21 junio, 2021

LA MANSADA DE SAN ISIDRO OPACA LA CATORCEAVA FUNCIÓN DE LA SERIE TAURINA SANMARQUEÑA.

Tarde más desangelada complejamente se podrá sufrir; hoy se dio semejante episodio de aburrimiento en el coso Monumental de Aguascalientes que, entonando con las tristes acciones en el redondel, recibió un poco más de un cuarto de su aforo.

Mucho, casi todo tuvo que ver el ganado que envió en mala hora el amo de la dehesa aguascalentense de San Isidro. Seis toros de muy buena presencia fueron los que desfilaron tal bueyes por el albero, fracturando en mil partes el deseo de éxito, así de actores como de pagadores aficionados.

Tarde más desangelada complejamente se podrá sufrir; hoy se dio semejante episodio de aburrimiento en el coso Monumental de Aguascalientes que, entonando con las tristes acciones en el redondel, recibió un poco más de un cuarto de su aforo.

Mucho, casi todo tuvo que ver el ganado que envió en mala hora el amo de la dehesa aguascalentense de San Isidro. Seis toros de muy buena presencia fueron los que desfilaron tal bueyes por el albero, fracturando en mil partes el deseo de éxito, así de actores como de pagadores aficionados.

Engañados estarán algunos desorientados “aficionados” de que la corrida no dio buena lidia por su cuajo y tamaño, sin embargo los estudios científicos, la experiencia empírica y la profesional, han dicho que básicamente los toros no embisten por su mala reata, es decir, por haber tenido quizás algún gen, ya paterno, ya materno, recesivo, “mal ligado” u otros. Entonces aplicaré, con la licencia del amable lector, lo que en crónica pasada imprimí en cuanto que un aficionado le decía a otro al salir desencantados del coso: -Más grandes que estos lo he visto embestir largo, claros y con la testa abajo, galopando bravamente siguiendo los engaños.

Hermoso toro por el punto cardinal que se le quisiera observar abrió plaza. Su mala estirpe, sin embargo, le obligó a pararse luego de algún tramo que recorrió en pesado galope, y el que supuestamente, ahora sí, se despidió de la tierra hidrocálida, Rafael Ortega (pitos y absurda oreja que se negó a empuñar en la diestra, dando en cambio una vuelta a la circunferencia a modo de consolación y adiós) se obligó solamente a cumplir; nada había que hacer más para un torero en semejante condición como la que vive hoy. Lamentablemente no pudo acabar con prontitud como todos deseaban, al tornarse algo denso con las armas. Sin sal, insaboro, desangeladamente lanceó y realizó un quite por navarras, sin calentar a nadie, al toro de la despedida; únicamente en su segundo trillado segundo tercio se hizo aplaudir, el resto de su andar por el ruedo, ante un toro fijo, que demandaba mejor planteamiento para dar algo, resultó insulso y absurdo. Otra práctica tauromáquica desligada y en plenitud de precauciones, difícilmente se verá. Ni las notas de “Las Golondrinas” conmovieron a nadie, y para rematar en tono inalterable la actuación somnolienta, se tiró sin las mínimas ganas tras la toledana, pinchando primero y matando de asesino bajonazo por mero accidente.

Erguido, sintiéndose torero, espigado como es, Fermín Rivera (palmas en ambos) lanceó bien a su primero, muy a pesar de que embistió con poder llevando la cara por arriba de la esclavina; antes de que dejara la capa, pintó tres chicuelinas bastante marcadas y diáfanas. Con la muleta, manejada en ambas manos, ante lo muy poco que se prestó el toro, edificó un trasteo pulcro, medido y calibrado en distancias y tiempo y en el que sobresalieron varios naturales amplios lo mismo que largos, pero lamentando que no pudo coronarlo correctamente con el acero. Al delantero quinto, igualmente le hizo la verónica en buenos modos. Sería todo lo de grabar en la mente; ya en el tercio final el adversario se unió a la arena y cuando iba en busca de la sarga, luego de mucho insistirle, llevaba la testa por las nubes y soseando. El potosino, por su buena parte, jamás perdió su excelente educación taurina y su aplomo, y cumplió dando a ver una labor decorosa, limpia y solvente terminada de una estocada muy aplaudida pero de efectos tardíos lo que le orilló a desenfundar el estoque de cruz, usándolo de manera certera.

El tercer burel, bonito de lámina, exigía que le doblegaran, lo absorbieran y lo convencieran; y eso fue lo que nunca hizo el tlaxcalteca Sergio Flores (palmas tras aviso y silencio), ni con el capote ni con la pañosa, quedando todo en amagos de toreo. Incluso con este engaño no logró imponer el son el poder y la distancia que habría hecho explotar al toro que embistió con clase y algo de nobleza cuando en muy pocos pases y por accidente le llevó bien templado. Afanoso se puso el diestro cuando ya no era el momento del adversario, al que despachó de una estocada atravesada después de pinchar. Asti puntal y precioso fue el que cerró plaza, empero para no desentonar ni despostillar lo hecho muy parejo por sus compañeros animales de encierro, soseó con plenitud, y viendo y sintiendo esa inconveniencia el joven coletudo no tuvo más que tratar de cumplir.

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