25 octubre, 2021

“EL PANITA” GENERÓ UN CLAMOR, TRIUNFADOR SIN OREJAS.

El primer triunfo, pese a la ausencia de orejas en las manos, fue para el de León, Guanajuato, “El Panita”. Si, primera novillada de la campaña en el entrañable coso de la antigua rambla de la Democracia que se llenó de un público estupendo que toda la tarde estuvo dispuesto a reconocer lo que de bueno sucediera en el circular escenario.

Para la parte ganadera la empresa adquirió en buena compra una partida de siete novillos quemados con la marca de Real de Saltillo; poco serias las reses por su modesta percha, pero de buenas cajas: largos, altos y hondos los más, y lo que es mejor, bravos y nobles en su mayoría, virtudes de alto valor que manifestaron acudiendo bravamente todos a varas y embistiendo bien y bonito a los engaños.

El primer triunfo, pese a la ausencia de orejas en las manos, fue para el de León, Guanajuato, “El Panita”. Si, primera novillada de la campaña en el entrañable coso de la antigua rambla de la Democracia que se llenó de un público estupendo que toda la tarde estuvo dispuesto a reconocer lo que de bueno sucediera en el circular escenario.

Para la parte ganadera la empresa adquirió en buena compra una partida de siete novillos quemados con la marca de Real de Saltillo; poco serias las reses por su modesta percha, pero de buenas cajas: largos, altos y hondos los más, y lo que es mejor, bravos y nobles en su mayoría, virtudes de alto valor que manifestaron acudiendo bravamente todos a varas y embistiendo bien y bonito a los engaños. Destacable es decir que los corridos en primero, segundo, cuarto, quinto y sexto sitios fueron aplaudidos cuando el tiro arrastraba sus restos al desolladero.

Atrasado de años como para el tan delicado asunto como es el de la tauromaquia práctica, el colombiano Germán Rodríguez (tibias palmas) usó la capa con más disposición que acierto. Mejores hechuras y buen gusto reveló al armar la muleta; elemento sobrio y decoroso, sin embargo de convencional e intrascendente expresión plástica. Hoy, el halago sea para la nobleza, clase y recorrido del utrero que pasó, para pocos, iluminando el escenario. De la suerte suprema, ni hablar; luego de pinchazos desentonados logró un estoconazo decente, de réditos tardíos, no obstante.

Una inseguridad sólida e inadmisible en un chamaco que por su gusto dice buscar la gloria, derramó el de Apizaco, Gerardo Sánchez (al tercio tras aviso) al recibir con la capa al bravo y noble de “Real de Saltillo”; si ordinario se vio en el quite, al armar la tela roja dijo ser un pega pases, salvado sea de alguna serie con la diestra, que no lo libró de quedar por debajo de un astado con casta que acometió siempre con longitud, llevando la percha bien abajo. Con media estocada en sitio delantero, perpendicular y una larga serie de golpes con la espada de cruceta, finalizó su modesto paso por el añoso edificio taurómaco.

Mal hechas y atrabancadas chicuelinas exhibió Román Legorreta (división tras dos avisos) cuando acogió a su adversario. Con mejor tono quitó al modo de navarras no sin protagonizar una salvaje voltereta, y compartiendo el segundo tercio clavó banderillas exhibiendo manifiesto entusiasmo y mala colocación. Metido en el tercio de muerte se centró en desbordarse sin orden ni proyecto, entregando un quehacer desbarajustado ante aquel novillo bueno y temperamental que demandaba temple y mando, virtudes invaluables de las que, evidentemente, carece el joven aguascalentense. Se necesita inteligencia para caminar en el imposible atlas del toro. Al empuñar el estoque reafirmó sus incapacidades.

Antonio Hernández (al tercio luego de un recado), chaval jesusmariénse, en lugar de andar gatea con la capa, pero en el uso de la muleta algo prosperó. Teniendo en la escena un utrero que rehusaba y que no obstante al acudir se desplazaba extensamente y con clase, se dedicó a pegar pases en lugar de torear templando y mandando; solides en el hacer se ocupaba y aunque tarde, lo entendió, para con ese basamento hizo el trueque y dibujó derechazos difíciles de igualar en expresión y delicia. Penoso resultó el empleo de las espadas.

“El Panita” (vuelta al ruedo) ardorosamente mostró sus deseos toreros, así al capear y banderillear, hasta lograr que se incorporara el comunicativo público al dejar un paresazo al quiebro en la región cabal del tablero. Crudo pasó el enemigo a embestir a la sarga con poder y largueza, pero encontrándose con un chaval que la manejó estupendamente en una faena denodada, templada, por ambos cuernos y formalizada con atinada colocación y pisando el albero firmemente, poniendo el sitio al modo de un infierno de agrado y aplausos. Pinchó en mal momento antes de llegar un espadazo atravesado y varios descabellos.

Si decoroso se abrió de capa Juan Pablo Herrera (al tercio) y agradó al banderillear, tomado el engaño púrpura mostró disposición pero igualmente su natural novatéz; pese a ello manó sus cualidades y ante un novillo bravo, poderoso, que se introducía un palmo por ambos lados, construyó varios derechazos merecedores de olés legítimos. Buen debut como novillero que terminó apuradamente en el episodio supremo.

Sin gracia en su capa, el ecuatoriano Julio Ricaurte (silencio) recibió al último de la función. Desatinado y sin idea del segundo tercio se atrevió a clavar banderillas, y ya desdoblada la muleta solo pegó pases a un tres añero con clase por el lado izquierdo, exigente y al que había que sobreponerse con mando, lo que el joven extranjero no tiene. Dar detalles es intrascendente. Luego cerró el primer capitulo de la serie novilleril viéndose fatal con el arma.

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