14 junio, 2021

LOS PUYAZOS DE SERGIO.

En el momento exacto que esta columna aparezca y el amable lector le esté presentando su valiosa atención, se habrán grabado apenas dos funciones de las dieciséis que ETMSA (Espectáculos Taurinos de México S. A.) ha diseñado para la versión 2014 de la Feria Nacional de San Marcos.

Una novillada más o menos concurrida y una corrida menos socorrida por la clientela, han abierto la compuerta en el primer fin de semana de esta verbena de reventón.

En el momento exacto que esta columna aparezca y el amable lector le esté presentando su valiosa atención, se habrán grabado apenas dos funciones de las dieciséis que ETMSA (Espectáculos Taurinos de México S. A.) ha diseñado para la versión 2014 de la Feria Nacional de San Marcos.

Una novillada más o menos concurrida y una corrida menos socorrida por la clientela, han abierto la compuerta en el primer fin de semana de esta verbena de reventón.

Por debajo en torería y resultados que otros chamacos que pasaron por el coso del barrio de San Marcos haciendo sólidamente e ilusionados un gran esfuerzo, encasquetaron a Nicolás Gutiérrez y Javier Castro, haciéndolos acompañar por el tercer espada Diego Sánchez, chaval de exquisito gusto para hacer el toreo y que era justo ya viniera a dar el rostro a la Monumental.

Malhaya la hora en que se realizó el contrato para que viniera ganado de La Muralla; y efectivamente, eso fue la partida de reses queretanas, una espesa muralla de mansedumbre que hizo honor abierto a su mala estirpe, deshecho que fue de Teófilo Gómez. Novillos fuertes, de cajas musculadas, desarrolladas, enmorrillados casi todos aunque alguno de testa punto más que modesta, no digna de una feria que se jacta de ser la “más importante del Continente Americano”.

De este atardecer quede la experiencia dura a un Diego Sánchez que topó primero con un ejemplar calificado como el menos malo del encierro, y al que le trazó varios muletazos dignos de marco, y con un segundo, el cierra plaza, maldito, endino, de siniestras intenciones, que traía en la percha con que hacer daño severo pero que no traía en su carácter un pase. A Javier Castro le quede también el amargo pasaje de un lote para la basura, y vaya esto en descargo de su conciencia, pues dentro de su esfuerzo vivió una tarde intrascendente. Ya poco proyecta a los consumidores.

Si en crónicas anteriores aticé duro contra Nicolás Gutiérrez, ahora reconozco sus acciones denodadas, de temperamento y carácter en este mismo festejo menor. Parecía que nada iba a suceder de interés; el novillo, segundo de su lote, al igual que sus parientes, manseó desde su aparición en el anillo. Bien metido en el último tercio continuó su pésimo juego. Desparramaba la mirada, salía con la cabeza buscando las banderas, amagaba y se detenía a media suerte. El joven, popularmente conocido como “Cubitas”, aguantó todo, sin embargo fue más allá; hizo no uso, sino abusó de confianza y en medio segundo el bóvido, ya con la malicia desenvuelta, remitió un seco y tosco derrote y encontró su objetivo, las carnes frescas del aspirante a matador que voló a considerable altura, cayendo a la arena ya con una herida que de inmediato se manifestó fluyendo sangre. Sin la ayuda de nadie se incorporó pero renqueando claramente. En contra partida de lo que muchos pensaron, retornó a la cara del agresor para tratar de seguir muleteando, asunto que logró breve pero intensamente y además tirándose a matar dejando un gallardo estoconazo de excelente ejecución y buena colocación. El público sensible, entendido e intuitivo capta y reconoce esas acciones honradas y honrosas y para cuando el animal se despeñó, los tendidos blanqueaban emocionantemente, como espuma que se mueve por las diligencias de las olas. La oreja fue legítima, meritoria y cabal. Bien pudo haberse ido a la enfermería y teatralizar permitiendo que lo cargaran, valiéndose de la ocasión, sin embargo, acusando la merma, ya acotada antes, en el miembro izquierdo, rehusó trasladarse a este importante sitio y permaneció en el ruedo para dar la vuelta sobre el paralelo de sus maderas con el auricular empuñado y envuelto por las expresiones del reconocimiento general.

De la primera corrida, segunda función de la serie, quedó el oficio de Fabián Barba en su primer toro, y desde luego la buena tarde que vivió Mario Aguilar. Este joven diestro, no igual de apapachado que otros espadas de su camada, pero no por ello menos torero, denotó que está para mejores combinaciones. Se trata de uno de los más notados, si no que el más, capotero que tiene México en su gremio. Mayor provecho habría sido para la fiesta y la feria el que le hubieran colocado en otra corrida y no en esta absurda combinación. Bien que habría apretado a cualquier extranjero –que no tardan en llegar a hacer de las abusivas suyas- y habría refrescado las opciones para la clientela.

Paciencia y fe toreras les concedió a sus dos adversarios. Faenas valiosas las dos, pero el éxito reflejado en un auricular llegó con el quinto, un toro noble, con clase pero que se dañó sin duda al dar la “vuelta de campana”. Antes, al salir le ruecó unas de las mejores verónicas que se han visto en varios años en la Monumental. Son, temple, estética, intención, plasticidad y sentimiento tuvieron. Posteriormente, sin aburrirse en la cara del oponente, poco a poco, como se conquista a una dama, le fue convenciendo de que se aleara con él y en modo de final feliz se construyó la faena que mereció valiosa oreja.

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