¿CUÁL ES EL SÉPTIMO MANDAMIENTO?

Real Maestranza de Caballería de Sevilla.
Lunes 5 de mayo.

Como todos sabemos por nuestras lecciones de catecismo, el séptimo Mandamiento es: “No robarás”. Pues bien, la autoridad, el presidente, usía o el juez de plaza (llámele usted como quiera) debe pertenecer a alguna de esas absurdas religiones o sectas de nuevo cuño en las que todo está permitido, hasta birlarle al prójimo lo que de manera indiscutible le corresponde. Y a Manolo Escribano ayer le robaron la oreja de su primer toro.

Juzgue usted si no. El torero de Gerena venía dispuesto (como el Domingo de Resurrección ante los miuras) a darlo todo y así lo demostró a lo largo del festejo. Se fue a porta gayola con éxito y después del lance de rodillas se gustó toreando a la verónica para cosechar la primera ovación de la tarde. Quitó por más verónicas de muy buen trazo y remató con una salerosa media. Tomó los palos, y ha clavado un tercer par al quiebro en tablas en la mínima distancia que valió el boleto.

El toro era un burel manejable aunque bastante débil. Escribano sabe torear muy templado, con una suavidad sorprendente y así lo constatamos en cada muletazo. Grandes fueron los pases por ambos pitones, tirando del toro con un conocimiento perfecto de las distancias. Manuel está sobrado, tiene mucho sitio y cada vez le imprime mayor clase a su tauromaquia. Ahí quedaron los naturales y los forzados de pecho, por ejemplo, por no hablar de los adornos y los remates.

El triunfador indiscutible de la feria del año pasado se perfiló y cobró una estocada de efectos fulminantes. La afición sevillana, pañuelo en mano, se regocijaba con el triunfo de uno de sus toreros consentidos anticipando la presta concesión de una oreja. Pero no, por razones que preferimos no averiguar, el presidente hizo caso omiso de la nutridísima e indudablemente mayoritaria petición.

Escribano dio una clamorosa vuelta al ruedo y el respetable se acordó de los progenitores del usía. Amigo lector, si a Esaú Fernández el mismo presidente le dio una oreja ratonerísima, no es fácil explicarse por qué ese hombre se puso el antifaz, gritó ¡manos arriba! y con el trabuco de su investidura le atracó, hurtó, mangó y afanó un premio ampliamente merecido a un muy buen torero.

En el quinto Escribano volvió a repetir la dosis de entrega y toreo del bueno. Recordamos las enormes verónicas en cámara lenta, cargando la suerte, rematadas con una media de gente grande. También puso un arriesgadísimo violín al quiebro en tablas y logró excelentes muletazos, pero el toro no podía ni con su alma y todo se apagó muy pronto. La oreja robada estaba en la mente de toda la plaza cuando sacó a Escribano a saludar en el tercio.

Castella, el primer espada del cartel, sorteó el mejor lote. Su primero era un toro con su puntito de bravura y bastante nobleza, además sólo fue un poco débil, no un inválido. Mas el francés ha ido adquiriendo –desde hace no pocos años- la aniquiladora lacra de la mediocridad, como solía decir el cronista mexicano don Roque Solares Tacubac.

No completó un muletazo y todo se le fue en desarmes, enganchones, sustos, achuchones y otras monerías. Este otrora buen torero es el más claro ejemplo de aquel célebre personaje de los ruedos: El Vulgar Pegapases. Viéndole torear a sus dos colaboradores (que no enemigos) porque los bichos sólo pedían ayudar al diestro de Béziers, también recordé lo que decía don Enrique Guarner (escritor taurino español que acabó viviendo en México) acerca del funesto Manolo Martínez: “Sólo tira telonazos con su enorme mantel”.

¡Y pensar que la empresa se ha sentido generosa y nos ha obsequiado contratando otra tarde a Castella!

Iván Fandiño, el tercero del cartel, anduvo por ahí con mucha parsimonia, sin grandes posibilidades de triunfo debido a lo malo de su lote, y bastante denso en general. No podemos decir que estuvo mal, pero mucho menos podríamos decir que estuvo bien.

Es de agradecerse que la tarde se haya saldado con seis estocadas, un solo golpe de descabello y sendos avisos para el francés y Fandiño, pues igual que en la corrida de Juan Pedro los cuatro toros del primer y segundo espadas fueron soporíferos.

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