LOS PUYAZOS DE SERGIO.

Muchos aficionados medianamente pensantes se han de estar preguntando a estas horas de que modo fue posible que un coso pequeño, aunque muy bello, pudo “contratar” a José Tomás Román Martín, y uno grande e igualmente hermoso, no. Aquel edificado en Juriquilla, Querétaro, y éste en Aguascalientes capital.

La noticia es que el de Galapagar “reaparecerá” en el queretano sosteniendo un mano a mano por demás absurdo e inventado, nada natural, con Fernando Ochoa que se despedirá de la clientela de ese sitio. Faltaba más, lidiando tres “leones” de Fernando de la Mora y tres de Los Encinos. No sea que se aparezca otro “Navegante”. Tomar providencias hoy, quita peligros mañana.

El “entradón” está asegurado; en el instante mismo en que se ventiló la noticia, se levantó chispeante expectación y mitote. Irán a los tendidos hasta personas que tal vez nunca hayan asistido a una corrida de toros y, desde luego, los taurobobos que siempre se aparecen en las funciones que les sirven de “aparador” para exhibirse y titularse de “taurinos”; de paso, inflamar su imagen en los cuadros sociales. El diestro madrileño es ahora el más taquillero de cuantos estén en la nómina internacional.

El espectáculo taurómaco en México, económicamente, se sostiene de algunos nombres, lamentablemente, y no de la competencia leal entre los actores, tampoco de la bravura que genere emociones, ni de la dinámica que se revele por atractivas combinaciones ni de la mezcla de distintas tauromaquias.

Si antaño los mano a mano se daban de manera espontánea cuando se entroncaban dos coletudos que llevaban trayectorias similares en éxito, sin embargo radicales en estilos e interpretaciones tauromáquicas, hogaño se imponen por tonta invención, amiguismo y/o compadrazgo. Igualmente por oportunismos dañosos.

Es patético que un diestro que renunció a ser el mandón del toreo mexicano, sea hoy, que ha decidido apartarse de la actividad profesional, motivo de un “favor” sombreado por el esteta paranormal de Galapagar, que dijo, con rotunda realidad: -¡Yo me paro en donde Ponce pone la muleta!

El de Galapagar se la ha cérido que es dueño de la fiesta. No está tan erróneo su parecer, se la han entregado, como a otros paisanos suyos, en recipiente de lujo las empresas y demás órganos que hasta los pitones están metidos en ella. Tan buena gente es que, usando esta facultad, ya ordenó que los boletos de entrada para la subrayada función, no rebasen cierta cantidad de precio. Muy cuidadoso de nuestra economía se observó. Y atentando hasta para con nuestras figuras gubernamentales, ya dijo que en el callejón estarán “solo los que deberán estar”; poder que es -hasta antes de oír semejante barbaridad así lo creía- de los ayuntamientos. Sin embargo, muy bien mandadas las “autoridades”, seguramente ya acataron como “Real Orden” el capricho.

Mientras que en Aguascalientes se ha formado la primera peña taurina infantil del mundo –”Con capotes y muletas vamos a jugar”- que admite la suscripción de imberbes de entre tres y trece años, en León, Guanajuato, entidad rasada de notada tradición taurina, se aprobó una ley que prohíbe a los menores de catorce años la entrada a las corridas de toros. ¡Hay de aquel que ose violarla, pues se hará merecedor de importante multa! La iniciativa fue salida de un par de damas desorientadas, no obstante con poder político, ante el cual se rindieron y ni las manos metieron las diversas “organizaciones” llamadas taurinas. ¡Viva nuestro país libre y soberano!

Uno de sus “argumentos” es que las corridas ofrecen alto grado de violencia; tal si esta torcida manifestación del humano tuviese objeto reflejante en la tauromaquia. Aún que fuese cierta la bárbara e irreflexiva titulación, entonces no solo deberían prohibir la entrada a las corridas a los menores, sino el acceso a nuestra estupidizante pantalla chica, caja de basura pútrida hecha por idiotas para idiotas, a los salvajes juegos de video, a los partidos de balón pié, en donde se da la agresión hacia el humano por el humano entre las idólatras masas de aficionados, al deporte de los guantes, en donde México fue y es productor de campeones mundiales de primerísima marca y a la lucha libre, entre otras actividades de esparcimiento social.

Llegó a su última página la Feria de Fallas de Valencia dejando sentimientos dolorosos en más de algún aficionado mexicano. Es como querer tocar con las manos una estrella de la bóveda celeste el aspirar que las pretensiosas ferias mexicanas de mayor importancia, se acerquen a la mencionada; no en formas y modos, sino en categoría y seriedad, haciendo valer una tauromaquia nacional con identidad e historia propias.

No más que decorosamente compareció en ella Joselito Adame. “Finito de Córdoba”, el veterano, exhumó sus aspiraciones y en efigies colosales conmovió por su fidelidad para con el toreo clásico. En total estado tauromáquico puro, Manzanares, reeditando un comprimido de elegancias antañonas, edificó modernos monumentos vivientes, con la obertura de verónicas exquisitas, sacadas de testales, abriendo el compás y los brazos hasta casi dislocarlos para dar dimensión a los encajes de su engaño rosa. Enrique Ponce, ahora sí, toreó reunido y sincero; se dio cuenta nuevamente de que no es lo mismo venir a México a mofarse de los torillos inofensivos de Teófilo, Fernando y otros “ganaderos”, que dar el rostro al toro entero, y salió fracturado y cornado, pero con su nombre intacto. Morante de la Puebla, desgraciado lunático, reinventó el toreo; con reacciones impredecibles que rayan en la genialidad, propuso tal vez un nuevo arte de la lidia, y “El Juli”, joven profesor, se elevó como máximo triunfador de la serie, como pleitesía a su paso devastador que cerró de señorial volapié.

Pero todo esto… delante del toro… simplemente el toro…

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