12 junio, 2021

PASTOR, EL ÚNICO LIBRADO DE LA SEGUNDA NOVILLADA.

Par de canallas para con la fiesta y para con la fabulosa oportunidad y/o imposición del équite de Navarra, fueron Lomelín y el galo Cayetano Ortiz, cuyos nombres se imprimieron en el segundo cartel menor del serial sanmarqueño a costa de quitar dos puestos a otros jóvenes con opulenta torería dentro que realizaron con mucho anhelo un esfuerzo torero en el coso del barrio de San Marcos en la pasada campaña novilleril.

Par de canallas para con la fiesta y para con la fabulosa oportunidad y/o imposición del équite de Navarra, fueron Lomelín y el galo Cayetano Ortiz, cuyos nombres se imprimieron en el segundo cartel menor del serial sanmarqueño a costa de quitar dos puestos a otros jóvenes con opulenta torería dentro que realizaron con mucho anhelo un esfuerzo torero en el coso del barrio de San Marcos en la pasada campaña novilleril.

Más se esperaba de los utreros de Jorge de Haro, y el grupo de reses, bien presentado, con buenos pesebres y bella lámina, mansearon según boleta general. Aquel par de jóvenes indolentes ya acotados, dado el accidente que los llevó a esta verbena, y la escasa raza de los adversarios, estaban obligados moralmente a, como se dice en jerga taurina, ¡pegarse un arrimón!, sin embargo esta manifestación de quien realmente quiere vivir bien del toro, nunca se presentó en el escenario.

Solo el verde local José María Pastor correspondió a la oportunidad y puso en la circunvolución del edificio taurómaco de la “Expo-Plaza”, que registró menos de un cuarto de entrada, el intenso y plausible deseo de éxito que todo novillero debe tener.

No más que decente se vio en los lances de saludo al primero del festejo Antonio Lomelín (mediocres palmas, silencio y palmas sordas de consolación) al primero, bonito sardo salinero que dio generosa y abiertamente sus suaves embestidas en las que emitía un buen estilo diáfano. Quizás su escasa energía resultó la mala nota en su ficha individual. Después del quite por saltilleras, el hijo del valiente Antonio, se propuso torear sobre ambos lados; lo hizo con estética y lineamiento, sin embargo en desgraciado ánimo, desganado y ordinario, no logrando, consecuencia lógica, calentar a nadie. Luego de su incoloro hacer mató de inadmisible golletazo. Fue cierto que su segundo era un marmolillo que se pegó al suelo firmemente y resultó punto menos que imposible provocar sus embestidas, pero también que el joven no quiere ser torero ¡Que mal interpretó la tauromaquia y ni la lucha le hizo por pegarse el arrimón que se imponía! Aquella intervención desesperanzada y superflua hizo que el público fuera cubierto por la sombra del tedio. Mal ofició con el acero para no dejar duda del absurdo paso por el serial. Aún quedaba una ocurrencia, el de obsequiar un séptimo; fue el segundo reserva quemado con el hierro de Celia Barbabosa, ante el que hizo como que hizo, pero no hizo nada y finalmente lo despachó sin que haya trascendido su actuación menos que mediocre. Otro año y otro petardo.

Vaya alma aguada la del francés Cayetano Ortiz (palmas y palmas sordas); obligado a poner lo que al adversario, su primero, le faltaba, esto es, raza, se quiso etiquetar como “profesor” del toreo; era menester llenar el hueco con intensidad y desgarrarse el alma, y lo que se soportó, entre bostezos, fue una actuación sin matices claros, opaca, desalmada y absurda, terminada de un pinchazo y una fea estocada caída. Hermoso de lámina era el quinto; cárdeno, largo, armónico, con todo el tipo de su acendrada sangre vieja de la familia González y “derivaciones”, no obstante, para dolencia de las aspiraciones ganaderas, rajado y encajado hondamente a la corteza del redondel. Aunque más dispuesto el europeo, no pasó nada de interés; mal instruido pareció en asuntos prácticos de la tauromaquia que gusta a las mayorías, sobre todo en este “Valle de Anáhuac”. Ya más bien enfadada la clientela, se tiró a matar sin las de la ley para pinchar dos ocasiones, y por suerte mera dejar en el tercer viaje media espada atravesada insuficiente y viéndose obligado a descabellar, afortunadamente para el cotarro, una sola vez.

El tercer ejemplar, bien comido, presentó un laberinto; se terciaba y era transparente su amistad con el área de la barrera, pero el entusiasmo y la buena energía del chaval José María Pastor (al tercio y dos orejas exageradas) lo hicieron sobreponerse a esas inconveniencias, primero toreando lucidamente con el percal, luego banderilleando y posteriormente tratando de sujetarlo y hacerlo pasar según desplazaba la sarga, cuando ya este adversario salía huyendo tras cada muletazo. Lamentablemente pinchó antes de interpretar una estocada tendida de réditos mortales retardados, diligencia que le orilló a empuñar el estoque de cruceta y lanzar varios descabellos. Se impuso luego a la blandura de su segundo y lo lanceó intermitente pero bellamente, ejecutando una media verónica con plasticidad y torería. No entregó la capa sino después de que interpretó con ardor un valeroso quite por gaoneras. Después empuñó las banderillas y se ganó las palmas del respetable en los dos primeros pares, siguiendo con una labor correcta y alegre de muleta, manteniendo buena idea y siempre orientado a un novillo de cierta casta, no fácil, que iba tras el avío cobrando las incomodidades de su testa alta, pero bajándola cuando se le llevaba lo que se dice “bien toreao”, es decir, absorbido en el centro del engaño y con temple. Bien estuvo el chamaco, que justo celebraba con esta actuación su cumpleaños número 19, en el toreo por ambos lados, considerando que esta función fue la sexta de su trayecto como novillero y correspondiendo al trasteo con un buen espadazo.

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