OREJADO DEBUT PARA PÁEZ.

Al cincuenta por ciento bajó la entrada en el viejo circo taurómaco del barrio de San Marcos de Aguascalientes; idéntico porcentaje al que, seguro, ha disminuido el interés del noble público que en las tardes anteriores había llenado el graderío, no solo con su presencia, sino con su entusiasmo y buenas intenciones de apoyar a los chavales y a la fiesta por consecuencia.

Espíritu Santo desembarcó un encierro cuajado –incluso el segundo fue recibido con aplausos del cotarro al aparecer en el redondel-, de múltiples tipos los seis y por desgracia descastado según el juicio global. Solo aquel bonito quinto en algo resguardó los colores de la divisa y fue arrastrado bajo el amparo de las palmas de los cultos aficionados.

Luego del impuesto numerito del caballo a las mal hechuras de Joaquín Gallo, quien del rejoneo sabe muy poco y menos de vestirse de charro, llevando los pantalones sin el fuelle suficiente y tomando el sombrero de la parte de enfrente, en vez de hacerlo de la parte derecha del ala, llegó la parte de los actuantes de a pie.

De notarse y de anotarse como lo mejor de la función fue el buen debut del ibérico Sergio Páez y el concepto artístico del primer espada.

Regulares valentinas en el momento del quite sobre la cortesía de Mirafuentes de Anda (al tercio y vuelta) antecedieron a su muestra muletero, en donde, con un novillo de famélica energía, sin embargo prestado, insinuó un toreo de grandes honduras, sostenido en apuntes de arte muy propio, procurando siempre cargar la suerte con ética a las normas de éste. Dejando el deseo de haberle visto más, de eso que se intuye posee, terminó su intervención de una estocada insuficiente y varios descabellos.

Con la intención de no pasar desapercibido en la trama capoteril, quitó con faroles invertidos fascinantes a su segundo, bestia descastada, que desenfocaba a las alturas la vista, regateaba las embestidas y se paraba a media suerte, y a la que aguantó bastante en un trasteo denodado, lleno de cuadros muy finos y profundos, quizás, empero huérfano de un buen andamio técnico. Su mal empleo del estoque, lamentablemente, formó la cripta en donde sepultó la posibilidad de un apéndice.

Bregando y plasmando detalles Emiliano Villafuerte (silencio tras aviso en ambos) pasó su labor capotera. Todos cuantos intervinieron en el escenario no practicaron los basamentos de la lidia y ello generó que el bien presentado animal, segundo de la tarde, se convirtiera en un gris laberinto del que el quinceañero, que debutó con picadores el sábado en Texcoco, sin rajarse pero bien inmaduro, no pudo salir.

Al hermoso quinto le esperó genuflexo en el eje del anillo; dos largas cambiadas se le vieron ahí, luego incendiarias y atrabancadas zapopinas, no sin experimentar un par de sustos. Posteriormente, como mal acto, se dio con la muleta a pegar pases al ejemplar que embistió claro, con recorrido y poder. Aquella propuesta no fue faena, sino una maraña desatinada y desesperante para los aficionados pensantes que veían como la clase del potosino ungulado se desperdiciaba para morir después de media golletera más un bajonazo y un cúmulo de golpes con el arma corta.

Novillo de mala estirpe igualmente fue el tercero. Bien enterrados sus remos en el arenoso y redondo tapete, al acudir remitía salvajes tarascadas o se revolvía como felino; sin embargo el debutante rondeño Sergio Páez (oreja y palmas), siempre pertinaz, se plantó en el cercano y correcto sitio de la res, recorrió la muleta con son, temple e imperio y le logró muletazos fabulosos, posándose por encima de él y despachándolo de una eficaz estocada. Español de muy buen estilo y mejor gusto y distinguido oficio.

El sexto, un resabiado bóvido que no se entregó nunca y que se revolvía en los remos, pero que fue convencido por el peninsular de que siguiera la marca que su muleta le indicó. Asentaba así el extranjero su buen paso por el coso hidrocalido, con un quehacer que mereció ser bien valorado dada la estructura que le imprimió, el exacto sitio que pisó y la bien ejecutada estocada con la que lo ratificó, pese a haber demandado la ayuda de algunos descabellos.

Deja un comentario