SILVETI, LA VIRGEN, EL SANTO Y HITCHCOCK.

Las tardes inaugurales de una feria o temporada taurina son casi siempre iguales, por extrañas razones del azar, casi nunca superan nuestras expectativas.

Ese aficionado que ha esperado el rudo invierno o el atolondrado verano para regresar a la plaza de sus amores, buscando en el ruedo o en los ojos negros de aquella aficionada a la que solo observa tímidamente en algunas tardes toros, la elocuente “FE taurina” que mantiene viva su añeja y febril afición.

Previo al festejo inaugural la mayoría de los precoces aficionados y turistas, llegan a la plaza sin saber muy bien de que va la cosa este año, no es noticia que el periodismo taurino opera al contrario, digamos del periodismo del fútbol, ya que no informa sobre el momento de cada torero, sobre lo que se juega en esa tarde, ni por supuesto sobre las características de la ganadería que se va a lidiar.

En consecuencia, se oculta el posible interés de la trama y la gente que va a la plaza, en su mayor parte no sabe lo que va a ver.

Así llego Diego Silveti, hijo, nieto y bisnieto de toreros a San Isidro, y sin decir agua va mató a Rabanillo y Canturreño de Valdefresno, saludó y se marchó.

A Canturreño, un bodrio de la dehesa salmantina, no había mucho que hacerle, quizás machacarlo o una faena de aliño pero Diego Silveti intento torearlo bonito y a Canturreño no le gustó, en el ultimo tercio de la faena lo prendió para matarlo.

Quiso el torero meternos a territorios de suspenso hitchcockiano y lo logro en unas escalofriantes bernadinas en donde se rompió lo meramente narrativo, para transportarnos al efecto de suspenso, ese que se logra a través de anunciar (por un artificio cualquiera, en este caso el prologo de su faena) un hecho terrible que le sucederá al personaje en turno.

–¡Para suicidarse, al Viaducto! – le gritó un tipo de una andanada.

“¡Pinche gente que se raja!”, decía de los suicidas (“me dan ganas de matar a todos los que están achicopalados, pues por dura que se venga la vida, nadie tiene derecho a irse a pique”) Emilio “el Indio” Fernández.

Entonces Diego Silveti estoqueó al malagradecido astado, se enfundo en su capote de paseo, iluminado por una estampa de una Virgen de Guadalupe abrazando al santo nuevo, Juan Pablo II, guía quizás de la devoción silvetiana y se despidió ceremoniosamente de Madrid sin perder su “savoir faire”.

Mientras observaba a Silveti salir por su propio pie de Las Ventas me acorde de aquella canción de su paisano guanajuatense, el inolvidable José Alfredo Jiménez que decía:

Tú ya conoces mi vida
a veces me ando cayendo
y el orgullo me levanta.

Al final Las Ventas de Madrid siempre van a estar ahí, los que nos vamos lentamente somos nosotros.
Twitter @LuisCuesta_
* Basado en un texto de Ignacio Ruiz Quintano.

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