “políticos”, el entreguismo de las autoridades, el robo extravagante de los bienes de la nación, el mendiguísmo, la falta de cultura del reciclaje y tantos y tantos problemas más que sobrepasan el inadmisible archivo de los que padecen el síndrome de la empatía con las bestias.

Las aficiones, por la falta de singularidad en sus actores, llegan a cansar. La charrería, otra de mis pasiones, al igual que la tauromaquia, me están indigestando. El pasado domingo, por casualidad, llegué a cierto canal que cada semana otorga como limosna un programa a este arte brutalmente mexicano. Yo, aficionado acérrimo, no pude verle más que cinco minutos… imaginemos amigo lector si tendrá atractivo para el público general. Aquellas diligencias transmitidas en una modesta y soporífera ¿¿ en su producción, carente de creatividad e imaginación, dejaron ver el hondo grado de monotonía en la que ha caído el charro actual. La intención efectista ha provocado que los charros, al igual que los toreros, se estandaricen. Todos hacen lo mismo y lo hacen igual. Jamás había visto a tanto joven tumba novillos que, ignorantes absolutos de la elegancia, la estética, la ortodoxia y la expresión artística, amarraran tan corto y cerraran temeraria y deliberadamente sus caballerías al “colear”.

Y ya que metí el traje nacional en la cuartilla, la semana anterior en la extraña y patrimonial “Petatera” de Villa de Álvarez, Colima, se ofreció, ante los tendidos absolutamente cubiertos por un público bien aplaudidor, otra más de sus corridas “charro-taurinas”, que más bien son taurinas y poco charras; lo segundo solo por los atavíos de los actores. Los alternantes y el jinete salieron cubiertos por el traje de charro a enfrentar una novillada sin hechuras de un hombre que poco o nada sabe del honor ganadero, Fernando de la Mora. El pillo de Madrid y Joselito Adame portaron trajes ricamente cachiruleados, entre que “El Payo” lució uno de gran gala, nada propio ya para charrear, ya para torear. Para quien el vestir de charro ha sido casi una religión, el menor detalle hace terribles diferencias. Los tres dejaron de cuidar sus cinturones. La lengua sobrante de éstos, era demasiada. Es inaudito que estos espadas no hayan tenido una asesoría acertada. Un charro nato que les haya dicho que tal sobrante se sujeta colocando la presilla del propio cinturón, antes de la primera presilla izquierda del pantalón para evitar semejante “lengüeteo”…

El colmo de las groserías, un tal Zendejas que aspira a rejonear, no tiene la menor idea de lo que es el traje nacional. Sacó bello conjunto de gala, que en la norma solo es para ceremonias y actos sociales, no para torear, rejonear o charrear, y su pantalón exhibió una de las más graves faltas a la regla del bien vestir de charro… es decir, una vez montado, su borde inferior, el que debe cubrir el botín hasta el tacón, subió casi hasta el tobillo, quedándole de auténtico brinca charcos. El bien hecho pantalón charro debe llevar fuelle, o sea, un pliegue claro en la parte inferior mencionada para que cuando quien lo use suba al dorso de su caballería, no se recorra hacia arriba y provoque lo que le pasó a este queretano joven.
Es grotesco, además, que un équite vestido de charro, use montura española…

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