15 junio, 2021

LOS PUYAZOS DE SERGIO.

Se toma y agradece en la dimensión proporcional de toda la buena intención con que haya sido otorgada la cortesía. Fue más que rueda, una convivencia con algunos de los lidiadores que actuaron en el coso “Fermín Espinosa Armillita” durante su tradicional Carnaval en Jalostotitlán el fin de semana anterior.

Se toma y agradece en la dimensión proporcional de toda la buena intención con que haya sido otorgada la cortesía. Fue más que rueda, una convivencia con algunos de los lidiadores que actuaron en el coso “Fermín Espinosa Armillita” durante su tradicional Carnaval en Jalostotitlán el fin de semana anterior. Una barra ambientada por buenas y medias luces fue el espacio de lujoso hotel aguascalentense, en donde se dio abierta puerta al acercamiento entre organizadores, actores, ganaderos y elementos de la prensa especializada, principalmente.

La hora en que se desdoblaron los carteles tuvo su importancia, sin embargo lo que realmente devastó por su trascendencia, fue el anuncio de un ambicioso proyecto taurino que hizo el señor Pablo Moreno. El objetivo final es que la fiesta brava sea declarada Patrimonio Inmaterial de la Nación. Una buena red de excelentes relaciones tiene este organismo y nada lejano está el día en que se pueda llegar hasta el máximo mandatario de la República para exponerle el plan. Ello demandará, entre otras graves cosas, que en 14 estados, más uno, se nombrada la tauromaquia patrimonio inmaterial. Jalisco está cerca de alcanzarlo.

Y no obstante esto, mejor que ilusionar y alegrar, compromete más a los propios taurinos, entre los que, lamentable y peligrosamente, muchos actúan de forma incongruente al amor que dicen profesar a la fiesta legendaria y enigmática nacida en México en el momento mismo en que la historia dio a luz al idioma, a la religión, a la arquitectura y a otras cosas.

Para convencer a las autoridades de la valía sociocultural, económica y tradicional del espectáculo taurino, primero hay que argumentarlo con autenticidades. Toreros formidables siempre los ha habido y hay en la nómina mexicana. Hoy como muy pocas épocas se tiene una baraja joven variada con la que se pueden hacer combinaciones atractivas, siempre y cuando se les enfrente al toro con edad, trapío y bravura.

Fuera Tófilos Gómez, Bernaldos de Quiros, Fernandos de la Mora y otras malas y tóxicas yerbas. No, el toro mexicano, que cabal puede salir en cualquier coso del planeta, incluido el de Bilbao, es muy otro. Está ahí, despreciado en ganaderías a las que las figuras no quieren ir ni a tentar.

La Perla de Occidente se centra ahora en la cuartilla. Un par de sucesos, interesantes agudamente, cada uno de distinta proyección y consecuencias, han resonado y vibrado en una semana. Jaral de Peñas, dehesa fundada y administrada hasta su óbito por el Señor –así, con mayúscula inicial- Luis Barroso Barona, ha sido vetada en la Monumental de Jalisco como expiación a que el último encierro que se jugó en este escenario, fue manipulado de los cuernos –léase despuntados-. Que vergüenza, hasta la otra dimensión en donde se encuentre don Luis ha de haber llegado la deshonra. Me da gusto y que bueno que fue descubierto el cachirul. Pero permanece la pregunta ¿Cuántos encierros a lo largo del año y a lo extenso de la República realmente se lidiarán en puntas y cuantos son descubiertos? Se dice que casi ninguno. De primera voz, enterado estoy que los veterinarios todos, tienen un precio. Inservible e inoperante entonces, tristemente, la asociación de albéitares especializados en el toro de lidia. Sin ética ni moral, el hombre de nada sirve. Una pena por varios de sus agremiados que son, me consta, elementos de inalterable honradez.

El otro es, como contrapartida, el trasteo sólido e impactante que buriló el tlaxcalteca Sergio Flores y que le granjeó las peludas de su oponente el domingo pasado. Lamento haber visto el acontecimiento solo por medio de la cinta magnética; y si aún así me emocionó, intuyo apenas lo que se sintió en rojo vivo.

En los departamentos de toriles estaban seis torazos imponentes de Barralva, y en el anillo un torero ardoroso al que le ha llegado su momento de explotar. Parece que Flores ahora si ya rompió. Toro que mereció la pleitesía del arrastre lento por la nobleza y bravura con que acometió, destruyendo la ridícula tesis que sostienen muchos “taurinos” de que el toro con edad y trapío no embiste. Éste, como muchos otros, embistió bien y bonito. Y torero que sin adornos superfluos practicó una tauromaquia señorial, bien basada en la quietud, el temple y el mando. Fueron sus series, por ambos pitones, metales preciosos y no bisutería.

No conforme con la hazaña, plantó rostro y se encarnó en la faja a aquel burel veleto y entero que pasaba con la testa amenazadora a media altura. Otra oreja llegó a su diestra y el epílogo del celaje fue su salida a hombros soportado por los más emocionados concurrentes.

No obstante, y esto duele, hay quienes ni viendo atinan. Lo que sucedió en Guadalajara es lo más acercado a la tauromaquia que hará, paulatinamente, que el público, enterado y convencido del perfil heroico del toreo, regrese en masa densa a las plazas… toreros con pasión y talento y toros con edad y trapío… ¡Que fórmula tan simple!

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