21 junio, 2021

ROGELIO DE PASCUAL NOS CUENTA… (FINAL).

La recuperación de Carmelo fue sumamente lenta, más de un año tuvo que transcurrir para que el diestro pudiera recuperarse parcialmente, no del todo, de las heridas que “Michín” le causó en el tórax. Los médicos tuvieron que extirparle siete costillas, el pitón le destrozó la pleura y el lóbulo del pulmón derecho.

Fueron varias las operaciones que Javier Ibarra y Rojo de la Vega tuvieron que hacerle a Carmelo, la herida del tórax permanecía abierta, se le había formado una enorme fístula y Carmelo quería que le cerraran aquel boquete, pero los médicos sabían que eso era imposible pues significaría su muerte.

La recuperación de Carmelo fue sumamente lenta, más de un año tuvo que transcurrir para que el diestro pudiera recuperarse parcialmente, no del todo, de las heridas que “Michín” le causó en el tórax. Los médicos tuvieron que extirparle siete costillas, el pitón le destrozó la pleura y el lóbulo del pulmón derecho.

Fueron varias las operaciones que Javier Ibarra y Rojo de la Vega tuvieron que hacerle a Carmelo, la herida del tórax permanecía abierta, se le había formado una enorme fístula y Carmelo quería que le cerraran aquel boquete, pero los médicos sabían que eso era imposible pues significaría su muerte.

Mermada la economía familiar por los elevados gastos del hospital y las operaciones, Carmelo fue llevado del sanatorio a su casa donde continuaría su tratamiento y ahí, en su propio domicilio los médicos que lo atendían tuvieron que practicarle una nueva intervención quirúrgica.

Silverio y Conchita, hermanos de Carmelo, lo cuidaban en las noches, las cuales se les hacían eternas al escuchar los gritos de dolor del herido. Silverio se encargaba además de hacerle las curaciones, la herida del tórax no le cicatrizaba, constantemente supuraba y Carmelo respiraba con dificultad, debido a que el pulmón colapsado había perdido gran parte de su vital función.

Carmelo no quiso esperar más y en las condiciones en que se encontraba reapareció en enero de 1931 en el coso de Guadalajara, donde cuajó la faena más grande de su vida como torero, a pesar de estar notoriamente mermado y hecho pedazos, con el costado derecho completamente hundido por la falta de las siete costillas y con un tubo de canalización metido en su pulmón derecho, aún en esas condiciones, tuvo el valor de vestirse nuevamente de torero para enfrentarse a los toros y volver por sus fueros.

La afición tapatía lo recibió con una muy nutrida y sonora ovación, fueron cuatro las tardes que actuó Carmelo en nuestro país antes de emprender el viaje a España, se embarcó en Veracruz en el buque Alfonso XIII con destino a La Coruña. La herida aún supuraba y en el barco le hacían curaciones. La travesía duró 25 días, sus compañeros de viaje eran Fermín Espinosa “Armillita chico”, Pepe Ortiz y David Liceaga, acompañados todos ellos de sus respectivas cuadrillas.

El día anterior de su llegada a España, estaban todos los toreros sentados a la mesa comiendo, Carmelo mentalmente contó al grupo incluyéndose él y al darse cuenta que trece personas eran los comensales, bruscamente se levantó de su silla diciendo: “Alguno de nosotros no va a regresar vivo a México”.

Ante tal afirmación y presagio de mal fario, todos los toreros se sobresaltaron, nadie se imaginaba que el vaticinio de Carmelo se haría realidad y precisamente en su persona misma.

Carmelo fue a España para confirmar su alternativa en Toledo de manos de Chicuelo y ante la presencia de Domingo Ortega como testigo, la tarde del jueves de Corpus Christi en junio de 1931, lidiando un toro de Terrones y otro de Antillón, el primero sirvió para la ceremonia. Mal estuvo Carmelo esa tarde, le faltaba aire, sentía que se asfixiaba y después de matar a su primer toro ingresó a la enfermería para ya no regresar al ruedo.

Los doctores Ibarra y Rojo de la Vega habían recomendado a Carmelo y a los demás toreros que lo acompañaban en el viaje, que no permitieran que en la Península Ibérica le operaran la fístula que era muy grande, ya que las heridas no estaban consolidadas totalmente, pero Carmelo que ansiaba hacer buen papel en España cometió el error de dejarse operar por el doctor Jacinto Segovia, el galeno le cerró la fístula y también las adherencias pleurales.

La convalecencia de Carmelo se prolongó mucho tiempo y un día apareció la fiebre, los médicos de allá no sabían qué hacer para sanar al torero mexicano que tres meses después, precisamente el 15 de septiembre comenzó a sentirse más enfermo. Carmelo ya no fue al sanatorio de toreros, se quedó en la pensión donde se hospedaba en Madrid, tenía una aguda infección en el tórax que se le complicó con una bronconeumonía.

Se aproximaba el día en que los toreros mexicanos tenían que regresar a su país y Carmelo cada vez estaba peor, David Liceaga fue a visitarlo; el herido al verlo entrar a la habitación le gritó: “No entres que estoy podrido”. Carmelo estaba en agonía y suplicante le pidió a Liceaga que al morir no dejaran su cadáver en aquella tierra, quería que lo regresaran a su patria, le entregó 25 mil pesetas para que le pagara a los doctores que lo estaban atendiendo y para que realizara los trámites necesarios para trasladar su cuerpo a México.

Carmelo con terribles dolores moría muy lentamente. David antes de regresar a México acudió a la embajada mexicana para tramitar el envío del cuerpo de Carmelo a México una vez que muriera, pero el embajador de México en España, que en ese tiempo era Alberto J. Pani, enviado por el gobierno de Pascual Ortiz Rubio, se desentendió por completo del asunto sin prestar la mínima atención e importancia a los ruegos de David Liceaga que desesperado, acudió a la familia Bienvenida, cuyos miembros se comprometieron a que llegado el momento, realizarían todos los trámites sufragando los gastos para enviar a México el cuerpo de Carmelo Pérez que falleció el 18 de octubre de 1931, mismo día en que sus compañeros, los toreros aztecas que emprendieron el viaje juntos a España, tenían que regresar a su patria, saliendo en tren desde Madrid para embarcarse en La Coruña con destino al Puerto de Veracruz.

Liceaga fue el último en salir de Madrid, se quedó gestionando el traslado del cadáver de Carmelo con la familia Bienvenida. Un amigo suyo lo llevó en su coche de Madrid a La Coruña donde llegó apenas a tiempo para zarpar en el barco. Se cumplió el vaticinio hecho por Carmelo Pérez unos meses antes, regresaban a casa únicamente doce toreros vivos de los trece que partieron juntos rumbo a la Península Ibérica.

Después de la muerte de Carmelo, David Liceaga confesó que durante la larga agonía que tuvo Carmelo Pérez, tampoco este torero pudo contener el odio y el rencor que sentía por Esteban García, ya que en su lecho de dolor y durante su agonía, gritaba como enloquecido: “Ya me voy a encontrar otra vez con ese pinche cabrón de Esteban García, hijo de su puta madre que bien muerto está”.

“De haberme hecho caso Carmelo no hubiera muerto” dijo el Dr. Javier Ibarra quien agregó: “Rojo de la Vega y yo le indicamos que no se fuera a España hasta que se restableciera completamente, era necesario practicarle otra operación para sacarle unas costillas que estaban mal, después de eso hubiera quedado prácticamente bien”.

“En España el Dr. Segovia hizo lo que pudo pero no estaba en antecedentes para evitar, como era necesario; la infección que se produjo, Carmelo tuvo la culpa; aquí en México hubiera quedado completamente sano y en condiciones para realizar el viaje, después podía haberse ido a España”.

Murió Carmelo Pérez el 18 de octubre de 1931 habiendo toreado sólo una corrida en la Madre Patria, la del Jueves de Corpus en Toledo, cuando confirmó su alternativa.

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