27 octubre, 2021

ROGELIO DE PASCUAL NOS CUENTA… PARTE II DE III.

LA TRAGEDIA DE MORELIA Y LA ALTERNATIVA DE CARMELO. Esteban García y David Liceaga estaban anunciados para lidiar mano a mano una novillada nocturna en la capital del Estado de Michoacán, el 3 de noviembre de 1927 con motivo del tradicional festejo del día de muertos, lidiando una fuerte y bien servida novillada de Queréndaro y ese mismo día, Carmelo Pérez estaba acartelado en el coso capitalino de El Toreo de la Condesa para recibir la borla de matador de toros, apadrinado por Joaquín Rodríguez “Cagancho” con el testimonio de Heriberto García, matando toros de Piedras Negras.

LA TRAGEDIA DE MORELIA Y LA ALTERNATIVA DE CARMELO Esteban García y David Liceaga estaban anunciados para lidiar mano a mano una novillada nocturna en la capital del Estado de Michoacán, el 3 de noviembre de 1927 con motivo del tradicional festejo del día de muertos, lidiando una fuerte y bien servida novillada de Queréndaro y ese mismo día, Carmelo Pérez estaba acartelado en el coso capitalino de El Toreo de la Condesa para recibir la borla de matador de toros, apadrinado por Joaquín Rodríguez “Cagancho” con el testimonio de Heriberto García, matando toros de Piedras Negras. La novillada de Morelia estuvo a punto de suspenderse debido a que David Liceaga no llegó a la plaza por haber sufrido un accidente en la carretera, ante lo cual; Estaban García viendo que la plaza estaba llena habló con la empresa pidiéndole que en lugar de suspender el festejo, le permitiera matar a los cuatro novillos, a pesar de que no había cuadrillas profesionales, de lo cual el propio Esteban tenía conocimiento. Esteban contaba únicamente con el apoyo de Antonio Conde que era su peón de brega y banderillero de confianza, el cual padecía tuberculosis; el resto de la cuadrilla se componía de incipientes aficionados prácticos que con apuros habían echado la capa en alguna becerrada. El empresario autorizó la actuación en solitario de Esteban García y el público agradeció su valeroso gesto tributándole una sonora ovación cuando vestido de carmesí y oro apareció en la puerta de cuadrillas para partir plaza. Antonio Conde El peón de confianza de Esteban, después de la accidentada y complicada lidia de los dos primeros novillos, por el esfuerzo realizado sufrió un terrible acceso de tos al que le siguió una abundante hemorragia bucal que le impidió permanecer en el ruedo, por lo que Esteban García se quedó prácticamente solo en el albero y sin cuadrillas para lidiar a los dos siguientes astados. Ahí debió de haberse suspendido el festejo lo cual no sucedió. Al salir el tercero de la tarde, un novillo muy corpulento con hechuras de toro, bien armado, de nombre “Aleve”, con su simple presencia sembró el pánico en la improvisada cuadrilla y nadie se atrevió a salir de los burladeros, por lo que Esteban García se quedó completamente solo en el ruedo con el astado y sin contar con la asistencia de nadie. Esteban se plantó ante el toro toreándolo por verónicas pero al ejecutar la tercera, el astado apretó fuerte y lo desarmó obligándolo a buscar refugio en el burladero de matadores, pero ante la falta de un peón que le cortara el viaje al novillo, Esteban fue alcanzado y empitonado cuando estaba a punto de entrar a la tronera del burladero y quedó a merced del novillo que le pegó una terrible cornada en el vientre, hundiéndole el cuerno derecho hasta la cepa pues no hubo nadie capaz de salir al quite. Para colmo de males, en la plaza no había enfermería ni doctor para atender al torero herido que permaneció en un cuartucho de la plaza húmedo, frío, sucio, sin ventilación, oscuro y entre pacas de pastura debatiéndose entre la vida y la muerte, fue hasta el día siguiente cuando se le trasladó a un hospital con la única compañía de su angustiado hermano Anselmo García que llegó a Morelia al anochecer y pasó toda la noche tratando de auxiliarlo y rezando. La fiebre, ocasionada por peritonitis y pulmonía, hacía delirar a Esteban que en su agónico delirio, encorajinado lanzaba insultos llenos de odio y rencor hacia Carmelo. “Me voy a morir y ese ojete pendejo, hijo de su chingada madre ya es matador de toros”. ¿Por qué no sucedieron las cosas al revés? Esteban murió en los primeros minutos de la madrugada del 6 de noviembre de ese año, el destino no le permitió vivir dos semanas más para enterarse que a su odiado rival, también el destino le tenía preparada una horrible tragedia en el mismo coso donde se doctoró como matador de toros. Carmelo Pérez, el 17 de noviembre de ese fatídico 1929 fue víctima de “Michín”, un toro de San Diego de los Padres que le causó mortales heridas, las cuales dos años después le arrancaron la vida en forma sumamente dolorosa y muy lejos de su patria. LA COGIDA DE CARMELO PEREZ. “MICHÍN”, UN TORO ENDEMONIADO. Los doctores Javier Ibarra y José Rojo de la Vega iniciaron labores como médicos de plaza el año de 1926 en el recién inaugurado toreo de la condesa, fueron sucesores del Dr. Francisco P. Millán. “Si a los toreros no los matan en el ruedo, yo me encargo de que no se mueran”, solía decir Javier Ibarra a los hombres de coleta. Las jactanciosas palabras del doctor Javier Ibarra no resultaron ciertas, pues resulta que el 30 de mayo de 1943, en el coso capitalino de El Toreo de la Condesa, ingresó herido a la enfermería de la plaza el novillero Félix Guzmán con un orificio de entrada de cinco centímetros de diámetro en la parte superior, cara interna, del muslo izquierdo, con una trayectoria ascendente de 20 centímetros de profundidad que llegó hasta la fosa iliaca, dicha cornada siendo grave no se consideraba mortal. Al día siguiente, primero de junio, a Félix Guzmán se le declaró una septicemia gaseosa que le causó la muerte la noche del el 2 de junio a las 20:37 Hs. en el mismo sanatorio del doctor Javier Ibarra. Lo peor del caso es que Félix murió más que por la cornada, por una negligencia médica del doctor Javier Ibarra, pues al practicarle la autopsia a su cadáver se dieron cuenta los legistas que en el fondo de la herida había quedado un trozo de tela de la taleguilla del torero. TRAGEDIA EN EL TOREO DE LA CODESA Entre las cornadas más graves que les tocó atender a los doctores Ibarra y Rojo de la Vega, figura en primer lugar la de Carmelo Pérez, la tarde del 17 de noviembre de 1929, cuando toreaba al lado del madrileño Antonio Márquez y del orfebre tapatío Pepe Ortiz, matando un encierro de San Diego de los Padres en la quinta corrida de la temporada organizada por el empresario Eduardo Margeli. En su primer toro, tercero de la tarde, Carmelo se vio mal, no estuvo como era su costumbre con las zapatilla quietas, el público se metió muy fuerte con él y después de despachar a su enemigo de varios pinchazos y un horrible golletazo se retiró al callejón en medio insultos y de una sonora rechifla. Al que cerró plaza de nombre “Michín”, de pelaje retinto, meano, carifosco, hondo de agujas, astifino, bien armado y con cinco años cumplidos, Carmelo trató de torearlo con el capote dándole un feo mantazo por abajo, sobre piernas y por el lado derecho. El toro después de aquel trapazo se revolvió con violencia y codicia, Carmelo trató de estirarse para darle por el lado izquierdo uno de sus escalofriantes parones, pero quedó atravesado en el viaje del burel que le venía vencido, el toro lo prendió con el pitón izquierdo por los machos de la pernera derecha de la taleguilla produciéndose una aterradora y absurda cogida que por su duración parecía interminable. Más de un minuto permaneció Carmelo entre la cornamenta de “Michín” que se lo pasaba sobre el testuz cambiándolo de un pitón a otro, derrotando con mucha fuerza y sin soltarlo, zarandeándolo horriblemente cual muñeco de trapo, en uno de esos violentos derrotes Carmelo salió por los aires y “Michín”, con la agudeza y el sentido que tenía lo prendió nuevamente en el aire por la espalda, después por la cintura, lanzándolo otra vez hacia arriba pero sin soltarlo, ya que la casquilla quedó enganchada en uno de los pitones y prendiéndolo nuevamente por los riñones lo sacudió horriblemente entre los cuernos antes de azotarlo fuertemente contra la arena, donde lo volvió a prender y lo arrastró largo trecho, pisoteándolo y llevándolo enganchado en la cornamenta. Todos, matadores, subalternos, monosabios, apoderados y mozos de espadas entraron al quite, pero el toro seguía aferrado a su presa negándose a abandonarla. El madrileño Antonio Márquez hacía desesperados esfuerzos afianzado al rabo del animal tratando de distraerlo para que soltara a Carmelo, pero el astado ensañado con su víctima, seguía tirándole cornadas sin hacer caso al llamado de los capotes de toda la torería que hacía hasta lo imposible para separar al toro del torero; finalmente Carmelo quedó en la arena hecho un verdadero guiñapo, prácticamente desnudo, tinto en sangre que le manaba a raudales por los boquetes de las heridas. Carmelo llegó casi muerto a la enfermería de la plaza en brazos de las asistencias y se le apreciaron cinco heridas, dos de ellas sumamente graves. El público estaba aterrorizado por lo que acababa de ver, aseguran quienes a esa corrida asistieron, que el toro tenía mucho sentido y que cuando conducían por el callejón de la plaza hacia la enfermería al infortunado torero, “Michín” desde la arena lo fue siguiendo con la cabeza en alto y lanzando derrotes, apoyando la barbilla sobre las tablas y olfateando, daba la impresión que se asomaba para tratar de recuperar a la presa que momentos antes le arrebataron de su cornamenta. El torero madrileño Antonio Márquez expresó años después: “Nunca como aquella tarde he sentido que el toreo fuera tan duro, ni he visto jamás a un toro tan encelado con su presa”. PARTE MEDICO FACULTATIVO a) Herida penetrante causada por asta de toro de 25 centímetros de longitud que abarca todo el tercio medio interno del muslo izquierdo. b) herida penetrante causada por asta de toro en el hemitórax derecho a la altura el noveno espacio intercostal. c) Herida producida por asta de toro con desgarradura de la porción izquierda del escroto central. d) herida contusa producida por asta de toro en la axila derecha. e) Herida contusa y cortante en la ceja izquierda. f) Varios varetazos. Firman los doctores Javier Ibarra y Rojo de la Vega Aquella tarde del 17 de noviembre de 1929, Silverio Pérez ocupaba un lugar en el tendido y vivió en carne propia todo el horror, el espanto y la espeluznante cornada de su hermano Armando Pedro Antonio Procopio Pérez Gutiérrez mejor conocido como Carmelo Pérez, en la foto se ve a Carmelo acompañado de su familia durante su convalecencia después de las impresionante cornadas que le infirió “Michín”.

Pasado mañana el final.

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