21 junio, 2021

MORANTE Y EL JULI NO ESTAN A LA ALTUARA DE SEVILLA.

Entre las muchas enseñanzas que recibió Enrique Ponce de su abuelo, y que según el diestro, se la ha quedado grabada en su mente, hay una que dice que “para ser torero hay que parecerlo, dentro y fuera de la plaza” pues hoy por hoy hay algunos toreros, de los denominados figuras, que teniendo la torería como sinónimo de grandeza, de perfección y de ejemplo, no saben demostrarlo fuera de la plaza.

Entre las muchas enseñanzas que recibió Enrique Ponce de su abuelo, y que según el diestro, se la ha quedado grabada en su mente, hay una que dice que “para ser torero hay que parecerlo, dentro y fuera de la plaza” pues hoy por hoy hay algunos toreros, de los denominados figuras, que teniendo la torería como sinónimo de grandeza, de perfección y de ejemplo, no saben demostrarlo fuera de la plaza.

El pasado martes se entregaron en Sevilla los premios “Ramón Vila” que otorga el equipo medico de la plaza de toros hispalense desde hace 34 años, y los concedidos por la Real Maestranza de Caballería de la capital andaluza, correspondientes a la Feria de Abril de 2013. Los que llevan el nombre del que fuera durante muchos años cirujano jefe de la enfermería sevillana, se habían concedido a Morante de la Puebla y El Juli, y se entregaron por la mañana. Los premiados, que habían prometido su asistencia, no acudieron al acto, alegando el de La Puebla, por boca de su mozo de espadas, “que tenia muchas cosas que hacer” y el de Velilla de San Antonio, “que había dado a luz sus esposa recientemente, y que se iba a quedar con su hija”, ninguno de los dos envió a nadie para que los representara.

Por la tarde el premiado era Julián López “El Juli”, quien debía de recoger el premio otorgado por un jurado compuesto por medio centenar de aficionados y profesionales, e instituido por la Real Corporación sevillana, tampoco acudió el premiado y lo recogió su mozo de espada.

Esta fea actitud de dos de las máximas figuras del toreo actual, hay que considerarlas como una afrenta al publico sevillano, que junto a los que físicamente votaron para la concesión de los premios, estuvieron en la Real Maestranza los días de corrida, para aupar con sus aplausos y sus buenos dineros, el prestigio y el caché de los matadores.

El público, admirados Julián y José Antonio, puede estar de parte de vosotros o de la empresa en el litigio que tenéis con los gerentes del coso maestrante, pero lo que no puede ni debe de consentir son desprecios taurinos a dos de nuestras mas queridas instituciones, unos desprecios que unidos a este abandono voluntario de privar a los sevillanos de vuestra presencia en la plaza mas hermosa del mundo, va a ser muy difícil de digerir por parte de la afición, y que son parecidos a los que, precisamente, les afeáis a los empresarios del coso donde habéis triunfado en repetidas ocasiones. Por cierto que en esas ocasiones, sí habéis venido personalmente a recoger, muy orgullosos, vuestros trofeos.

Creo que como decía muy sabiamente el querido abuelo de Ponce, vosotros sois toreros y lo habéis parecido, pero solo en la plaza, con este gesto, fuera de ella habéis dejado bastante que desear.

Siento escribir así, pero es lo que pienso. Creo que el torero debe de hacer sus gestas en la plaza, y no fuera de ellas. Recuerdo una anécdota de Ignacio Sánchez Mejias, en la que Corrochano y García- Ramos y Narbona, relatan que Sánchez Mejias rompió las conversaciones para torear en Sevilla, con el empresario de La Maestranza, don José Salgueiro. El motivo de esta desavenencia fue que Ignacio, Presidente, por aquel entonces de la Asociación de Matadores, no aceptaba la propuesta de contrato de los principales empresarios españoles. Estas conversaciones terminaron como el rosario de la aurora. “Mientras yo mande en la empresa, tu no pisaras el ruedo de la plaza” dijo don José Salgueiro, a lo que muy altaneramente el torero le contestó que no pasaría la feria sin que le viera en el ruedo.

Llegó la feria, y en la cuarta y ultima corrida del ciclo sevillano, el dia 21 de Abril de 1925, después de hacer el paseíllo Martín Agüero, Juan Luís de la Rosa, Chicuelo y El Litri (Manuel, que moriría al año siguiente en Málaga), cuando los clarines tocaron a banderillas, salto al ruedo desde el callejón, donde se encontraba presenciado el festejo, en el burladero de los médicos, junto a al Dr. Sánchez Carrasco, un señor elegantemente vestido con un traje negro y tocado de sombrero, que se dirigió a Martín Agüero, para pedirle un par de banderillas. El público rompió a aplaudir, pues había reconocido a Sánchez Mejías, y con el sombrero en una mano y el par de banderillas en la otra, pidió permiso, acompañado de Agüero, al presidente y al Rey Alfonso XIII que asistía a la corrida.

El gran banderillero que fue Ignacio, se puso de manifiesto en tres espectaculares pares, de los que Corrochano destacó la tranquilidad, el valor y la sapiencia, para verse venir al toro. Cuando finalizó el tercio, nos dice el crítico, la plaza era un clamor de entusiasmo y pasión. El diestro se inclinó ante el Rey, saludó a la presidencia y dio las gracias a Martín Agüero, dirigiéndose de nuevo al burladero de los médicos, pero al pasar por el que ocupaba el asombrado empresario, se paro ante él y le dijo: “Lo ve usted, Don José, piso este ruedo y me paseo por el albero de La Maestranza cuando me da la gana”.

Así es como actuaban los toreros de antes. Que Dios reparta suerte, amigos.

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