BECERRO.

No eres nada y ya eres todo,
tembloroso becerrote
en la tarde sin clarines.

Tu testuz, que aún es frente
que piensa y suela en la ubre,
sin adivinar la muerte
que pugna por asomar
en tus pitones inermes,
tiene encerrado en sus huesos
el clima duro y caliente
de la tarde circular
que te espera sin saberte.

En tu cabeza, sin halo,
de pitones impacientes,
que hoy oprime los ijares
de tu madre, dulcemente,
está el dolor del encierro
huérfano de prados verdes,
el picor de la divisa
que sufrirás impotente,
y el fogonazo de luz
en tus ojos inocentes;
de esa luz que ha de alumbrar
tu bravura, en unas suertes
que, sin tú saber por qué,
te llevarán a la muerte.

No eres nada y ya eres todo,
tembloroso becerrete.

Las notas del pasodoble,
el brillo de los caireles,
el vuelo de los capotes,
el trapo del presidente,
el miedo de los caballos,
la saña de los jinetes,
la cruel burla del quite,
los arpones, frío y fiebre,
la soledad en los medios,
el grito de ¡fuera gente!,
el rojo de la muleta,
mira, toro, toma, vuelve,
acero que brilla al sol,
toro y hombre frente a frente,
y el relámpago de hielo
por las entrañas que hierven…

No eres nada y ya eres todo.
Todo encerrado en tu frente,
dulce becerro que tiemblas
en el prado verde, verde…

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